33. One Headlight. The Wallflowers

En la familia de mi padre hay dos eventos familiares que consiguen reunirnos a muchos de los tíos, primos, sobrinos, nietos y allegados en un gran día.

El más antiguo de estos eventos es el partido familiar de fútbol que se celebra todas las Navidades desde que tengo uso de razón. Recuerdo que, cuando era niño, estaba deseando que llegara ese día para mostrar a mis primos mayores mis habilidades futbolísticas. Con el paso del tiempo empezaron a unirse los hijos de mis primos y ahora son mis hijos los que me preguntan durante todo el año si va a haber partido familiar.

El otro gran evento es el Campeonato de pádel “Nieves Bertrán de Lis”, que se celebra en verano en honor a mi abuela. El primer año me tocó de pareja con mi primo Pablo, ese que muchos años atrás me llevaba encima de sus rodillas camino al cole en el coche de su padre, mi tío Manolo. Aunque yo nunca había jugado al pádel, mis años de tenis, mi coordinación innata y mi capacidad atlética, junto con la experiencia de Pablo y su saber estar dentro de la cancha hicieron que, contra todo pronóstico, nos proclamáramos campeones de esa primera edición. La unión que tuvimos en la pista significó mucho para mí y esa sensación quedó grabada en mi interior.

En los siguientes años el azar y una mano invisible, que no quería que pudiéramos reeditar nuestra victoria, hicieron que no volviéramos a jugar juntos.

Pablo llevaba bastante tiempo como socio director de una agencia de publicidad. El mismo año en que empecé con mi agencia, mi primo, durante la celebración del evento familiar, a sabiendas que tenía algunos contactos con uno de sus comerciales, me cogió del brazo y me llevó a cierta distancia de los demás para comentarme que estaba teniendo problemas con su socio que quería comprarle su parte de la agencia. Esa discreción y la forma en que me comunicó la noticia, junto con la admiración que siempre había sentido por él, hicieron que aflorara de nuevo esa sensación que había tenido años antes al ganar el campeonato familiar de pádel.

Albarte Comunicación

Unos meses después, cuando por fin pude desvincularme de mi socio, tenía muy claro el camino que tenía que tomar. Llamé a mi primo Pablo que sabía que había montado una nueva agencia más pequeñita y le dije que quería trabajar con él.

No sé si fue por nuestra victoria en el pádel, por la excelente relación que mantenía con mis padres, porque años atrás también había contado con mi hermano Pichi (otra vez abriéndome el camino) o por la pena que le di, pero no se lo pensó y me ofreció un puesto con unas condiciones económicas que me parecían un auténtico lujo después de mis anteriores nóminas en la agencia.

En aquel momento entré a formar parte de Albarte Comunicación y allí me quedé hasta el día de hoy, que he cumplido mis 15 años en la empresa. Durante ellos he aprendido muchísimo, una vez más, no tanto en el plano profesional, que también, sino en el plano humano. La tranquilidad, la comprensión, la mano izquierda, el tesón, la creatividad, la discreción, la humildad, la inteligencia y el sentido común son todos valores que he visto día tras día en mi primo Pablo y que he tratado de imitar desde el momento que empecé a trabajar con él, con desigual fortuna. Intuyo que algo habré podido yo enseñarle, pero no sé muy bien qué, aunque a buen seguro sé que habré conseguido hacerle reír en más de una ocasión y como ya sabéis, eso no tiene precio para mí. Desgraciadamente no he conseguido alcanzar el objetivo que me impuso de hacerle rico, pero lo que seguro que si ha conseguido es mi más absoluta lealtad.

Y como el Scatergories es mío y acepto pulpo como animal de compañía, este será el único anuncio que publicaré en este relato, así que si alguien necesita una agencia de comunicación y le gusta mi manera de comunicar (infinitamente peor que la de Pablo al que considero un maestro de las palabras entre otras muchas cosas) que le eche un vistazo a nuestra web, www.albarte.com y ¡¡¡que nos llame!!! Bueno, bonito y no muy caro.

