32. Shame on you. Gun

Como ya sabemos, la dicha dura poco en la casa del pobre y aunque pudimos disfrutar de tres días de acampada (ilegal y gratuita) en los Pirineos para ver algunos conciertos de nuevo en el Pirineos Sur, enseguida tuvimos que volver a nuestros quehaceres cotidianos en Madrid para afrontar nuestra primera situación comprometida como matrimonio.

Nuestro compañero de piso, Dani, se había quedado sin trabajo y no podía seguir aportando en casa por lo que nos quedábamos sin un recurso fundamental para afrontar el alquiler mensual. Debíamos empezar a movernos rápido para conseguir más ingresos y la oportunidad esta vez vino de la mano de la prima Ana.

En lugar de ir de luna de miel, nos desplazamos hasta Guadalajara, a trabajar durante un par de semanas en su restaurante para cubrir las vacaciones de los trabajadores habituales.

De vuelta a Madrid, Paula y yo nos sentamos, hicimos números y llegamos a la conclusión de que no podíamos seguir pagando el alquiler de aquel piso que nos había hecho tan felices. Lo malo no era tener que abandonar el piso, lo realmente malo era que con mis pocos ingresos y con el poco tiempo de paro que le quedaba a Paula, se nos hacía completamente imposible asumir cualquier alquiler. Nos acabábamos de casar y no teníamos donde meternos.

La única solución era volver al nido y así, a principios del mes de septiembre, reconquistamos la buhardilla de mis padres y nos instalamos en ella hasta que llegaran tiempos mejores. La buhardilla nos daba bastante independencia, pero no disponíamos ni de baño ni de cocina propios, por lo que la convivencia con mis padres era constante y aunque nunca hubo ningún problema, sabíamos que ese no era nuestro lugar, aunque disfrutáramos de todas las ventajas y comodidades de vivir bajo su mismo techo.

Paula conseguía algunos trabajos esporádicos y yo seguía en la agencia que iba funcionando de manera lenta pero segura. Entraban proyectos que nos permitían cubrir todos los gastos e incluso pudimos salir del piso de mi socio y alquilar una oficina, un bajo situado, de nuevo, en el barrio de Chamberí que tuvimos que reformar y acondicionar.

Aquel año hubo un acontecimiento que me marcó de manera especial. Aproximadamente un año antes de nuestra boda, Ana, mi amiga del Máster de ESIC, la de los consejos amorosos desatendidos, fue diagnosticada con cáncer unas semanas antes de su boda, que se iba a celebrar en Sevilla, y a la que estábamos invitados. El enlace se canceló a la espera de la evolución de la enfermedad.

Después de todo un año de tratamientos, los doctores le dieron el alta y le confirmaron que parecía que aquella pesadilla había terminado, así que decidieron retomar sus proyectos y celebraron la boda unos meses más tarde de la nuestra, por el mes de octubre, creo recordar.

Como no podía ser de otra manera, allí acudimos Paula y yo y nos alojamos en casa de mi amigo Pablo (el que había conocido en Leeds). El casamiento fue espectacular y tuvimos una jartá de comer y de beber y una pechá de bailar sevillanas. Los novios estaban felices y fue una de las ceremonias más alegres a las que he acudido en mi vida, porque todos éramos conscientes de lo que habían tenido que superar los dos en los últimos meses. Aquello era como una victoria del amor sobre la muerte que debía ser celebrada con todos los honores y eso precisamente hicimos.

De vuelta en Madrid, empezaba a tener una sensación extraña en la agencia, no me encontraba demasiado a gusto y empezaba a notar pequeñas diferencias de parecer, pensamiento y forma de actuar con mi socio. Sin embargo, siempre he sido de carácter conciliador y nunca me han gustado las discusiones, porque, he de reconocerlo, soy mal argumentador y las palabras, que tan bien suenan en mi cabeza, se me aturullan en el camino del cerebro a la lengua y nunca llegan al receptor como deberían o como yo pienso que deberían llegar, lo que me genera un estrés extra que hace que el discurso ya no aparezca tan claro en mi interior y se vuelva a reproducir el proceso de aturullamiento de mis palabras en un círculo vicioso del que solo soy capaz de salir con un: “Como tú quieras, da igual”.

