Stay (I missed you). Lisa Loeb

De los cuatro proyectos que tenía previsto avanzar durante este verano, no he conseguido empezar ninguno.

Yo no sé si esto es procrastinar o simplemente adaptarse a las circunstancias cambiantes. Y en verano, y con cuatro hijos, las circunstancias esas cambian cada día. Y algunos días cada hora.

No te dan tiempo a acomodarte. A adaptarte.

Llegan, las toreas como buenamente puedes, y te preparas para el siguiente cambio.

Lo mismo que el resto del año, básicamente. Lo que pasa es que parece que en verano estás más predispuesto a fluir con los cambios, a dejarte llevar, a bailar abrazado a ellos, sin pensar en el día siguiente.

Quizás es que en verano me vuelvo un poco niño. Y eso me gusta. Me completa. Me llena. Me revive.

Y de repente, un día tienes que despertar a las niñas a las 08:00 y empezar a preparar de nuevo desayunos, sacar lavavajillas y colgar la ropa de la lavadora antes de dejarlas de nuevo en el colegio abrazando a sus amigas y limpiándose las legañas.

¿Y tus proyectos? Olvidados no. Simplemente cambiados, sustituidos, reemplazados.

Los pobres…

Ellos estaban los primeros de la fila y sin darse cuenta, en un momento de despiste al sentir un par de toquecitos en el hombro derecho y girar para ver quién era, han sido adelantados por la izquierda por otras cosas que pasaban por allí, y cuando querían protestar llegaba la hora de la cena o cualquier discusión intrascendente convertida en epicentro que tambaleaba nuestras vidas por unos segundos para recolocarlo todo unos segundos después.

Y asi, entre miradas por encima del hombro y protestas ignoradas, los proyectos han ido perdiendo su lugar en la fila.

Hay uno que me atormenta especialmente. La habitación de las niñas.

Corría el día 23 de junio, lunes, cuando desvelé a mi familia, y en especial a mis dos hijas mi intención clara para la primera semana de verano.

—Hay que recoger esta habitación. Estoy harto de que tengáis 36 bolsas llenas de cosas que hace meses que no habéis necesitado ni utilizado. Hay que sacar todo de las bolsas, ver lo que queréis y lo que no, tirarlo.

—Ahora voy.

—La ropa, por favor. La dejo en la mesa limpia y doblada y solamente hay que llevarla a los armarios.

¿Fácil, no?

Pues no.

Venga…son pequeñas, hay que facilitarles un poco la cosa. Es cuando les llevo yo la ropa de la mesa del salón a las escaleras de la litera. De esa posición al armario la distancia es asumible. Una zancada, dos pasos cortos, un metro, cien centímetros, una milésima parte de lo que pueden correr jugando al “caníbal” cada noche.

Nada, como si las dos pilas de ropa fueran una pieza de museo de incalculable valor cubiertas por una urna invisible que impide su traslado y que con un simple roce active las alarmas o salga un gas venenoso que las haga caer dormidas.

Me iba quedando sin peldaños y las niñas sin ropa.

—Papá, no tengo ropa.

—Mira en la escalera de la cama.

—Ahora voy.

Esa ha sido la puta frase del verano.

Ahora voy. Clara, concisa, directa.

El problema era delimitar el “ahora” que finalmente se ha ampliado a dentro de tres meses.

El lunes, al ir a despertar a las niñas, tropecé con una montaña de ropa, varios peluches, alguna toalla de la piscina y varios muebles que habían sido movidos, desconozco si por algún enfado con epicentro en su habitación o por fuerzas invisibles que habitan en la casa y que son igualmente ignoradas por las niñas.

“Ahora voy”, les dicen a los cansados espíritus que, ni con una mano helada sobre su espalda, consiguen hacer que se muevan.

“Ahora voy” son las psicofonías que cualquier aficionado de lo oculto con un simple magnetófono podría detectar en esta casa.