One Headlight

Al tiempo que yo empezaba con aquella nueva aventura, intentando dejar atrás fantasmas que todavía tardarían un tiempo en abandonarme, Paula finalizaba su contrato temporal para la Comunidad de Madrid. Allí, una compañera le comentó que en el Samur Social, un servicio de emergencias sociales del Ayuntamiento de Madrid, estaban contratando gente. Inmediatamente dejó su curriculum con la esperanza de conseguir un nuevo trabajo.

Paula fue la que cogió el toro por los cuernos y empezó con la búsqueda de un piso. La oportunidad llegó de nuevo en un quinto piso, esta vez en la Calle Santa María de la Cabeza. Una preciosa casa de dos habitaciones, con un gran salón con recibidor, una gran cocina y un gran baño. La casa era perfecta, aunque el alquiler se salía un poco de nuestro presupuesto.

Y ahora es cuando empiezo a hablar de mi hermana Blanca, la pequeña, la que más años se lleva con el anterior hermano, la que vino de sorpresa para cambiarlo todo y para terminar la obra de mis padres. Con ella se cerró el círculo de la manera más perfecta posible. Vino para compensar todos los desequilibrios de la familia y para terminar de llenar la casa de risas y amor. La persona más positiva, alegre y dispuesta que conozco y que en aquellos días comenzaba una relación con el hermano de Esteban (os dejo el enlace para que refresquéis la memoria de la importancia de Esteban en mi vida). Además de estar comenzando una relación, también había conseguido sacarse las oposiciones a profesora un par de años antes y empezaba a valorar la posibilidad de emanciparse. Los astros se alineaban y entre los tres decidimos que había llegado el momento de dejar de nuevo la buhardilla y alquilar aquel piso que tanto nos había gustado.

Blanca y yo

Después de visitar la casa en varias ocasiones, de echar números y más números y, contando con la aportación de mi hermana, decidimos subirnos en aquel coche con una sola luz que la vida ponía a nuestra disposición y con nueve meses de demora comenzamos nuestro viaje por la misma cargados de ilusión y fuerzas. No importaba lo que encontráramos en el camino, los baches, socavones, zanjas o barreras que tuviéramos que atravesar, sabíamos que, a pesar de contar con un solo faro, llegaríamos a casa.

Y llegamos. Aquel piso, aunque fuera compartido, fue nuestro primer hogar, y fue testigo de grandes acontecimientos que cambiaron nuestras vidas. Hemos pasado por muchas casas, pero aquella tenía una energía especial que supimos aprovechar e incluso alimentar y parte de lo que éramos quedó impregnado en aquellas paredes para convertirse a su vez en parte de la historia de otros que vinieron después nuestro.

No habría pasado ni un mes y medio desde que nos mudamos cuando Paula recibió una oferta de trabajo del Samur Social para trabajar como auxiliar. En junio de 2007 comenzaba su andadura dentro de la organización en la que, a día de hoy, aún sigue. Para recorrer los escasos dos kilómetros que separaban el trabajo de casa, Paula se trajo una moto de 50 cc que tenía en casa de sus padres y que nos ahorró muchos viajes de metro en aquella época.

Por fin parecía que las cosas iban mejorando. Teníamos tres sueldos para pagar la casa y los gastos, vivíamos en un lugar bastante céntrico, cerca de Lavapiés, por donde nos desenvolvíamos con bastante soltura, no teníamos ataduras y disfrutábamos de nuestro matrimonio, de nuestra casa, de nuestra juventud, de nuestros amigos, en definitiva, de nuestras vidas.

Los años que pasamos en el piso de Santa María de la Cabeza fueron un soplo de aire fresco en nuestras vidas, un aire de libertad y de realización personal. Fue una fase en la que, sin darte cuenta, transitas por una juventud que todavía tiene fuerza como para querer quedarse y exigir su lugar en tu vida pero que, poco a poco, va dejando paso a una madurez primeriza en la que las obligaciones, trabajo, piso, facturas, se van asentando para formar parte para siempre de tu existencia aunque, al principio, suponen más un incentivo, un desafío o un reto que una obligación.

