Baba O´riley. The Who

Con los pulmones insuflando todo el oxígeno que podían y las piernas ardiendo por el esfuerzo, yo perseguía a mis dos hermanos por la misma ruta de siempre. Con apenas 12 años era incapaz de seguir sus ritmos, pero no por ello dejaba de intentarlo.

Un día, años después, en el último repecho antes de afrontar el último kilómetro que nos llevaba a casa, comencé a acelerar. Mis piernas, mis pulmones, el corazón, todo funcionaba de manera extrañamente correcta.

Demasiado correcta.

Decidí exigirme más.

A los pocos metros, un poco más.

Mi hermano se iba quedando atrás y yo podía seguir acelerando. Eso hice.

Fue la primera vez que dejé a mi hermano mayor detrás.

No fue una sensación de victoria o de revancha. Nada que ver.

Fue una sensación interna, de sorpresa, de sentir que podía pedir más a mi cuerpo y que este respondía. Esa sensación no se olvida nunca y una vez que la experimentas quieres volver a hacerlo.

El viernes pasado, a cinco minutos de las doce de la noche, daba pequeños saltitos en el cajón de salida del GTP con la intención de terminar de calentar el cuerpo y de intentar sacudir los nervios acumulados.

Una fina lluvia combatía contra nuestro calor interno y nuestras ganas de que empezara aquello por lo que habíamos estado luchando los últimos meses. A su vez, todos suplicábamos internamente a las nubes que nos dieran una tregua al menos durante la noche.

Finalmente hicimos un trato con las nubes que prometieron no descargar toda su capacidad con la condición de que las dejáramos acompañarnos muy de cerca durante la noche.

Ellas también querían participar en la carrera empujadas por el viento y por aliento de cada uno de nosotros.

Ese fue el acuerdo al que llegamos y ese acuerdo no se rompió en toda la noche.

Las nubes bajaron para acompañarnos, para poder sentir nuestro esfuerzo, para poder escuchar nuestra respiración y para que no pudiéramos distinguir si lo que resbalaba por nuestros rostros eran nuestro sudor o eran las propias nubes queriendo sentir el esfuerzo humano.

Mientras a ellas les valía con coger una pequeña corriente de aire para elevarse por encima de las montañas sin ningún esfuerzo, nosotros debíamos llenar nuestros pulmones con el aire suficiente para aportar el oxígeno necesario a todos los músculos del cuerpo que, tensionados ante la inclinación, trabajaban sin descanso.

Y es que las nubes querían sentir ese esfuerzo y pasar de ser livianas, ligeras y etéreas, a ser pesadas y fatigosas, como queriendo convertirse en humanas por un segundo pegándose a nuestra piel.

En ocasiones era tal el afán de las nubes por experimentar esa sensación de gravedad que miles de ellas se se agolpaban entre nuestros ojos y las montañas y nos impedían ver el camino que debíamos seguir.

Un sonido, un destello momentáneo, un par de haces de luz que se cruzaban de forma difuminada unos metros más arriba te sacaban súbitamente de la oscuridad y se convertían en las señales que de vez en cuando todos esperamos en la vida.

Sí, es por ahí, no tengas miedo, vas bien, aunque no veas nada, vas bien.

Así conseguimos llegar hasta el primer pico, el de La Maliciosa. Las nubes, un poco celosas al comprobar que podíamos ser, en cierta manera ligeros como ellas cuando descendíamos la montaña, decidieron alejarse sigilosamente lo que nos permitió visualizar el camino por el que debíamos descender y la cantidad de trampas que nos había preparado la montaña para jugar con nosotros y con nuestros tobillos.

Alguno perdió ese juego y ahí acabo su participación.

Las nubes quisieron seguirnos, pero no pudieron hacerlo cuando nos adentramos en el bosque de La Pedriza. Mientras las copas de los árboles luchaban por no dejar entrar a las nubes, yo comenzaba a sentir que mis piernas disfrutaban con los senderos y que mis pies mantenían una fluida conversación con piedras y raíces y se posaban en las que sabían que no iban a ceder a mi paso.

Protegido de las nubes y en total sintonía con los caminos, las piedras, las raíces, los árboles y los ruidos de animales escondidos en la oscuridad, era completamente feliz. La soledad que tanto me gusta en este tipo de carreras, se hizo la protagonista y entre el ruido de mis zancadas, mi respiración y mis pensamientos pude componer una sinfonía silenciosa en la que yo era el único oyente.

Era la música más maravillosa que podía escuchar en esos momentos, el corazón marcaba el ritmo, los pies ponían la melodía y mis pensamientos eran el coro que se elevaba por encima de las copas de los árboles, por encima de las nubes y por encima del mismísimo cielo con un solo mensaje: Gracias por la vida. Gracias

Las luces del primer avituallamiento fueron el puente hacia las nuevas partes de esa sinfonía nocturna que estaba componiendo.

