Tocaré. Tahúres Zurdos

Y no me perderé, y no me perderé, en las palabras corrompidas por el uso.

El viernes pasado, a pesar de haberlo olvidado por completo durante toda la semana, volví a verme en la pista de un pequeño local, acompañado de mis dos hermanos, mi cuñada, y de un montón de gente con la que podría haber coincidido en la EGB, con la que probablemente hubiera podido comentar la serie “V” o con la que hubiera podido haber estado esperando mi turno para ver, de uno en uno, los posters de mis grupos favoritos en Discoplay.

Muchas calvas, algunas melenas blancas ya recogidas en una coleta que descansaba sobre una chupa de cuero, un montón de panzas apretadas por camisetas negras que hacía años que no veían la luz y algún que otro grupito de jóvenes seguidores que pusieron los bailes cuando más se necesitaron.

Tahúres Zurdos volvían a subirse a un escenario y yo los veía por primera vez.

Lo mismo me pasó con Rosendo. Solo pude verle por primera, y última vez, en su gira de despedida.

Lo importante es que los vi, no cuándo los vi.

He de reconocer que nunca seguí demasiado al grupo de Pamplona. Aunque hacían rock, que era lo que a mi me motivaba, no era el tipo de rock que yo gastaba por aquellos primeros años.

Además, quitando a Leño, Barón y Topo, que venían casi impuestos por mi hermano mayor, en general el rock español nunca me llamó mucho la atención en los años 80 y principios de los 90.

“Tocaré” es, sin lugar a dudas, su canción más conocida.

Y, efectivamente, algo me tocó por dentro y encontró su sitio para no salir nunca.

Quizás fuera por la voz inconfundible de Aurora Beltrán, o quizás fuera por el mensaje que resonaba en mis oídos cuando todavía no había cumplido los veinte años y ya sabía que esas cuerdas gritaban mi nombre y atravesaban tabiques invisibles y que la música fluía ya por mis venas y pasaba del cerebro al corazón fluyendo sin ningún control.

El caso es que me emocioné al escuchar en directo esa canción. No tenía yo muchas ganas de concierto, la sangre que transportaba las notas musicales que hubiera necesitado en esos momentos, estaba recorriendo mis pies, lo mismo que mis ánimos.

Con los primeros acordes de la canción, esas notas subieron directamente de los pies al corazón para calentarlo un poquito. La felicidad, que llevaba un tiempo escondida sin querer salir, consiguió asomarse durante un ratito y tirando bien fuerte de las comisuras de mis labios, acertó a sacarme una sonrisa temporal.

Esa canción siempre lo consigue y aunque yo no sepa lo que es el contacto de sus cuerdas y mis dedos y estos nunca han llegado a sangrar, puedo sentir igual que la cantante, y puedo contar y cantar con la misma convicción y con la misma verdad esa estrofa mágica:

«Oh, música, tú siempre me fuiste fiel»

Lo bueno de la música, como decía Bob Marley, es que cuando te golpea, no sientes dolor.

No puedo estar más de acuerdo con el gran rastafari.

Pero también sé que estas propiedades, casi mágicas, no son propiedad exclusiva de la música.

Las palabras también tienen ese poder. Pueden tirar también de la comisura de tus labios para arrancarte una sonrisa o pueden desatar una tormenta en tus ojos donde cada lágrima es una cascada.

En los últimos meses mi relación con ellas se ha intensificado hasta niveles dolorosos. Veo cada vez a más gente manoseándolas, usándolas, corrompiéndolas, babeando encima suya sedientos de éxito, reconocimiento y dinero. Yo mismo soy uno de esos babosos.

Otros las sujetan con fuerza contra el suelo y las retuercen para justificar sus acciones y, aunque las pobres griten de dolor, se clavan hirientes en el alma del que ha osado expresar sus sentimientos más profundos.

Un gran poder conlleva una gran responsabilidad, que se lo pregunten a Spiderman, ¿verdad?

Las palabras por sí mismas tienen magia, sirven para comunicar, para expresar emociones, para enamorar, pero también para separar, para odiar y para envidiar. No sé muy bien a dónde quiero llegar a parar con esto, quizás quiero decir que la magia está en ellas y que no podemos querer adueñarnos de esa magia suya si no es para mostrarnos transparentes, aunque duela, aunque nos vean.

Me gustaría pensar que mis palabras y mi manera de colocarlas unas junto a otras, van a ser capaces de ayudar a otros a mejorar sus vidas y que la mía propia solo mejorará en función de lo que ayude a esos otros. Ese es el éxito que yo busco, el que persigo, pero sé que para llegar a él antes tengo que pagar una serie de peajes.

Me gustaría aún más tener la fuerza y el convencimiento de ser yo quien eligiera a las personas que quiero ayudar a mejorar sus vidas y no al contrario, pero me temo que ese punto todavía queda lejos.

Tocaré

Cuando yo escribo, lo que realmente estoy haciendo es aplicar un poquito de crema de caléndula a mi alma escocida o a las rozaduras que me producen las fricciones con otros y conmigo mismo.

Estas segundas suelen ser más profundas y difíciles de curar.

Muchas veces te avergüenzas de ellas y no quieres que nadie las vea. Están bien escondidas en las partes más íntimas de cada uno.

Son exactamente como las rozaduras que te salen entre los muslos o en el perineo cuando llevas corriendo muchos kilómetros.

Como no las cuides bien, te joden la carrera.