Los días pasaban y mi cabeza intentaba convencer a mis tripas de que todo estaba bien, que era normal tener diferencias y que, si a eso le juntabas la desazón que me producía el hecho de no poder dejar la casa de mis padres para empezar una vida de casados, era bastante razonable tener dudas. Sin embargo, el trabajo me gustaba, estaba convencido de que podíamos sacar adelante nuestros propósitos y de que, para principios de año, podría ya tener un sueldo medio digno con el que poder empezar a buscar algo para comenzar nuestra verdadera vida en común.

En el último trimestre del año conseguí un proyecto para hacer un trabajo de merchandising para otra agencia. El margen que conseguí era bastante jugoso e iba a suponer un importante empujón al saldo de la cuenta corriente de la empresa. En aquellos momentos aprendí una lección que no he vuelto a olvidar: hasta que no esté el trabajo facturado y cobrado, no cantes victoria. Un error adjudicable a partes iguales al cliente, al proveedor y a mí, hizo que tuviéramos que repetir el trabajo y allí empezaron las verdaderas discusiones con mi socio que veía de manera completamente diferente a la mía la solución a aquel problema.

Después de aquellos choques tuve claro que teníamos dos puntos de vista muy diferentes y que nuestra manera de hacer las cosas era completamente opuesta. No entraré en detalles de qué manera era mejor o más adecuada para la empresa, pero me quedó claro que ese no iba a ser el camino de rosas que pensábamos que iba a ser en un principio.

Mientras todo esto pasaba, Paula encontró un trabajo por seis meses en un centro de Servicios Sociales de la Comunidad de Madrid. Desde luego era un alivio a nuestra situación, pero al ser algo temporal, tampoco nos permitía pensar en dejar la casa de mis padres, al menos no hasta que yo tuviera un sueldo mayor. Había que empezar a ahorrar y seguir esperando la oportunidad que nos permitiera volar del nido definitivamente.

La relación en la agencia había empezado a torcerse ya de una manera que, aunque no quisiera reconocerlo, no tenía vuelta atrás. Durante los últimos meses del 2006, mi socio estuvo negociando un contrato con una nueva empresa inmobiliaria para crear la imagen de cada una de sus promociones de los próximos años. El CEO (en español, Director Ejecutivo) de la inmobiliaria era un íntimo amigo de mi socio y las negociaciones, finalmente, llegaron a buen puerto y como representante legal de la empresa tuve que firmar aquel contrato que en un principio iba a ser anual, prorrogable de año en año.

El contrato suponía el espaldarazo definitivo para la agencia que conseguía su primer gran cliente y que nos iba a permitir ponernos unos sueldos más normales. Tanto esfuerzo y tanto sacrificio parecía que, por fin, iban a tener una recompensa.

Shame on you

En los primeros días del año 2007 mi socio me citó porque quería hablar conmigo. Su amigo CEO de la inmobiliaria, le propuso integrar la agencia dentro de su infraestructura y para ello impuso una condición: yo no podía estar dentro de la empresa como socio para que ellos compraran la sociedad. Aquello me descolocó por completo, no entendía el porqué de una condición así, pero lo que acabó de hundirme fue que mi socio ya había aceptado la propuesta sin ni siquiera consultarlo conmigo.

Lo único que me ofrecía era un contrato de trabajo por 1000 € mensuales en la nueva compañía para hacer trabajo administrativo.

En aquel momento, le pedí unos días para pensar bien qué es lo que quería hacer. Craso error, en el mismo momento que me contó todo aquello tenía que haber cogido mis cosas y haberme ido, pero quería al menos intentar sacar algo de todo el trabajo de aquellos meses. A medida que pasaban los días, crecía mi resentimiento y como decía el maestro Yoda, el miedo lleva a la ira, la ira lleva al odio y el odio lleva al sufrimiento.

