Coming Home. Cinderella.

Los primeros rumores empezaron a llegar con cuentagotas durante la llegada de la primavera cuando el deshielo había comenzado a mudar el aspecto del paisaje.

El blanco manto de las cumbres más altas resistía todavía con la intención de durar hasta el verano, pero en la parte más baja de la montaña el blanco ya había sido sustituido por una moqueta verde salpicada de motas de diferentes colores provenientes de las miles de especies de flores que se abrían al calor del sol.

Pequeños regueros de agua descendían aleatoriamente por el valle, cada uno buscando su propio camino. Algunos, sin las fuerzas necesarias, terminaban agotados y se apartaban a un lado para morir entregándose a la labor de aportar su último aliento de vida a la tierra seca. Otros se unían entre ellos para formar una corriente mayor y seguir descendiendo hasta el valle con la única ambición de aportar al gran río que corría por el medio del mismo.

La ribera relucía con exuberancia y las tonalidades verdes de las hojas de los árboles, álamos, sauces, olmos y fresnos, ganaban en intensidad con cada riachuelo que conseguí alcanzar el gran río.

La primera vez que escuché hablar de ello fue en la tienda de Cris.

Aunque tenía los productos básicos, el negocio de Cris no era el comercio sino el transporte. Cuando sus padres murieron en aquel trágico accidente de carretas que había conmocionado a todo el pueblo, ella heredó la finca con más de cincuenta caballos y un par de cientos de cabezas de ganado que pastaban libremente dentro de los límites de la finca, el gran río al oeste, la finca del viejo Sam al este, las grandes praderas del bisonte al norte, y el camino viejo que conectaba el pueblo con la ciudad más cercana a una mañana de paseo a caballo al sur.

La pequeña tienda también era parte de la herencia.

Ella decidió hacer algo que nunca se había hecho, además de vender el producto, se encargaba, por una cantidad razonable, de llevarlo a las diferentes fincas que formaban el pueblo y alrededores.  El negocio le funcionaba bien y ya tenía varias carretas a las órdenes de sus hijos que se encargaban de llevar los pedidos a su destino final.

Había empezado a tratar con importantes negocios de la ciudad y volvía de cada viaje con noticias, chismes, nuevos productos que quería incorporar y muchas historias, no todas ciertas.

Era normal que los rumores llegaran siempre primero a la tienda de Cris y aquel no fue una excepción.

Al entrar a la tienda enseguida noté una energía diferente. En la entrada, un grupo discutía acaloradamente:

—Pues eso dicen.

—Yo creo que es otro vendehúmos, impostor. Eso no hay quien se lo crea.

—¿Cómo va a poder ser?

—Pues al hijo del reverendo parece que le está yendo muy bien.

—¡Ya, claro! Con ayuda divina cualquiera.

Algo parecido comentaba el grupo que se había instalado junto a las palas para debatir la veracidad de los rumores.

Miré a Cris, que acababa de despachar a un cliente que se llevaba treinta sacos de grano.

—Sí, no te preocupes, mañana por la mañana lo tienes en tu rancho, —contestó Cris, mientras sacudía la mano del cliente en señal de haber cerrado el trato.

—Gracias, me viene genial. Gran idea eso de llevar el producto. Me ahorras un tiempo precioso cada vez que vengo a tu tienda.

—Y mucho esfuerzo, —añadió mientras se acomodaba su sombrero.

Una vez salió por la puerta aproveché mi momento.

—Buenos días, Cris. ¿Qué está pasando que hay tanto alboroto?

—Bueno, las últimas noticias son que parece que hay un vendedor que asegura que te puede enseñar a buscar oro y que además prácticamente te garantiza el éxito, siempre y cuando le hagas caso, ¡claro!

—Buahh, otro igual.

—Este parece diferente. Te dejo un fanzine que estaba repartiendo para que le eches un vistazo.

Decidí cogerlo con total indiferencia y, sabiendo que iba a terminar siendo combustible para encender la chimenea, lo doblé y lo guardé con cuidado en la chaqueta.

