Daughter. Pearl Jam

El primer contacto visual que tuve con mi hija pequeña fue exactamente nueve meses antes de que naciera.

Ese contacto duró una décima de segundo infinita en la que nos miramos a los ojos.

Mi cuerpo abrazaba a mi mujer en la cama, pero mi alma, mi espíritu, mi luz interior, mi esencia, mi subconsciente o lo que fuera, volaba por encima de un campo de amapolas y demás flores silvestres hasta que se puso a la altura de una pequeña niña de ojos azules cuya sonrisa me hizo detener mi vuelo.

Nos miramos, nos sonreímos y al abrir los ojos los tallos de las flores eran los cabellos de Paula y las flores su sonrisa.

Quizás por haber sido la primera persona en conocerla, durante su primer año de vida, no quiso saber nada de mi.

Si su madre quería descansar o necesitaba “olvidarse” un rato de la pequeña, era imposible.

Antes de seguir con la divagación de esta semana, dejadme que os diga algo a tenor de eso de “olvidarse” de los hijos un rato.

La paternidad es maravillosa. Hablo de la paternidad que es lo que yo conozco, pero en este caso, creo que paternidad y maternidad son iguales, salvo por el hecho de que nosotros no podemos dar el pecho.

En realidad, me refiero más a la parte mental que a la física. La paternidad, como os decía, es maravillosa y jodida a partes iguales.

Eso que te cuentan que cuando ves la cara de tu hijo por primera vez se te olvida todo y sabes que no va a haber nada más importante en este mundo y que vas a dejar cada latido de tu corazón y cada gota de aire que entre en tus pulmones por ellos, es una puta mierda.

No es que no sea verdad, que lo es. Es que no te haces una idea de hasta qué punto es verdad.

En esos momentos, sin haberlo preparado, sin tener ni la más remota idea de que va a suceder y muchas veces sin ser consciente de ello, empiezas una guerra interior entre tus necesidades y las suyas.

Piensas o quieres pensar que todo lo haces por ellos. Te dicen que se ha acabado tu vida y que a partir de ese momento la dedicas en cuerpo y alma a ellos y que además lo haces porque quieres, porque les quieres.

Lo peor de todo es que te hacen creer, tú mismo te haces creer (que ya somos mayorcitos para echar la culpa a los demás), que eso es así y que si no lo haces así eres un ser humano despreciable y egoísta, indigno y merecedor de todos los castigos divinos que puedas soportar.

Pues con toda la educación y tratando de ser lo más académico y refinado posible, yo me cago en los castigos divinos y en las culpabilidades producto de un afán de aparentar lo que no somos.

Después de cuatro hijos y cuando me encuentro en lo más intenso de todas sus crianzas, puedo asegurar que eso es imposible que sea así.

No se puede entregar la vida propia de una forma tan rotunda, es importante mantener tus propios espacios, tus momentos, tus silencios, tus conflictos y contradicciones, porque de lo contrario, al menos yo, moriría en el intento.

La duda es continua, y te asalta a cada paso que das. Pasas de la absoluta seguridad en tus decisiones y en tus acciones a plantearte si alguna vez has tenido la razón, pasas de un cielo soleado a uno negro o de estar tumbado en una hamaca entre dos palmeras a estar agarrado a una de ellas intentando que el huracán no te lleve.

Y te lleva.

No, es imposible, no puedes entregarte de manera absoluta, no es posible olvidarse de uno mismo. Igual alguno me mira (o me lee) con cara rara, pero a pesar de tus hijos, la persona más importante en tu vida no es otra que tú mismo.

¿Egoísta? Puede ser, pero yo no tengo esa sensación. Yo más bien soy de la opinión que es imposible estar bien, acompañar, educar o guiar a tus hijos sin estar en las mejores condiciones para hacerlo. Y para estar en condiciones necesitas dedicarte tu tiempo.

Así que no, mis hijos no son toda mi vida. Su presencia y su esencia empapan toda mi vida, están presentes en cada decisión, en cada paso, en cada camino que tomamos, pero ellos tienen su propia vida y algún día cada uno cogerá su sendero y yo deberé seguir el mío propio sin asustarme, sabiendo que han caminado junto a mí y que les he enseñado que tenemos derecho, mejor todavía, que debemos equivocarnos, que debemos dudar y que debemos fallar para encontrar la vida que queremos vivir y si no lo hacemos así, entonces estaremos viviendo la vida que otros quieren que vivamos o la que quieren imponernos y, lo peor de todo, lo haremos sin ser conscientes de ello, pensando que los que vienen detrás nuestro son más importantes que nosotros mismos.