Tocaban 10 kilómetros fuera de la protección del bosque hasta el siguiente avituallamiento, momento que fue aprovechado de nuevo por las nubes para exigir su parte del trato. Volvían a bajar y a meterse en nuestra piel para fundirse con las gotas de sudor y caer juntas de la mano al suelo mojado por miles de gotas de otros y sueños de todos.

13 hasta el siguiente.

15 hasta el siguiente. Las nubes, tal y como habían prometido seguían acompañándome a ras de suelo hasta que en una fracción de segundo comenzaron a alzar el vuelo impulsadas por los rayos de luz del nuevo día. El horizonte había dejado de ser un círculo de luz a dos metros de mí infestado de pequeñas gotas de agua que colisionaban en movimientos imposibles entre ellas perdiéndose fuera de los límites de la circunferencia formada por el haz de luz, para convertirse en una mancha a medio camino entre el azul y el gris que iba ganando claridad con cada minuto.

Las nubes habían respetado nuestro acuerdo y con las primeras luces del día ascendieron rápidamente para chocar con otras que empezaban a desperezarse y, a medida que iba amaneciendo, formar una tormenta que descargó toda el agua que se había aguantado por la noche llegando al Monasterio del Paular.

Yo sonreí a las nubes, les di las gracias por el acompañamiento y continué completamente empapado hasta Rascafría donde tenía mi mochila de vida con ropa seca en un lugar calentito donde poder cambiarme.

El baño estaba lleno de gente, las sillas y bancos colocados para los corredores también, así que me fui a una esquina y castigado mirando a la pared enseñé el culo a todo el polideportivo al que no pareció importarle demasiado.

Con ropa seca, con el frío ya fuera del cuerpo y con un par de montaditos de jamón serrano en la barriga salí de nuevo a por el último tercio de la carrera.

Con el sol iluminando los caminos y con las fuerzas que da vencer a la noche, fue el momento de animar las subidas con mi complemento nutricional favorito: un poco de música.

Llevaba ya 60 kilómetros en las piernas.

De repente sucedió.

No sé si fueron los años que llevo corriendo desde que lo hacía con mis hermanos, o el hecho de que llevo toda mi vida practicando deporte. Quizás tenga más bien que ver con la genética y con las patorras con las que he sido bendecido. Bien pensado, también podría ser el hecho de que llevaba todo el año (desde que un virus estomacal decidió que no iba a acabar la carrera del año pasado) preparando este momento y los tres últimos e intensos meses entrenando específicamente para ello.

El caso es que mi pecho empezó a llenarse de confianza, cada subida, cada bajada, cada llano, cada avituallamiento alcanzado, cada corredor adelantado (cómo me gusta adelantar treintañeros) era nuevas dosis de confianza y de creer en mi mismo que me llevaban hacia delante, pero sobre todo hacía arriba en cada tramo que conseguía superar.

Fue entonces cuando recordé, como si hubiera retrocedido más de treinta años entre zancada y zancada, esa sensación de aquel día con mi hermano. Podía pedir a mi cuerpo porque sabía que iba a responderme. Estaba preparado, estaba disfrutando y era una gran sensación de felicidad la que movía mis piernas cada kilómetro.

Fue entonces cuando me di cuenta de que me acababa de convertir en adicto. Esa sensación de plenitud física y mental y la felicidad que transmitía a cada músculo, vena, célula y neurona de mi maltrecho cuerpo se convirtieron en mi heroína particular y ahora solo pienso en volver con ella y refugiarme bajo sus alas.

“Eso son buenas patas, sí señor, vaya ritmo y sin bastones ni nada”

Eso es lo que escuché a un grupo de jóvenes mientras les adelantaba en una subida no demasiado empinada. Todavía quedaba mucho por delante.

Las dos últimas subidas se hicieron especialmente duras, pero cuando alcancé el puerto de Navacerrada ya sabía que lo tenía.

La última bajada la he recorrido no sé cuántas veces este verano y aún así, decidí hacerla especialmente lento para evitar ningún tipo de contratiempo de última hora. Allí es muy fácil torcerte un tobillo, resbalar con una piedra o caer zancadilleado por una raíz, así que decidí no dar ni media oportunidad a la desdicha y bajar hasta la pista ancha, lisa y sin piedras, de una forma segura.

Ya solo me faltaban unos 4 kilómetros por esa misma pista. Las piernas seguían funcionando sorprendentemente bien e iba aumentando el ritmo por las ganas que tenía de llegar.

Sabía que antes de entrar tendría el mayor de mis premios.

Los ánimos de una voluntaria me dieron la primera señal. Quise contestarle con un “Gracias, ya lo tengo” y no pude articular sonido alguno.

La emoción estaba empezando a tomar el control de mi cuerpo y había empezado por la voz.