Al llegar a casa, comprobé que la estufa todavía guardaba algunos rescoldos del día anterior de manera que solamente tuve que avivarlos ligeramente para conseguir un fuego que calentara el pequeño chamizo.

El calor enseguida inundó el hogar y mientras preparaba un café encima de la estufa y guardaba la chaqueta en el armario, vi el fanzine de nuevo.

En ese preciso momento cambió mi vida.

Las palabras que encontré en aquel papel fueron el combustible que tanto tiempo llevaba anhelando para ponerme en marcha. Algo se encendió dentro de mí, quizás un rescoldo que había permanecido encendido y oculto durante toda mi vida. El fuego estaba en mi interior, en silencio, expectante, dispuesto, y aquellas palabras levantaron las cenizas que lo cubrían con la fuerza de los vientos del norte cuando se colaban entre las grandes cumbres incrementando su fuerza a medida que descendían por los valles.

Al día siguiente volví a la tienda de Cris y compré las herramientas básicas. Una batea para separar el oro de los sedimentos, lacriba para clasificar las partículas, las palas y picos para excavar, los cubos para transportar los materiales, un par de calcetines de lana, unas buenas botas de cuero y un sombrero para protegerme del sol.

Y así, pertrechado con mis nuevas herramientas de trabajo, mi caballo y un asno que Cris me regaló, salí a recorrer los caminos. El horizonte era mi destino y no pensaba volver a casa hasta haber bateado cada río, afluente y riachuelo o hasta haber cavado en las montañas más inaccesibles y en las cuevas más profundas.

Empecé a andar mi camino, el camino en el que estaba destinado a quedarme.

Dejando todo atrás. Todo lo que una vez creí ser. Todo lo que los demás esperaban de mi. Todo lo que me encadenaba a algo que no quería ser.

Los meses pasaban y aunque cada vez usaba con más destreza todas mis herramientas, las pocas pepitas que encontraba, no eran suficiente más que para comprar algo de comida, arreglar los desperfectos en mis utensilios y para tomarme un Bourbon cuando los ánimos empezaban a flaquear.

Necesitaba aprender, conocer los detalles, las señales que cada entorno mostraba para reconocer los sitios buenos, saber leer el viento, las nubes, iluminarme con la luz de la luna, mirar a las estrellas para convertirme en un verdadero buscador.

Un día, en un destartalado poblado prácticamente abandonado en el que su economato compartía espacio con el bar, que además contaba con cinco habitaciones para los personajes que pasaban por allí, algunos codiciosos y fracasados buscadores de oro y otros que probablemente estarían huyendo de la ley o de algún padre intentando recuperar la honra de su hija, me senté en uno de los cochambrosos taburetes que parecía que habían crecido allí mismo.

Al lado, una mujer con el pelo ensortijado y con la mirada afilada, apuraba su vaso de bourbon mientras ojeaba unos mapas de la zona llenos de garabatos y anotaciones que yo era incapaz de comprender. Cuando la mujer se percató de mi curiosidad, plegó los mapas, los guardó en un zurrón de piel de liebre y mirándome directamente a los ojos, me dijo:

—¿Tienes caballo?

—Sí, y un asno, testarudo pero trabajador, y además joven, —respondí yo sorprendido por su pregunta.

—Tú te encargas de llevar el material con tus animales y yo te enseño todo lo que sé.

—Perfecto, respondí.

—Salimos mañana al amanecer.

Subió las escaleras que llevaban a su habitación y cuando estaba a mitad de trayecto, se giró y preguntó:

—¿Eres lo suficientemente duro para mi amor?

Yo simplemente hice un movimiento afirmativo con la cabeza.

—Apura tu copa que mañana va a ser un día largo.

Pasé varios meses con aquella mujer que parecía tener todas las respuestas. Y las que parecía no saber, dejaba que yo mismo las encontrara. Esas respuestas habitaban dentro de mi, como el rescoldo que había encontrado meses atrás.