Daughter

Así que, retomando el camino que nos ha traído hasta aquí, cuando Paula necesitaba olvidarse por un rato de su condición de madre, darse una ducha o un paseo o estar sola leyendo un libro, me dejaba a la pequeña para que yo me hiciera cargo, de ella y de los otros tres.

El caso es que la pequeña no me aceptaba. En cuanto notaba el cambio de brazos o la falta de pechos, comenzaba a llorar y berrear como si la estuvieran clavando cien cuchillos.

Os juro que lo intentaba, daba un paseíto, la cantaba alguna de Extremoduro, la intentaba entretener como había aprendido a hacer con los otros tres, pero nada, no había forma. La niña solo quería estar con su madre.

Yo era consciente de la importancia de esos pequeños momentos privados para Paula, pero no era capaz de aguantar mucho rato con la niña así.

No entendía nada, no me había pasado con sus hermanos y nunca me había tenido que enfrentar a nada parecido. Esa época duró aproximadamente un año, hasta que la niña comenzó a andar y ya no necesitaba que yo la llevara en brazos.

Aparte de incredulidad y de mi falta de comprensión de los motivos por los que no quería aceptarme, aquello me produjo cierta sensación de tristeza.

¿Será siempre así? ¿Por qué no me quiere?

Decidí no tenérselo en cuenta y empezar entonces, como Don Pelayo, un plan de reconquista de su pequeño corazón, una estrategia a largo plazo, un pico y pala para sacar toda la dureza de dentro y encontrar esos lazos que sabía que debían de estar por allí pero no conseguía desenterrar.

Lo primero que decidí fue decirla una frase todos los días:

¿Jara?

¿Qué?, contestaba ella.

Te quiero.

Todos los días, desde que tenía un año se lo he venido diciendo.

Durante una época, ni siquiera me contestaba. Era indiferencia pura.

Yo no me desanimé.

De ahí pasó al enfado.

¿Jara?

¿Qué?, No me lo digas, no me lo digas.

Te quiero.

Te he dicho que no me lo dijeras.

Perdón, perdón, es que no me he dado cuenta.

De ahí volvimos de nuevo a la indiferencia.

¿Jara?

….

¿Jara?

No te voy a contestar porque ya sé lo que me vas a decir.

Te quiero.

¡¡¡Que no me lo digas, Jolines!!!!

Hace no demasiado tiempo, comenzó a contestarme de una manera diferente.

¿Jara?

¿Qué?

Te quiero

Y yo.

Gracias, hija

La primera vez que me lo dijo entendí que efectivamente sería capaz de dejar hasta el último aliento por esa niña y además aprendí que la constancia es una virtud muy poderosa.

Algunas veces me preguntan si tengo algún preferido. Yo lo tengo clarísimo. Por supuesto que tengo algún preferido, lo que pasa es que van cambiando, depende un poco del momento que estén atravesando y un mucho del que esté atravesando yo, pero sí, hay veces que es uno y hay otras veces que es otra. No puedo evitarlo. Eso sí, todos han pasado por ese momento en algún punto.

Daughter

No me llames hija, no es apropiado. Esa imagen me lo recordará.

Eddie Vedder escribió esta canción en señal de gratitud hacia su madre por no haberse dado por vencida nunca cuando de niño luchaba contra su dislexia usando tarjetas con imágenes para ayudarle a aprender. Según explica el propio Vedder: «La niña en esa canción obviamente tiene dificultades de aprendizaje. Y es solo en los últimos años que realmente han sido capaces de diagnosticar estas discapacidades de aprendizaje que antes se consideraban un mal comportamiento, como una simple rebeldía. Pero nadie sabía qué era. Y estos niños, porque parecían incapaces o reacios a aprender, terminarían siendo golpeados por ellos. La canción termina con esta idea de que las sombras se están apagando para que los vecinos no puedan ver lo que sucede después. Lo que duele de algo así es que termina definiendo la vida de las personas. Tienen que vivir con ese abuso por el resto de sus vidas. Las personas buenas y creativas simplemente son destruidas».

Yo tampoco he querido darme por vencido nunca para enseñarle a mi hija pequeña lo mucho que la quiero a pesar de que su pequeño cerebro diferente le dijera lo contrario.

Todavía por las mañanas me espera en la cama para que, después de insistirla mucho, la coja en brazos para llevarla hasta el salón donde le espera su desayuno. Son diez segundos. Diez segundos en los que ella está entre el mundo real y el de los sueños y por eso, puedo volver a ver la sonrisa de esa niña que conocí nueve meses antes de que naciera.