Decidí tomarme la justicia por mi cuenta y empecé a cometer una serie de actos poco éticos con el objetivo de llevarme lo más posible de la empresa sin importarme si hacía lo correcto o no. Siempre me he considerado una buena persona y siempre he hecho bandera de ello, sin embargo, en aquellos momentos tomé el camino equivocado y, cegado por la rabia, tuve un comportamiento que, en aquellos momentos, me parecía lo mejor que podía hacer, pero del que inevitablemente acabaría arrepintiéndome.

Después de hablar con mis clientes para que no pidieran más hasta nuevo aviso y de subir algunos presupuestos de trabajos en marcha, con la complicidad de los proveedores, decidí venderle mi parte de la empresa por una cantidad bastante moderada que solo compensaba el bajo sueldo de los últimos meses, pero que no tenía en absoluto en cuenta el verdadero valor de la empresa.

En los primeros capítulos contaba que el lema de mi colegio era: “La verdad os hará libres”. A mí siempre fue una frase que me gustó mucho, pero fue en estos momentos de mi vida cuando realmente llegué a comprenderla con exactitud y como ya dije también en su momento, las grandes lecciones de la vida, normalmente, se aprenden a palos. La mentira tiene las patas muy cortas y hay que ser un embustero experimentado para salir airoso de ciertas situaciones y yo no lo era. Al final, todas mis tretas salieron a la luz y me hicieron sentirme el hombre más miserable sobre la faz de la tierra. Solo quedaba un posible camino, que fue el que tomé: agaché la cabeza, pedí perdón en persona y por escrito, recogí mis cosas y salí de aquella oficina sin mirar atrás.

Lo que consideraba que había sido una situación completamente injusta e incluso vil, en la que yo era la víctima, yo mismo me había encargado de darle la vuelta con una torpeza tal, que acabé siendo el malo de la película. En ese momento comprendí el verdadero significado de esa frase que tanto tiempo me había acompañado en mi vida, pero que tan poco había entendido.

Aquello me dejó tocado y avergonzado durante mucho tiempo, tanto, que incluso me impidió estar presente en uno de los momentos más dolorosos por los que he tenido que pasar.

Mi amiga Ana, volvió a desarrollar la enfermedad y esta vez de una manera virulenta. En poco más de tres meses se la llevó por delante y yo no tuve fuerzas, por el dolor y por la vergüenza que sentía de encontrarme de nuevo a mi exsocio, de acudir a despedirla. No conocía a su familia, a su marido le conocía poco, pero sí había una amiga suya a la que me hubiera gustado acompañar en aquellos duros momentos y no fui capaz de hacerlo.

La canción de la semana es de otro de “mis” grandes grupos, de esos que me han acompañado toda la vida y que jamás han dejado de gustarme. Es un grupo que me transporta directamente a mi habitación de mi adolescencia. Allí guardaba una gorra que llevaba incorporada una coleta de pega y cuando estaba aburrido o simplemente tenía ganas de cantar, que era en muchas ocasiones, me ponía la gorra, le daba la vuelta para tener la sensación de tener la melena en la cara, cogía mi lámpara de pie a modo de micrófono y me dejaba el alma cantando todas sus canciones, simulando que era el gran Mark Rankin.

GUN es mi esencia, es juventud, es pasión, es locura y ternura, y su cantante representaba todo lo que yo quería ser en aquellos días de adolescencia. Sus tres primeros discos son perfectas máquinas del tiempo, son como la píldora roja que se toma Neo para ir a Matrix y ver la parte más pura y más esencial de mí mismo. Después de estos tres primeros discos, Mark Rankin, su cantante, abandonó la formación para dedicarse a labores de producción de otros músicos y nunca volvió al grupo.

A GUN he podido verlos en muchas ocasiones, tanto en su primera etapa como en la segunda en la que ya no estaba el cantante inicial y siempre han sido conciertos muy especiales. Recuerdo la primera vez que los vimos junto con mi amigo Borja en la que el inexperto batería del grupo, con un nivel de alcohol bastante elevado, decidió confiar en el público de las primeras filas y se arrojó al mismo sin darse cuenta que la mayoría de la gente se estaba apartando por lo que aterrizó de formar violenta contra el suelo… después de unos cuantos “Fucks” volvió al escenario a seguir con el concierto. También los vi teloneando a Bon Jovi, el día en el que su cantante, Jon Bon Jovi, sufrió un ataque de alergia que acabó con él en el hospital. A mí, después del conciertazo de GUN me importó poco que el de Bon Jovi no durara demasiado.