La búsqueda era incesante. Ella me indicaba dónde buscar y yo, batea en mano, levantaba hasta la última piedra de cada rincón del río convencido que encontraría el brillo que ansiaba ver.

Los días pasaban y ya era yo mismo quien empezaba a seleccionar los lugares donde buscar sin que ella tuviera que decírmelo. El instinto me guiaba y las respuestas resonaban como el fluir del rio en mis entrañas.

Estoy cerca, lo sé, casi puedo tocarlo.

Cada noche, mientras echaba el último leño a la hoguera y me tumbaba boca arriba mirando a las estrellas, ese era mi último pensamiento, antes de caer rendido de agotamiento.

Solo podía seguir intentándolo, seguir practicando, seguir buscando. Y eso hice, cada día, uno detrás de otro. Trabajar, mejorar, afinar y vuelta a empezar.

Una noche de verano, cuando la luz del sol insistía en quedarse a jugar con la de la luna y sus rayos correteaban entre las ramas de los árboles para intentar alcanzar las piedras más bonitas del fondo del río, yo, a pesar de las recomendaciones de la mujer, seguía con las piernas hasta las rodillas metidas en el agua.

Había sido un día de viaje largo, duro y sobre todo caluroso. Para acceder al lugar que ella tenía marcado en sus mapas, había que subir por un estrecho camino lleno de raíces, piedras y escalones. Una vez alcanzabas el collado, una gran cuesta de varios kilómetros serpenteaba por la montaña sin un solo árbol bajo el que cobijarse y a primera hora de la tarde el sol abrasaba sin piedad.

Mi intención era más la de sacudirme el calor acumulado durante el día, pero nunca me metía en un rio sin la batea. Aquella noche no fue diferente. El agua helada iba bajando la temperatura del cuerpo y ya estaba a punto de salir, cuando unos de esos rayos de luz distraídos, no podría decirte si de los últimos del sol o de los primeros de la luna, penetró de lleno en las aguas para posarse sobre una roca que descansaba a escasos centímetros de mis pies.

Cogí un buen puñado de piedras, sedimentos, rocas y algún palo a punto de descomponerse y comencé a girarlos en la batea. Mi corazón se aceleró, aparentemente sin motivo, pues, tras varias vueltas infructuosas me deshice con cierta rabia de los restos y salí del rio para secarme antes de cenar algo.

Esa noche no pegué ojo. Los sueños se mezclaban con visiones reales y la luz de la luna jugaba con mi subconsciente tratando de engañar a mis sentidos con imágenes irreales que desaparecían delante de mis ojos que aún permanecían cerrados.

Al día siguiente me levanté y sin desayunar me volví a meter en el rio. El agua chocando contras las rocas se había puesto de acuerdo con el viento de la mañana que movía las ramas de los árboles para hacer llegar hasta mis oídos un susurro, un suspiro acompasado.

Me recorrí cada recoveco, cada ribera, cada lecho, cada meandro, cada cascada.

Coming Home

Así estuve durante varios días mientras la mujer seguía con sus anotaciones en los mapas y sin soltar ni una sola palabra. Aquella situación me desesperaba. Podía sentirlo, estaba cerca, casi, podía tocarlo, y, sin embargo, no era capaz de verlo.

—Sigue buscando, estás en el camino. —Era lo único que me decía cada noche—.

—No pierdas el foco, no pierdas el foco.

Una noche, mientras lavaba todos mis utensilios, cansado ya de tanto buscar, algo se iluminó dentro del rio. Una luz que surgía del lecho del rio y que subía hasta la superficie formando un juego de colores con la corriente, llamó mi atención.

Ella me miraba desde lejos con atención.

Los reflejos revoltosos seguían apareciendo y desapareciendo según la corriente. Yo trataba de determinar de dónde provenía ese reflejo, pero cada vez que me parecía encontrar el origen, mi propio cuerpo se interponía. Una y otra vez.