Esa transición la pasamos en aquella casa que nos enseñó a saber afrontar nuestra propia vida y a hacernos conscientes de que, si queríamos construir algo duradero, teníamos que hacerlo juntos, apoyándonos el uno en el otro. No se trataba de aprender a vivir con sacrificios, ni entregarnos de una manera casi enfermiza a nuestros trabajos, ni de afrontar jornadas laborales de sol a sol para conseguir convertirnos en algo en nuestras vidas profesionales, eso no era para nosotros. Queríamos mirar al futuro sin miedo, pero queríamos hacerlo juntos, de la mano, nuestra vida laboral era importante, pero no queríamos que definiera lo que éramos. Aspirábamos ser más que eso y éramos más que eso. Deseábamos construir una existencia en común, luchar cada día por disfrutar de nuestra vida, por levantarnos con una sonrisa pensando en los ratos que íbamos a compartir ese día y hacer esos momentos únicos e inolvidables, viendo una serie, haciendo la cena, dándonos un baño en la bañera, escuchando música, charlando o haciendo el amor.

Aquella casa fue el lugar donde sentamos las verdaderas bases de nuestra relación, donde nos empezamos a consolidar como pareja y donde vivimos dos maravillosos años de nuestra vida en común. Por eso tiene un lugar tan especial en esta historia.

Una vez establecidos en nuestro hogar, decidimos que ya no queríamos poner más barreras al amor y que estábamos preparados para afrontar las consecuencias de levantar todo tipo de restricciones.

A pesar de contar con la garantía de mi olfato goleador, los primeros meses no conseguía que el “balón” entrara en la portería y Paula no se quedaba embarazada. En un principio no le dábamos mayor importancia y lo achacábamos a la mala suerte, ya sabemos que el gol es un tema de rachas y que los delanteros vivimos de ellas. Los meses seguían pasando y nos plantábamos ya a finales de año sin ninguna señal de éxito. Empezamos a preocuparnos por nuestra falta de puntería, así que decidimos hacernos las correspondientes pruebas para verificar que todo funcionaba correctamente. Los resultados de ambos fueron normales y aunque me dijeron que tenía espermatozoides “vagos”, más que vagos yo diría que eran despistados, no había motivo aparente para no conseguir el objetivo, había que seguir intentándolo.

En la agencia, las cosas iban razonablemente bien. Uno de mis veteranos compañeros del fútbol era el CEO de una gran compañía de transportes y conseguí meter la cabeza dentro de la empresa. El primer proyecto que realicé fue un stand para una feria en Barcelona. Allí conocí a dos personas con las que aún mantengo un contacto bastante estrecho. Una de ellas se convirtió en mi mejor cliente, que aun mantengo, y la otra fue la persona encargada de montar el stand.

Stand cliente en Barcelona

  Por ser el primer trabajo quería tener todo controlado y me fui a Barcelona un par de días antes de la inauguración de la feria. Allí quedé con un tal Ferrán, que era la persona encargada del montaje. Cuando llegué a la feria me encontré con un chico de mi edad, con las manos manchadas de pintura y un cinturón de herramientas colgado a la cintura. El entendimiento entre los dos fue inmediato. La forma de trabajar de cada uno hizo que los dos nos sintiéramos completamente cómodos y confiados en el desarrollo del proyecto. En aquel momento, sin ser conscientes de ello, nacía una amistad que incluso superó una rivalidad Madrid-Barça que, más de 15 años después, sigue vigente y de la que, al menos yo, me siento especialmente orgulloso. Una relación que me ha enseñado que las personas deberían estar siempre por encima de cualquier tipo de rivalidades, ideas o creencias y que el saber escuchar y la empatía son valores fundamentales en la construcción de cualquier relación humana. Ferrán y yo nos vemos poco, nos hablamos de vez en cuando y nos mandamos pullas futbolísticas cada vez que podemos (últimamente ha tenido que aguantar más de una), pero nos tenemos un gran cariño. Es increíble la capacidad que tiene la vida de ir poniendo personas en tu camino con las que sientes una unión especial y es que, ya lo dice el refrán: Dios los cría y ellos se juntan.

