¿Sabes?
Te he echado de menos.
Sí, lo sé, yo soy el culpable. He estado ocupado, enfocado, metido en un túnel viendo cómo me iba aproximando al puntito de luz que por momentos se iba haciendo más grande.
A los lados, una clara oscuridad me permite intuir el exterior sin dejar de perseguir la luz.
Sí, lo sé, también fui yo quien decidió arrancarse los grilletes a mordiscos y volar las paredes que me protegían y me aprisionaban. Las primeras paredes cayeron rápido, no sé si es que eran más débiles o que mi energía inicial, alimentada por el fracaso, era descontrolada.
Quizás fuera eso.
Ahora tengo la certeza y la he tenido tantas veces que perdí la cuenta.
Este muro me costó más tirarlo, estaba repleto de momentos vividos, de recuerdos, de tesoros encontrados, de canciones, de sensaciones, de lecciones aprendidas y por aprender. Si me alejaba un poco y cogía cierta perspectiva, entrecerrando los ojos, podía verla, mi alma pegada a la pared como un Bansky efímero.
Pero me di cuenta de algo, ya no necesitaba mirarla en la pared, podía volver al lugar de donde había salido, así nadie podría vandalizarla.
El estruendo de las piedras cayendo se mezclaba con mis lágrimas y mis gritos y cada una de las rocas que formaban el muro fueron cayendo causando una polvareda que tardó un tiempo, que no soy capaz de definir con precisión, en disiparse.
Las paredes habían caído, pero los barrotes de la ventana a los que solía agarrarme para contemplar el exterior seguían ahí, suspendidos en el aire, desafiantes, perdonándome la vida, retándome a soltarme.
Y aunque los muros han caído y puedo ver con claridad mi camino, la hierba verde a los lados y los cerezos con sus flores blancas gritándome que han vuelta a nacer, yo sigo agarrado a los barrotes, avanzando por el camino, pero bien asido a esos cuatro hierros que me acompañan y que en algún momento tendré que soltar si quiero volar.
Recuerdo cuando era niño y aprendí a montar en bici. El siguiente paso natural era hacerlo sin manos. Eso sí que daba miedo y, aun así, soltabas primero una mano por un segundo para, inmediatamente, volver a ponerla sobre el manillar.
Poco a poco, suelta a suelta, caída a caída, fui cogiendo confianza y un día, casi sin quererlo, fui capaz de soltar las dos manos y abrir los brazos en cruz para poder recoger todo el aire y llenar mis pulmones de esa sensación.
¡Qué sensación!, ¿verdad?, ¿la recuerdas?
Yo no puedo olvidarla. Creo que nadie debería olvidarla porque la vida no es más que eso, caer, caer, y con sangre en las rodillas, volver a pedalear con fuerza para volver a intentarlo.
Así que imagíname por un momento, montado sobre aquella pequeña bicicleta azul sobre la que aprendí a pedalear, con una mano agarrando unos barrotes que flotan en el aire y me agarran a la tierra y con el brazo contrario extendido como si fueran mis alas antes de echar a volar.
Y puede que eche a volar y me de cuenta de que tengo miedo a las alturas, quizás por eso no quiera soltar esos fríos barrotes.
Pero lo haré. En cualquier momento, cuando menos se lo espere, me acercaré a un olivo centenario, mearé en él, y dejaré los barrotes colgados de sus ramas, para que no pueda perseguirme nunca más.
Ese es mi plan. Sin fisuras. Lo único que dejo al azar es el valor, lo demás está todo programado.
La torre que había construido lucía esbelta, engalanada con estandartes, pendones y banderas que gritaban en silencio movidos por la dirección del viento de cada momento, y demostraba una autoridad exterior que estaba apuntalada en el interior con listones carcomidos.
Y aunque fui yo mismo el que decidió empezar a quitar esos listones y a ir abriendo pequeños huecos en el muro, tuvo que ser un gigante quien, cansado de llamar a la puerta, decidió arrancarla de un golpe certero y así, con la puerta hecha añicos, el resto de la torre empezó a ceder.
Y ahora, abrazado al gigante, sentados los dos sobre las rocas que fueron prisión y refugio, contemplamos el horizonte mientras una melodía nos recuerda tiempos mejores y me recuerda lo difícil que es pedir perdón, aunque las campanas de la torre hayan dejado de sonar.
