Llegan los primeros calores, empiezan a pegarse a las camisetas, a ralentizar el ritmo hasta que sea la chicharra la única capaz de seguirlo.
Sandías, melones, melocotones y paraguayas. Frutas que devoraba entre la escalera del jardín y la libertad de la calle a medio asfaltar que nos recibía a todos los niños del barrio con las aceras abiertas.
Carreras, juegos, cintas, redes, porterías, canastas, pistas, campo de polis y cacos y hasta confidente de amores imposibles. La calle nos quería, le hacíamos cosquillas con nuestras carreras y disfrutaba viéndonos escapar de sus dominios cuando trepábamos por los árboles.
Para los momentos en los que el calor era tan intenso que lo más prudente era tratar de juntar la mayor superficie posible de piel sobre el suelo de fría cerámica y mirar hacia la caja tonta, las aventuras de un león intrépido dando la vuelta al mundo o los fallidos intentos por volar de un señor con rizos rubios con un traje encontrado, nos empezaban a dar pistas de que el mundo es muy grande pero que tenemos alas para volar.
Así crecimos, deseando ver el mundo entero. Ahora ya no necesitan salir de su habitación para verlo, hipnotizados, ausentes en mundos de cartón piedra.
En esta época del año, los días, abrasados por un sol abrazador, se aplanan por el medio y se estiran por los extremos. Llegan las noches largas sentados en la acera o bajo un árbol que, de forma voluntaria e intencionada, ha mantenido su sombra a buen recaudo para poder escuchar las conversaciones de romances frustrados y futuros brillantes de unos niños que todavía piensan que el verano es infinito.
De esas historias se nutre el árbol y produce hojas cada vez más frondosas para que la sombra sea aún mayor, más acogedora. Y entre carreras, piscinas, sombras y aire, la calle y nosotros firmábamos un acuerdo de memoria viva que sigue vigente después de muchas tormentas de verano.
Veranos infinitos, rodillas raspadas y trozos de melón al caer la tarde.
La semana pasada bajé a Madrid a un evento que me parecía interesante. En cada semáforo recordaba cada uno de los motivos por los que salimos de ahí hace 17 años. Hubo tantos que se me acabaron las razones y el tiempo. Cuando llegué al lugar la puerta estaba cerrada y la vergüenza de pensar siquiera en interrumpir la charla, dirigió mis pies de nuevo hacia el coche.
20 minutos tarde son suficiente como para asumir tu error y lo menos que podía hacer era no molestar a los que habían sido más precavidos, o simplemente vivían más cerca.
Believe it or not
Lo creas o no, la casualidad quiso que el evento se celebrara a una manzana de mi colegio, al que hacía años que no entraba. Debió de ser una sensación producto de la ira y la decepción, pero me pareció más pequeño.
El edificio seguía ahí, igual que siempre, con esa indiferencia que tienen los lugares que han visto pasar demasiadas generaciones para sorprenderse por nada. Las mismas paredes, los mismos pasillos, las mismas canastas que tanto me hicieron disfrutar, el mismo olor a comedor y a tiempo detenido.
Doce años pasé entre esos muros. Doce años que en mi memoria ocupan el espacio de una vida entera. Un mundo, y cada verano una eternidad entre dos mundos.
Y mientras estaba allí parado, calculé que mi hijo mayor tiene casi la misma edad que yo tenía cuando salí por esa puerta por última vez.
Ahí se detuvo el tiempo de verdad, y una sensación extraña se quedó metida en el zapato.
No consigo sacarla.
Atemporal y universal, me temo.
Quédate y me dices si estoy en lo cierto o lo cierto es que estoy equivocado.
El calor del verano tiene una virtud. Es capaz de cogerte de la mano y cuando quieres mirarlo de vuelta, lo haces convertido en un niño.