Además de afinar mi puntería en casa, aquel año aumenté mi número de equipos de fútbol y si no tenía ya suficiente con jugar al Fútbol-7 en Las Rozas y en Majadahonda, y al fútbol 11 con el Sallema, aprovechando la relativa cercanía de mi colegio, decidí aceptar la oferta de mis antiguos compañeros y apuntarme al equipo de fútbol sala de la liga de antiguos alumnos que jugaban entre semana. Aquella vuelta a los orígenes, aquel reencuentro con compañeros que hacía años que no veía, aquella posibilidad de recuperar las mismas sensaciones que cuando tenía 12-14-16 años, me encantó y disfruté mucho de todos y cada uno de los partidos que jugué con ellos, a pesar de no ganar demasiados. A veces, antes de los encuentros, daba corriendo para calentar, un par de vueltas al colegio y me llegaban, de cada rincón por los que pasaba, todo tipo de recuerdos que me conectaban con mi niñez de una manera maravillosa.

En cuanto a la canción de esta semana, se trata de un tema de mediados de los años 90 compuesta por un grupo llamado The Wallflowers, cuyo cantante era, y es, el hijo de Bob Dylan. La canción se encuentra incluida en un disco llamado “Bringing down the horses”, que es una auténtica maravilla. Este disco lo relaciono ineludiblemente con mis días de La Leyenda en los que, un compañero de nombre Adolfo y yo, nos convertimos en fans de la banda. Sin embargo, con la persona que más he hablado, comentado y gozado del mismo ha sido con mi gran amigo Chuso, que también era un gran admirador. En 1999 tuvimos la inmensa suerte de ver al gran Bob Dylan en directo, y unos años después, en 2003, cumplimos nuestro sueño de poder ver al hijo, en un concierto en una pequeña sala. Nos dejó completamente deslumbrados y forma parte de nuestros muchos recuerdos musicales en común. Si en mi primera etapa era mi amigo Borja el que me acompañaba a todos los conciertos, después cambié de compañero y Chuso se convirtió en mi principal acompañante con el que seguí por toda España a los Rolling Stones, vimos en varias ocasiones a Texas (y las que nos quedan), a Calamaro, a Massive Attack, Guns n´Roses, fuimos a festivales como el FIB y una larga lista de espectáculos juntos que reforzaron aún más nuestra amistad.

La canción, según su autor, habla de la muerte de las ideas, pero a la vez insta a no darse por vencido, a seguir luchando con la esperanza de tener una vida mejor porque nada es para siempre. Esta era exactamente nuestra lucha durante aquel año de transición, en el que a pesar de todos los reveses que nos dio la vida, Paula y yo conseguimos darlo todo y, con un solo faro, llegar a casa.

So long ago I don’t remember when
That’s when they said I lost my only friend
Well they said she died easy of a broke heart disease
As I listened through the cementery trees I seen the sun comin’ up at the funeral at dawn
With the long broken arm of human law
Now it always seemed such a waste
She always had a pretty face
I wondered why she hung around this place Hey-ey-ey
Come on try a little
Nothing is forever
Got to be something better than in the middle Me and Cinderella
We put it all together
We can drive it home
With one headlight She said it’s cold
It feels like independence day
And I can’t break away from this parade
But there’s got be an opening
Somewhere here in front of me Through this maze of ugliness and greed
And I’ve seen the sign up ahead at the county line bridge
Sayin’ all is good and nothingness is dead
We run until she’s out of breath
She ran until there’s nothing left
She hit the end, just her window ledge Hey-ey-ey
Come on try a little
Nothing is forever
Got to be something better than in the middle But me and Cinderella
We put it all together
We can drive it home
With one headlight Well this place is old
It feels just like a beat up truck
I turn the engine but the engine doesn’t turn
Well it smells of cheap wine and cigarettes This place is always such a mess
Sometimes I think I’d like to watch it burn
I’m so alone
Feel just like somebody else
Man, I ain’t changed, but I know I ain’t the same
But somewhere here in between the city walls of dying dreams
I think her death, it must be killing meHey, hey, hey-ey-ey
Come on try a little
Nothing is forever
There’s got to be something better than in the middleMe and Cinderella
We put it all together
We can drive it home
With one headlight