No sé si estoy despierto o tengo los ojos abiertos.
Y así, montando en mi vieja bicicleta, arrastrando unos barrotes, buscando un olivo en el camino para soltarlos, y con la presencia del gigante que me vigila desde las alturas, sigo mi camino.
Y me paro a disfrutarlo. Junto a un viejo roble engalanado con grandes hojas envejecidas y sabías, aprovecho su sombra para descansar. Un viento, que un día me llevó mecido por corrientes desconocidas para mi y me sopló para darme impulso, me dice al oído que me echa de menos y que ha escuchado que otros vientos más lejanos también lo hacen.
Sí, lo sé, yo también te echo de menos.
Es difícil teclear con unos barrotes pegados a la mano.
Malditos barrotes que no me dejan teclear ni volar, pero me sirven de escudo contra el peor de los monstruos, el miedo.
Y cuando el miedo y la pereza unen fuerzas, no hay tornado que los mueva.
Mientras descanso bajo la sombra del gran roble se me ha acercado un mocoso niño con lágrimas en los ojos. Su voz suena triste y familiar. Tengo la sensación de haber compartido toda una vida con ese niño con gafas.
Tiene una pena profunda. Me dice que está buscando a su héroe y que ha perdido su refugio. Yo, secándole las lágrimas, le abrazo por un instante y le digo no los ha perdido, que se ha convertido en ellos.
Me agacho junto a él, me abraza y susurrándome al oído me dice:
Hazme un favor, no pares nunca de escribir.
Mil campanas suenan en mi corazón
Que difícil es pedir perdón
Ni tú ni nadie nadie puede cambiarme
Haces muy mal en elevar mi tensión
En aplastar mi ambición
Tú sigue así, ya verás
Miro el reloj, es mucho más tarde que ayer
Te esperaría otra vez y no lo haré, no lo haré
¿Dónde esta nuestro error sin solución?
Fuiste tú el culpable o lo fui yo
Ni tú ni nadie, nadie puede cambiarme
Mil campanas suenan en mi corazón
Qué difícil es pedir perdón
Ni tú ni nadie nadie puede cambiarme
Vete de aquí, no me supiste entender
Yo solo pienso en tu bien, no es necesario mentir
Qué fácil es atormentarse después
Pero sobreviviré, sé que podré, sobreviviré
¿Dónde esta nuestro error sin solución?
Fuiste tú el culpable o lo fui yo
Ni tú ni nadie, nadie puede cambiarme
Mil campanas suenan en mi corazón
Qué difícil es pedir perdón
Ni tú ni nadie nadie puede cambiarme
Uh….uh…uh…uh
¿Dónde esta nuestro error sin solución?
Fuiste tú el culpable o lo fui yo
Ni tú ni nadie, nadie puede cambiarme
Mil campanas suenan en mi corazón
Qué difícil es pedir perdón
Ni tú ni nadie nadie puede cambiarme, no, ya no
Ni tú ni nadie nadie puede cambiarme, no

No pares, no.
Yo creo que ya has empezado a volar…hace tiempo…ahora a subir poco a poco para verlo todo desde arriba
Marcos, has resucitado como Jesucristo!!!Que gusto volver a leerte!! Sigue adelante y suelta los barrotes
Ya te echábamos de menos, artista. Me alegro de que sigas en le brecha.
Muy feliz por leerte de nuevo aqui. Un abrazo
Qué sorpresa!!! Cuando lo he visto he pensado lo mismo que Paloma. Es que es Domingo de Resurrección!!!
Me ha alegrado mucho volver a leerte.Animo eres un gran hombre.
Gracias.
Gracias por compartir tus historias y poder hacerlas un poco nuestras. Tienes un don, y lo sabes…
Qué bueno que has vuelto por aquí… Y, como siempre, para dar en el clavo con tus palabras: sin duda, los dos grandes enemigos de nuestra felicidad son el miedo y la pereza. Se puede tirar con pereza y sin miedo, cuesta un poco más con miedo y sin pereza, pero no podemos permitirnos que los dos juntos nos arrastren. Seamos lo que nos hace más fuertes y silenciemos las voces interiores que nos lastran el vuelo. ¡Un abrazo grande!