Algunos recuerdos que el otoño se ha ocupado de deshojar y el invierno de congelar, empiezan a florecer en la primavera, y en verano con el cerebro menos denso de lo habitual, como el helado de chocolate que rebosa por el cucurucho pringando todos los dedos para acabar impreso en la camiseta más blanca, puedo volver a saborear esos recuerdos con aromas de chocolate y felicidad.
Miro hacia atrás y según retrocedo puedo volver a sentir la lentitud del paso del tiempo cuando cada día era infinito, cuando el verano era una sucesión de aventuras, juegos y carreras y cuando los años nos parecían imposibles de asimilar.
Tengo la sensación de que toda esa primera parte de la vida, en la que vamos llenando nuestra despensa de experiencias, vivencias, ilusiones y sueños rotos, es eterna. Y ahora, que el balancín va hacia abajo por mi lado y sube por el lado donde ríen y pelean mis hijos, procuro mirar al centro para no marearme y, entre idas y venidas, la sensación en el zapato vuelve una y otra vez.
¿Cómo ha sido tan rápida su subida si la mía fue tan lenta?
No es que hayan pasado varios toneles de años, que también. Es que mis primeros años además de lejanos, siguen siendo pausados, lentos, interminables. Cuando una canción, un olor o incluso un lugar te pringa la memoria de recuerdos de chocolate, vuelves a ese ritmo cansino, lento, de maceración, de llenar nuestras marmitas de risas, de ilusiones, de frustraciones, de soledad, de deseo, de vida, de miedos y dejarla en reposo para que cada elemento vaya dejando su poso.
Y, sin embargo, cuando he pasado de protagonista a espectador y miro a mis hijos recogiendo vivencias para crear sus propias esencias, las semanas pasan como estrellas fugaces de las que arrancan un gran y sonoro woooooow y los años desfilan como las líneas discontinuas de la autovía.
Entonces aparecen los miedos. ¿Les habrá dado tiempo? ¿podrán llenar esas marmitas de todo lo que realmente necesitan? ¿Qué sabor va a quedar cuando están cambiando ingredientes tan importantes como la paciencia, el contacto físico, el aburrimiento como combustible de la curiosidad o el manejo de la frustración por inmediatez, likes, reels, seguidores y horas de scroll?
¿Qué les va a quedar de lo que nosotros hemos tratado de enseñarles en este abrir y cerrar de ojos?
Y las dudas, las que nunca están invitadas y siempre se presentan cuando menos las necesitas, llaman a la puerta otra vez.
¿Tendrán ellos la misma sensación de que estos años de infancia se les están haciendo tan largos y felices como se me hicieron a mi los míos?
Lo que hemos aportado nosotros a su marmita, ¿les dará alas o les atará una cadena con una bola de acero al tobillo?
¿Será que todo es tan inmediato ya, que el tiempo ha perdido su sentido girando sobre sí mismo?
Sucede que creemos que por enjaular el tiempo entre dos agujas podemos tenerlo controlado, y no nos damos cuenta que en realidad es él quien nos tiene enjaulados entre dos momentos inevitables, y entre medias juega con nosotros, se esconde cuando crees que dispones de él sin reservas y te asalta en cada rincón cuando ves que tus reservas empiezan a vaciarse, solo para recordártelo.
Y aquí estoy, a las tres de la tarde con dos mochilas cargadas al hombro, aguantando un calor que derrite mis recuerdos más felices en pequeñas gotitas de sudor que resbalan por mi espalda, escuchando los planes de mis hijas que no temen al calor ni al tiempo y preguntándome si algún día habrán acumulado las suficientes vivencias como para preguntarse ellas mismas si lo están haciendo bien.
La última vez que supiste de mi, estaba buscando un viejo olivo para dejar mis barrotes allí colgados. Te alegrará saber que lo encontré, miccioné educadamente sobre sus raíces y al elevar los brazos para estirarme, sus ramas se deslizaron entre los barrotes y mis manos, de tal manera que cuando bajé de nuevo los brazos, ya no estaban.