Ya no la dominaba yo.

Lo único ajeno a esa emoción eran mis piernas que seguían funcionando de manera autónoma.

El corazón había sucumbido a la emoción, lo mismo que la respiración y los pensamientos.

Todos mis órganos habían caído bajo el empuje imparable de las fuerzas de la emoción y en el cerebro un único soldado se había encerrado en la sala de control para intentar dar las últimas instrucciones antes de que esas fuerzas se hicieran con el control absoluto.

Por muy atrancada que tuviera la puerta, el soldado sabía que en algún momento esas barreras iban a caer y cuando por fin, vi a Paula (gracias amore por todo tu apoyo, eres el aire que llena mis pulmones y que mueve mi corazón), a mi hermano y a mis hijos esperando en la meta (menos al mayor que para eso es adolescente), la puerta de la sala de control saltó por los aires.

La respiración se entrecortó, la voz se mezclo con mis latidos y los jadeos que no tuve en toda la carrera aparecieron en los últimos veinte metros que recorrí abrazado con ellos tres. Cruzar esa meta no fue más que la última zancada. No supuso una felicidad máxima ni la culminación de mucho trabajo, ni siquiera la confirmación de que con casi 52 años sigo siendo capaz de conseguir lo que me proponga.

Solo fue una última zancada de tantas de la carrera y en cada una de esas millones de zancadas sentí la felicidad de estar haciendo exactamente lo que quería hacer. Yo solo quería esta allí, era lo único que deseaba en cada momento y a cada momento se me iba cumpliendo ese deseo. Con cada paso iba conquistando un trocito de felicidad que disfrutaba plenamente hasta que llegaba el siguiente paso, y así, paso tras paso, tras paso.

Aunque he intentado explicarlo con todas mis fuerzas y todos mis recursos para hacértelo entender, tengo claro que no todo el mundo podrá entenderlo. Los que estoy seguro que lo entenderán son los corredores con los que me cruzaba con sus medallas de madera colgando sobre sus cuellos y moviéndose al ritmo de distintos tipos de cojeras.

Una mirada de reconocimiento era suficiente para decir sin palabras:

Enhorabuena, hemos luchado juntos y lo hemos conseguido.

Ese lazo no se romperá nunca porque sabemos que no tenemos que luchar para demostrar que tenemos razón y no necesitamos ser perdonados.

Out here in the fields
I farm for my meals
I get my back into my living
I don’t need to fight
To prove I’m right
I don’t need to be forgiven
Yeah, yeah, yeah, yeah, yeah

Don’t cry
Don’t raise your eye
It’s only teenage wasteland

Sally, take my hand
We’ll travel south cross land
Put out the fire
And don’t look past my shoulder
The exodus is here
The happy worlds are near
Let’s get together
Before we get much older

Teenage wasteland
It’s only teenage wasteland
Teenage wasteland
Oh, yeah
Teenage wasteland
They’re all wasted!

Aquí en los campos
Cultivo para comer
Me gano la vida
No necesito luchar
Para demostrar que tengo razón
No necesito que me perdonen
Yeah, yeah, yeah, yeah, yeah
No llores
No levantes el ojo
Es solo un páramo adolescente
Sally, toma mi mano
Viajaremos al sur cruzando la tierra
Apaga el fuego
Y no mires más allá de mi hombro
El éxodo está aquí
Los mundos felices están cerca
Juntémonos
Antes de que seamos mucho más viejos
Páramo adolescente
Es sólo un páramo adolescente
Páramo adolescente
Oh, yeah
Páramo adolescente
¡Están todos desperdiciados!

6 comentarios en «Baba O´riley. The Who»

  1. Simplemente brutal. No hace falta ser corredor para entender lo que sentiste en esos últimos 20 metros
    Gracias por compartirlo🧡

  2. ENHORABUENA, CAMPEÓN. No hace falta ser corredor para entender la maravillosa metáfora de la vida que es una carrera tan dura como la que has superado brillantemente a tus 52 palos, y la absoluta felicidad que tan diáfanamente nos has transmitido con tu hermoso relato. A mí, desde luego, me has emocionado, y estoy seguro de que no soy el único, por no decir que habría que ser una Meat loaf (cacho carne) para no emocionarse.
    GRACIAS y, otra vez, ENHORABUENA, Marquetes.
    ¡Un abrazo muy fuerte!

  3. Marcos, cómo he disfrutado, y también me he emocionado.
    Y me asombra lo maravillosamente que cuentas las cosas, y lo maravillosamente que escribes.

  4. Me ha encantado esta semana tu escrito. Maravillosa la parte de las nubes, impresionante cierre.
    Ya puedes dejar de correr tanto. 😝

  5. Me ha encantado!!!! revivir buenos momentos!!!! me ha encantado la frase de los treintañeros .. me pasa lo mismo jajajaja 🙂

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