Tardé en entenderlo. Hasta que me di cuenta.

No era mi cuerpo el que se interponía, era en realidad, de donde salían todas esas luces y sombras, esos reflejos, esa necesidad de buscar.

La mujer con el pelo ensortijado y mirada afilada, esbozó entonces una sonrisa.

Una sonrisa honesta, sincera, que salía directamente de su corazón y con esa sonrisa en los labios dijo:

—Eres brillante, no pierdas el foco.

Hoy te he traído ese tesoro que he estado buscando tanto tiempo y que un día encontré buceando por mis profundidades. Mi propia voz, la respuesta a mi pregunta tantas veces repetida como un estribillo en mi cabeza, ¿qué tengo yo para ofrecer a los demás?

Ahora lo sé. Tengo una voz, propia, mía, única, y además es de oro.

Di un paseo por un mundo.

Estaré dando vueltas el resto de mi vida.

Siento tu corazón latir, nena.

A veces duele como un cuchillo.

¿Eres lo suficientemente fuerte para mi amor?

Solo cierra los ojos al cielo.

Voy a casa.

Voy a casa.

¿Quieres verlo?

I took a walk down a road
It’s the road I was meant to stay
I see the fire in your eyes
But a mans got to make his way
So are you tough enough for my love
Just close your eyes to the heaven above
I’m coming home
I’m coming home

I took a ride in a world
I’ll be spinnin’ for the rest of my life
I feel your heart beatin’ baby
Ooo sometimes it cuts like a knife
So are you tough enough for my love
Just close your eyes to the heaven above
I’m coming home
I’m coming home

I’m coming home
Where your love tonight can shine on me
I’m coming home
Where your lovin’ arms can set me free

I took a walk down a road
It’s the road I was meant to stay
I see the fire in your eyes
But a mans got to make his way
So are you tough enough for my love
Just close your eyes to the heaven above
I’m coming home
I’m coming home

I’m coming home
Oh yea
I’m on my way
I’m coming home I’m coming home
Here we go ooo yea, ooo yea
I’m on my way

Come on baby, Come on
Let your love, shine on me
I’m on my way, Sing along
Shine on, Shine on, Shine on me
I’m on my way, ahh yea
Shine on me
I’m on my way
I’m on my way
I’m on my way
I’m on my way

Di un paseo por un camino
Es el camino en el que estaba destinado a quedarme.
Veo el fuego en tus ojos,
pero un hombre tiene que seguir su camino.
¿Eres lo suficientemente fuerte para mi amor?
Solo cierra los ojos al cielo que hay arriba.
Vuelvo a casa.
Vuelvo a casa.

Di un paseo por el mundo.
Estaré dando vueltas el resto de mi vida.
Siento tu corazón latir, nena.
A veces duele como un cuchillo.
¿Eres lo suficientemente fuerte para mi amor?
Solo cierra los ojos al cielo.
Voy a casa.
Voy a casa.

Voy a casa.
Donde tu amor puede brillar sobre mí esta noche.
Voy a casa.
Donde tus brazos amorosos pueden liberarme.

Di un paseo por un camino.
Es el camino en el que estaba destinado a quedarme.
Veo el fuego en tus ojos.
Pero un hombre tiene que seguir su camino.
¿Eres lo suficientemente fuerte para mi amor?
Solo cierra los ojos al cielo.
Vuelvo a casa.
Vuelvo a casa.

Vuelvo a casa.
Oh, sí.
Estoy de camino.
Vuelvo a casa. Vuelvo a casa.
Allá vamos, ooo sí, ooo sí.
Estoy de camino.

Vamos, nena, vamos.
Deja que tu amor brille sobre mí.
Estoy en camino, canta conmigo.
Brilla, brilla, brilla sobre mí.
Estoy en camino, ahh sí.
Brilla sobre mí.
Estoy en camino.
Estoy en camino.
Estoy en camino.
Estoy en camino.

3 comentarios en «Coming Home. Cinderella.»

Los comentarios están cerrados.