Allí permanecí prácticamente inmóvil, expectante, como si algo inesperado fuera a suceder. Me miraba las manos, libres, vacías y rebosantes de historias nunca escritas dibujadas en cada línea del tiempo de la palma de mis manos.
Y sucedió, lo creas o no.
Como la luz de un nuevo día
Me golpeó de la nada
Rompiendo el hechizo bajo el que estaba
Haciendo realidad todos mis sueños
Lo creas o no, solo soy yo.
Look at what’s happened to me
I can’t believe it myself
Suddenly I’m up on top of the world
It should’ve been somebody else
Believe it or not
I’m walking on air
I never thought I could feel so free, eh, eh
Flying away on a wing and a prayer
Who could it be?
Believe it or not it’s just me
Just like the light of a new day
It hit me from out of the blue
Breaking me out of the spell I was in
Making all of my wishes come true ue ue
Believe it or not
I’m walking on air
I never thought I could feel so free eh, eh
Flying away on a wing and a prayer
Who could it be?
Believe it or not it’s just me
This is too good to be true
Look at me, falling for you
Believe it or not
Believe it or not
Believe it or not
Believe it or not
Believe it or not
I’m walking on air
I never thought I could feel so free eh, eh
Flying away on a wing and a prayer
Who could it be?
Believe it or not it’s just me
Mira lo que me ha pasado
Ni yo mismo me lo puedo creer
De repente estoy en la cima del mundo
Debería haberle pasado a otra persona
Lo creas o no
Estoy flotando en el aire
Nunca pensé que podría sentirme tan libre, eh, eh
Volando lejos con un poco de suerte y mucha fe
¿Quién podría ser?
Lo creas o no, solo soy yo
Como la luz de un nuevo día
Me pilló por sorpresa
Sacándome del hechizo en el que estaba
Haciendo realidad todos mis deseos, ue, ue
Lo creas o no
Estoy flotando en el aire
Nunca pensé que podría sentirme tan libre, eh, eh
Volando lejos con un poco de suerte y mucha fe
¿Quién podría ser?
Lo creas o no, solo soy yo
Esto es demasiado bueno para ser verdad
Mírame, enamorándome de ti
Lo creas o no
Lo creas o no
Lo creas o no
Lo creas o no
Lo creas o no
Estoy flotando en el aire
Nunca pensé que podría sentirme tan libre, eh, eh
Volando lejos con solo una esperanza
¿Quién podría ser?
Lo creas o no, solo soy yo

Ojalá que sus marmitas estén tan llenas como las de Asterix y sepan que en su lucha no necesitan más que un pueblo alrededor.
Me ha encantado!!!
Ayer, hoy y siempre grande, Marx. Si alguien quisiera inventar un traductor de sentimientos y sensaciones en palabras, tendría que recurrir a ti, que tienes el código.
Por cierto, qué buen rollo me da esa canción, y qué recuerdos de la serie y de aquellos maravillosos años de tierna infancia e invariable felicidad…
¡Un abrazo fuerte!
Grande Marcos, pones voz a la memoria y los sentimientos de muchos de nosotros
Mis veranos, vuestros veranos, nuestros veranos… Nostalgia con sabor a chocolate y a gratitud por lo vivido. Upa Marcos!!!
Más un gran relato que nos transporta!
Um abrazo y um beso de Maria y Sara
Tenemos um stich para entregar te 😄
Que le lleve a la Parra el año que viene! Gracias
Marcos, qué maravilla de escrito. Para mí es de los mejores, y además creo que reflexionas sobre un asunto que a muchos de nosotros nos preocupa. A mí me ha hecho revivir muchos momentos de mi infancia y juventud. Ojalá que nuestros hijos y nietos tengan unas vivencias, si no semejantes, por lo menos que les emocionen tanto como a nosotros las nuestras…
Hola Marcos: me ha gustado mucho tu escrito lleno de buenos recuerdos y sensaciones. Muchos besos, PalomaC