Pobres espíritus, no pueden encontrar un lugar en el que no sean poseídos por peluches mordidos, calcetines desparejados y juegos incompletos.

Las amenazas no han servido de nada porque, por suerte o por desgracia, ellas saben que nosotros sabemos que no hay nada tan importante en verano como jugar, compartir momentos felices con los amigos, llenar, aunque sea de forma extraordinariamente desordenada, los armarios de recuerdos con aventuras, risas, carreras, saltos, cenas sobre el césped, confesiones bajo la luz de las farolas, árboles conquistados y cabañas que se convierten en palacios cuando se miran con ojos de niños.

Y yo, con un poco de presbicia, todavía tengo esa mirada, aunque de vez en cuando mire hacia atrás después de sentir un par de toquecitos en el hombro derecho y, al volver la mirada al frente, se me hayan colado dos o tres obligaciones por delante que ya no me dejan ver el palacio.

Supongo que es el precio que hay que pagar por la presbicia que se va acumulando como la ropa de las niñas en los escalones de la litera.

—Ahora voy, —pienso yo dejando pasar una visita por la óptica que ya va siendo necesaria.

Un caluroso día de principios de julio, después de haber dejado la ropa de las niñas en su sitio y de haber nadado un kilómetro y medio en la piscina, una idea, con muy mala idea, se había colocado la primera de la fila.

¡Qué falta de educación y de decoro!

No le hicieron falta golpecitos en la espalda para despistar, ni disimulos, ni burros volando. Ella llegó y, aprovechando el esfuerzo del último largo, se puso la primera de la fila.

Brillando más que ninguna. Mirándome directamente a los ojos, reflejando mi alma en los suyos donde, por fin, pude encontrarme.

La idea no se saltó la fila, simplemente, de una manera suave, natural, se colocó en su lugar, el que le correspondía, el primero.

Porque llevaba mucho tiempo aquí. Porque muchas veces lo intentó y siempre fue sacada de la fila de malos modos. Siempre había cosas más urgentes, más importantes, más tangibles, más aceptadas que ocupaban los primeros lugares de la fila, y ella, mi idea, volvía con la cabeza baja escondida bajo un impermeable gris, mojándose los calcetines a través de los agujeros de las zapatillas con las que tantas veces recorrió invisible esa larga fila de obligaciones y deseos incumplidos.

“He venido para quedarme”, decía siempre, y una y otra vez era empujada de la fila que miraba hacia otro lado para acabar con sus huesos empapados en el charco de la indiferencia.

Pero esta vez era diferente. Se había quitado el chubasquero gris y un vestido de un rojo brillante con volantes que se levantaban con cada nuevo giro en busca de su lugar, llenó de un aire renovado la vetusta fila.

Muchos de los proyectos e ideas que aguardaban pacientemente su momento, en el momento que sintieron esas ráfagas de aire, agacharon la cabeza, y aceptando su derrota, salieron de la fila y nunca volvieron a aparecer por allí.

La primera vez que la vi, lo tuve claro. La seguridad en sí misma era tal que no había sitio para la duda. Los dos lo sabíamos. Había pasado mucho tiempo escondida, formándose, puliéndose, adaptándose a mis ritmos, intentando sincronizar nuestros pasos. Había crecido conmigo y se había escondido también conmigo, algunas veces incluso de mi, había sabido esperar, había confiado y había llorado, había amado y me había odiado por no mirarla, había gritado, empujado, protestado, peleado y batallado.

Nadie la iba a quitar de la primera posición de la fila. Ahora, por fin, era respetada y admirada. Era el momento de seguirla.

Ella era lo que siempre había buscado. Ella me dibujó en un papel en blanco lleno de palabras la respuesta a una pregunta que siempre me había rondado cantándome canciones de amores imposibles.

¿Qué puedo aportar yo?

¿Qué tengo yo que, en un mundo tan profesionalizado, tan especializado, y tan alejado de mi propio camino, pueda ayudar a otros a mejorar sus proyectos, sus ideas, sus ilusiones y sus bolsillos?