Hace ya un tiempo que cuando vamos al cole andando es mi mano la que busca y agarra con fuerza para que la acompañe hasta la entrada. Quizás es la manera que tiene de decirme que me quiere.

El lunes cuando volvíamos del cole y mientras saltaba un bolardo pintado de negro y amarillo de esos que parecen una pequeña puerta que invitan a los niños a pasar por debajo, agarrando fuerte mi mano y ejecutando un perfecto aterrizaje en el suelo, me dijo:

¿Papá?

¿Qué?, respondí yo.

Te quiero.

Alone, listless
Breakfast table in an otherwise empty room
Young girl, violence
Center of her own attention
The mother reads aloud, child tries to understand it
Tries to make her proud
The shades go down, it’s in her head
Painted room, can’t deny there’s something wrong

Don’t call me daughter, not fit to
The picture kept will remind me
Don’t call me daughter, not fit to
The picture kept will remind me
Don’t call me

She holds the hand that holds her down
She will rise above, ooh, ooh

Don’t call me daughter, not fit to
The picture kept will remind me
Don’t call me daughter, not fit to
The picture kept will remind me
Don’t call me daughter, not fit to
The picture kept will remind me
Don’t call me daughter, not fit to
The picture kept will remind me
Don’t call me

The shades go down
The shades go down
The shades go, go
Go

Sola, apática
Mesa de desayuno en una habitación vacía
Joven, violencia
Centro de su propia atención
La madre lee en voz alta, la niña intenta entenderlo
Trata de hacerla sentir orgullosa
Las persianas se bajan, está en su cabeza
Habitación pintada, no puede negar que hay algo mal

No me llames hija, no es apropiado
La foto guardada me recordará
No me llames hija, no es apropiado
El cuadro guardado me recordará
No me llames hija

Ella sostiene la mano que la mantiene
Ella se elevará por encima, ooh, ooh

No me llames hija, no es apropiado
La imagen guardada me recordará
No me llames hija, no es apropiado
La imagen guardada me recordará
No me llames hija, no me sirve
La foto guardada me recordará
No me llames hija, no me sirve
La foto guardada me lo recordará
No me llames

Las sombras bajan
Las sombras bajan
Las sombras van, van
Van

22 comentarios en «Daughter. Pearl Jam»

  1. Buf, solo tengo suspiros porque las palabras no me salen…

    Gracias por estar siempre y por la constancia… Por no desear que todos seamos iguales ni interpretemos el mundo del mismo modo.

    Responder
  2. Tu texto de hoy me ha aclarado cosas que siempre pienso con mi hijo de …ya 23 tacos
    Como ser capaces de orientarles, quererles y ayudarles sin agobiarles ni dirigirles hacia un camino al que no quieren caminar.
    Lo de me lo ha aclarado es un decir…. Seguimos en el maravilloso y jodido proceso de hacerlo.
    Gracias Marcos

    Responder
  3. Maravilloso, Marx, qué preciosa historia y qué lección de vida… No puedo estar más de acuerdo con todo: qué importante es reconocer y respetar desde el principio de su vida a cada uno de nuestros/as hijos/as como las personitas que son, y qué felicidad por tu meritorio logro con Jara, como el de tantos otros papás y mamás que, lejos del mantra del sacrificio incondicional y venciendo las inevitables inseguridades propias, habéis ido construyendo el no siempre natural ni fácil vínculo con los que llamamos «nuestros» hijos, como si lo fueran por derecho propio, cuando lo que seremos para ellos y ellos serán para nosotros nos lo tenemos que ganar cada día a base de amor y constancia. Y lo mejor de todo es que nos volverá multiplicado por mil. ☺️
    Un relato para difundir, imprimir y enmarcar, obra de un corazón desbordante. GRACIAS.

    Responder
    • Gracias Alfon!!! Ya casi podría hacer un libro con tus comentarios!!! No sabes cómo te lo agradezco!!! El post no se acaba hasta que leo tu comentario!!!! Un abrazo

      Responder
  4. Qué bonito Marcos, se me escapó la lagrimita al leerte.. Me recuerda a mi hijo Ibai…ahí estamos cada noche al acostarse, diciéndoles a los dos, que les queremos…Es nuestra frase de buenas noches.. Su respuesta?! pues depende del día que tenga , pero nuestro mensaje, que les llegue…

    Responder

Deja un comentario