Hay muchas canciones que podría haber elegido, pero desde que empecé a escribir esta autobiografía sonora, tenía claro que este capítulo de mi vida, del que me siento especialmente avergonzado, no podía ir con otra canción que con el “Shame on you” del grupo escocés y representa esa otra parte de cada uno de nosotros de la que no estamos orgullosos, pero que también debemos conocer, y como dice la canción, “Creciendo de la manera más difícil, hay dos lados en cada uno”. Son experiencias que te ayudan a crecer, a conocerte a ti mismo y a madurar.

Después de unos cuantos años desde que aquello sucedió he sido capaz de pasar página, aprender la lección y sobre todo saber perdonarme a mí mismo por los errores cometidos.

Shame on you

Setting up your storyline
Everything is wonderful
Meeting like strangers
Losing all direction
Giving him a good time
Crying on his shoulder
Growing up the hard way
There’s two sides to everyone

Sentimental strangers
There’s rhythm in her dancing feet
Sleeping in the city streets
Crying in the rain Got no shame
Got no shame Looking for a good time
Everybody wants one
A land of sunshine
Wild child is on the run
Giving him direction
Crying in the rain
Acting like the crazy one
Run down and helpless Two sides to every story
Dancing in the sky
Everybody loves a winner
And I don’t know why You got no shame
Got no shame
Shame on you
Shame on you
I gave you time Acting like the crazy one
Don’t you think it’s wild
She’s dancing in the city streets
Dancing like a child
Everybody loves a winner
Everybody knows
When everything is wonderful
Your smiling to your toes
I’ll send you all a postcard
Moonlight and stars
You’re heading for a breakdown
I wonder where you are
You’re dancing in the city streets
Merry Christmas son
I heard it from a close friend
That I’m the only one You got no shame
You got no shame
Shame on you you you
Shame on you

Cómo preparar su historia
Todo es maravilloso
Encontrarse como extraños
Perder toda la dirección
Hacerle pasar un buen rato
Llorando en su hombro
Creciendo de la manera más difícil
Hay dos lados en cada uno
Extraños sentimentales
Hay un ritmo en sus pies que bailan
Durmiendo en las calles de la ciudad
Llorando bajo la lluvia
No tengo vergüenza
No tengo vergüenza
Buscando un buen momento
Todo el mundo quiere uno
Una tierra de sol
El niño salvaje está huyendo
Dándole dirección
Llorando bajo la lluvia
Actuando como el loco
Atropellado y desamparado
Dos caras de cada historia
Bailando en el cielo
Todo el mundo ama a un ganador
Y no sé por qué
No tienes vergüenza
No tienes vergüenza
Vergüenza en ti
Vergüenza debería darte
Te di tiempo
Actuando como el loco
No crees que es salvaje
Ella está bailando en las calles de la ciudad
Bailando como un niño
Todo el mundo ama a un ganador
Todo el mundo sabe
Cuando todo es maravilloso
Que sonríes hasta los dedos de los pies
Os enviaré una postal a todos
La luz de la luna y las estrellas
Te diriges a una avería
Me pregunto dónde estás
Estás bailando en las calles de la ciudad
Feliz Navidad hijo
Lo escuché de un amigo cercano
Que soy el único
No tienes vergüenza
No tienes vergüenza
Vergüenza en ti, tú, tú
La vergüenza en ti

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50. Cincuenta sin darme cuenta

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7 comentarios en «32. Shame on you. Gun»

  1. Ya me has dado dos pelotazos directos a la patata… Y los dos son escoceses😉.
    Que grande esta letra y que bueno es sacar esa frustración y reconocer los errores para perdonarse.
    PD. Si después del Shame on you te metes pal cuerpo el taking on the world… No te digo ná

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    • No sabes cuanto me alegro de esos dos pelotazos!! De ese primer disco podría haber elegido casi cualquiera, pero el Shame on you me iba muy bien con la temática del capítulo.
      Le has dado un buen avance, ya casi estás al día!!!!

      Responder

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