Ahora era ella la que tomaba la iniciativa cansada de mis “ahora voy”, me cogía por las solapas y me decía:

Un día me dejarás ir.

Intenta regalarme a alguien que valga la pena.

O me retienes porque sabes.

Que tienes mucho miedo de perder.

Y dices: «Quédate».

Y dices que solo oigo lo que quiero oír.

PD. Nada me gustaría más que quisieras conocerla a ella, para poder contestarte:

Ahora voy, de verdad.

…to be continued

You say, I only hear what I want to
And you say, I talk so all the time, so
And I thought what I felt was simple
And I thought that I don’t belong
And now that I am leavin’
Now I know that I did somethin’ wrong
‘Cause I missed you
Yeah, yeah, I missed you

And you say, I only hear what I want to
I don’t listen hard, don’t pay attention
To the distance that you’re runnin’
To anyone, anywhere
I don’t understand if you really care
I’m only hearin’ negative, no, no, no, bad

So I, I turned the radio on, I turned the radio up
And this woman was singin’ my song
Lover’s in love and the other’s run away
Lover is cryin’, ‘cause the other won’t stay
Some of us hover when we weepin’ for the other
Who was dyin’ since the day they were born, well
Well, this is not that I think that I’m throwin’
But I’m thrown

And I thought I’d live forever
But now I’m not so sure
You try to tell me that I’m clever
But that won’t take me anyhow
Or anywhere with you

And you said that I was naive
And I thought that I was stronger
I thought, hey, I can leave, I can leave
Oh, but now I know that I was wrong
‘Cause I missed you
Yeah, I missed you

You said, «You caught me ‘cause you want me»
One day you’ll let me go
You try to give away a keeper
Or keep me ‘cause you know
You’re just so scared to lose

And you say, «Stay»
And you say, I only hear what I want to

Tú dices que solo oigo lo que quiero oír.
Y tú dices que hablo todo el tiempo, así que…
Y yo pensaba que lo que sentía era sencillo.
Y pensaba que no encajaba.
Y ahora que me voy,
ahora sé que hice algo mal.
Porque te extrañaba.
Sí, sí, te extrañaba.
Y tú dices: «Solo oigo lo que quiero oír».
No escucho con atención, no presto atención
A la distancia a la que corres.
A cualquiera, a cualquier lugar.
No entiendo si realmente te importa.
Solo oigo cosas negativas, no, no, no, malas.
Así que encendí la radio, subí el volumen
Y esta mujer estaba cantando mi canción
El amante está enamorado y el otro se ha escapado
El amante está llorando, porque el otro no se queda
Algunos de nosotros nos quedamos suspendidos cuando lloramos por el otro
Que estaba muriendo desde el día en que nació, bueno
Bueno, no es que piense que estoy tirando
Pero me han abandonado
Y pensaba que viviría para siempre
Pero ahora no estoy tan seguro
Intentas decirme que soy inteligente
Pero eso no me llevará a ninguna parte
Ni a ningún sitio contigo
Y dijiste que era ingenuo
Y yo pensaba que era más fuerte
Pensaba: «Oye, puedo irme, puedo irme»
Oh, pero ahora sé que estaba equivocado
Porque te extrañé.
Sí, te extrañé.
Dijiste: «Me atrapaste porque me quieres».
Un día me dejarás ir.
Intentas regalar a alguien que vale la pena.
O me retienes porque sabes.
Que tienes mucho miedo de perder.
Y dices: «Quédate».
Y dices, solo oigo lo que quiero oír.

1 comentario en «Stay (I missed you). Lisa Loeb»

  1. En Portugal el «Ahora voy» es «Vou já…»
    La frase más escuchada de la boca de mi niña en los últimos meses tambien… 🙂
    Suerte para el nuevo año lectivo para todos tus peques (y ya no tan peques) y para la familia…

    P.D.: Esperando el «To be continued…»

    Un abrazo

Los comentarios están cerrados.