También tienen su lectura positiva. Esas rozaduras solo salen si estás en movimiento, si te estás esforzando, si estás sudando como un cochino por llegar al siguiente avituallamiento.

No conozco a nadie al que le hayan salido esas rozaduras por generación espontanea mientras solea sus pelotas sentado en una hamaca mirando la vida pasar.

No, eso no es así.

El movimiento es lo que tiene. Causa rozaduras, rozaduras que molestan, que duelen, son incómodas y hasta pueden llegar a sangrar.

Dios, ¡cómo joden!

Pero también te recuerdan lo que llevas recorrido, lo que te está costando llegar.

Como para todo en la vida, cada uno tiene sus propios trucos para tratar estas laceraciones, tanto las causadas por el roce con los demás, como las causadas por la fricción con uno mismo.

Cuando las rozaduras se originan por un factor externo, es importante localizar exactamente cuál es ese factor externo y poner las medidas para actuar contra él. Si es un pantalón viejo cuyas costuras se te clavan en la piel, sabes que es hora de deshacerte de él por muchas carreras que hayas corrido con ellos.

Más complicado es cuando las rozaduras te las causas tu mismo. En ese caso, el tratamiento depende de cada uno porque cada uno sabe qué es lo que necesita o lo que le viene mejor o simplemente, aunque tarden más en sanar, lo que siempre ha usado para curar esas heridas.

Crema de caléndulas, polvos de talco, desodorante, cremas hidratantes, Aloe vera, vaselina…Esos son los remedios más habituales.

Mis cremas son más caseras y personales. Escribir, escuchar música, correr, ir a algún concierto, coger la mano de Paula bajo las sábanas, cantar a todo pulmón, volver a correr, el humor y la risa.

Muchas veces, sobre todo últimamente, cuando estas rozaduras me molestan tanto que no puedo dar un paso sin notar cómo me arden bien dentro, ni siquiera esos bálsamos sirven y solo me salen gritos de dolor, de auténtico dolor, disfrazado de una mierda de perro, de una cena sin hacer, de una lavadora sin sacar o de una mesa sin poner.

Siempre es más fácil culpar a todas esas cosas que aceptar nuestras miserias y nuestras incapacidades y nuestros miedos y nuestras limitaciones y nuestras sombras.

¿Serán esos muros tan inamovibles como para que no haya huracanes que puedan derribarlos?

Quizás no se trate de derribarlos, quizás se trate más bien de desmontarlos, de ir quitando una a una las rocas que forman esos muros porque un huracán, por muy fuerte que sea, solo dura un instante, y en un instante no se desmonta ningún muro.

Como siempre, me habéis vuelto a dejar divagar sin sentido, flotando en un océano de hielo azul, pero no me importa porque conozco el poder de las palabras y sé que unos pocos vais a estar ahí para lanzarme un cabo cuando lo necesite, aunque no lo pida.

También estoy seguro que este hielo pasará y cuando lo haga tendré todas mis rozaduras curadas y entonces sé que podré continuar mi viaje hacia lo desconocido con mi tripulación más fuerte y preparada después del largo invierno, y entonces.

tocaré y tocaré

Hasta que mis dedos sangren

Aquellas teclas

Que esculpían para ti

Y no me perderé

Y no me perderé

En las palabras corrompidas por el uso

PD. Creo que me estoy pasando con lo simbólico-metafórico últimamente, a ver si se pasa ya esta racha bajuna y consigo escribir algo optimista-festivo que consiga una sonrisa sincera. Con una, aunque solo sea de uno o de una, me vale.

Es de fuego, es de fuego,
El contacto de tus cuerdas y mis dedos.
Fue difícil, pasó el tiempo
Metal, madera,
Se ensartan en mi cuerpo
Y tocaré y tocaré
Hasta que mis dedos sangren,
Aquellas notas
Que esculpías para mi.
Y no me perderé,
Y no me perderé
En las palabras
Corrompidas por el uso.
Esas cuerdas
Gritaron mi nombre
Atravesaban tabiques invisibles
Son mis venas, son mis venas
Y la música fluye bien por ellas
Y tocaré y tocaré
Hasta que mis dedos sangren,
Aquellas notas
Que esculpías para mi.
Y no me perderé,
Y no me perderé
En las palabras
Corrompidas por el uso.
Oh música, tu siempre me fuiste fiel.
Oh música, oh música.

4 comentarios en «Tocaré. Tahúres Zurdos»

  1. Toda racha tiene su riqueza y lo escrito desde lo sentido siempre es mejor que lo impostado. Reiremos juntos de nuevo y si hoy te cuesta avanzar aquí me tienes para tirar de tí

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  2. Pues si pintan metáforas, aquí va otra 😉:
    La página en la que escribimos es un espejo en el que reconocernos. La página que leemos es una ventana a otros mundos, a otras miradas, pero también en su superficie transparente, con la luz y el ángulo adecuados, nos podemos ver reflejados. Incluso a veces se superpone nuestra imagen con la del personaje que nos interpela desde el otro lado del cristal, entonces sus arrugas son las nuestras y nuestras cicatrices son las suyas.
    Somos humanos, somos imperfectos, pero nos tenemos los unos a los otros. Nada como ventilar y poner al sol nuestras heridas para que sanen: gracias por seguir escribiéndonos, con humildad y valentía que ya son orgullo, tu crónica de la victoria del amor sobre el dolor.
    Puedo decir que a mí me has iluminado un camino por el que probablemente nunca me habría aventurado solo, así que no dudes en pasarme la mochila cuando lo necesites… 😊
    ¡Seguimos!

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