Hace tanto tiempo que no recuerdo cuándo
Fue cuando dijeron que perdí a mi única amiga
Bueno, dijeron que ella murió fácilmente de una enfermedad del corazón roto
Mientras escuchaba a través de los árboles del cementerio
Vi el sol saliendo en el funeral al amanecer
Con el largo brazo roto de la ley humana
Ahora siempre me pareció un desperdicio
Ella siempre tuvo una cara bonita
Me pregunté por qué andaba por este lugar
Hey-ey-ey
Vamos a probar un poco
Nada es para siempre
Tiene que haber algo mejor que en el medio
Yo y Cenicienta
Lo juntamos todo
Podemos conducir a casa
Con un solo faro
Ella dice que hace frío
Se siente como el día de la independencia
Y no puedo separarme de este desfile
Pero tiene que haber un hueco
En algún lugar aquí delante de mí
A través de este laberinto de fealdad y codicia
Y he visto la señal más adelante en el puente de la línea del condado
Diciendo que todo es bueno y que la nada está muerta
Corremos hasta que se queda sin aliento
Ella corrió hasta que no queda nada
Ella golpeó el final, sólo el borde de su ventana
Hey-ey-ey
Vamos a probar un poco
Nada es para siempre
Tiene que haber algo mejor que en el medio
Pero yo y Cenicienta
Lo juntamos todo
Podemos conducir a casa
Con un solo faro
Bueno, este lugar es viejo
Se siente como un camión golpeado
Giro el motor pero el motor no gira
Bueno, huele a vino barato y cigarrillos
Este lugar es siempre un desastre
A veces pienso que me gustaría verlo arder
Estoy tan solo
Me siento como otra persona
Hombre, no he cambiado, pero sé que no soy el mismo
Pero en algún lugar aquí entre las paredes de la ciudad de los sueños moribundos
Creo que su muerte, debe estar matándome
Hey, hey, hey-ey-ey
Vamos intenta un poco
Nada es para siempre
Tiene que haber algo mejor que en el medio
Yo y Cenicienta
Lo juntamos todo
Podemos conducir a casa
Con un solo faro

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22. Unfinished Sympathy. Massive Attack

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4 comentarios en «33. One Headlight. The Wallflowers»

  1. ¡Ole, ole y ole! Grandes Paula, Marx y Blanqui por alumbrar juntos, con vuestros tres únicos faros (quién no ha ido tuerto por el mundo, o incluso ciego, alguna vez), el camino a vuestro nido en aquel momento clave de vuestras vidas.
    Y grandes Jacob y sus chicos, ¡menudo temazo se marcaron…! Por cierto, que sepas que yo también estaba en aquella pequeña sala disfrutando del concierto con mi mejor amiga. La verdad es que fui por acompañarla, porque de los Wallflowers no conocía más que esta canción, pero nos sorprendió todo el repertorio y lo bien que sonaron en directo. ¡Ah, y cacé una de las baquetas que lanzó el batería al público!
    ¡Gracias por el entrañable capítulo de hoy, un abrazo!

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  2. Siempre recuerdo la temporada de Santa Maria de la Cabeza con un inmenso cariño en donde establecimos unos lazos sólidos e irrompibles (lo corroboramos de vez en cuando…la semana pasada…).
    Llegué tarde a la familia pero…mi conciencia la eligió con gran sabiduría, no había algo mejor para mí.
    ¡Os quiero!

    Responder

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