Los días malos. Niña Polaca

La hoja es más blanca y pequeña hoy. Me deslumbra su palidez y no soy capaz de ensuciarla con mis palabras.

Suena el timbre de la puerta de casa. La excusa perfecta para levantarme de la silla con la esperanza de que, en el trayecto de la mesa a la puerta, despierte una idea, un hilo del que tirar.

La pequeña entra pidiéndome que la acompañe al chino. Dudo por un momento. Quizás en el par de centenares de metros que separan la casa de la tienda, encuentre la idea.

¿A quién quiero engañar?

—Lo siento, no puedo, tengo mucho que hacer.

La pequeña lo intenta con su hermano mayor, pero recibe la misma respuesta.

Al final consigue convencer a la otra hermana que la acompaña con el precio bien negociado. Una bolsa de patatas es el precio de sus servicios de acompañamiento.

Según vuelvo hacia la mesa, me detengo unos segundos en el sofá. Uno de los perros con la cabeza descansando sobre el apoyabrazos, me mira al pasar, levanta ligeramente la cabeza, clava sus ojos en los míos, y se tumba con la patas hacia arriba. Está exigiendo su pequeña ración de mimos que no soy capaz de negar.

—No caigas desgraciado, sabes perfectamente que tienes mucho que hacer, —pienso inmisericorde.

Pero hay otras fuerzas más poderosas actuando dentro de mí, y mi pobre conciencia, una vez más, es relegada al rincón de pensar mirando hacia la pared del olvido.

Me siento junto a él y le rasco suavemente la tripa. Paro un segundo, y él, con un rápido movimiento de las patas delanteras que acerca de nuevo mi mano a su barriga, me indica que no ha tenido suficiente.

El otro, que se ha subido a la litera de las niñas a echarse una pequeña siesta, levanta una oreja. Sabe que algo está sucediendo y no quiere perdérselo. Baja por las escaleras y acude raudo al sofá donde su hermano disfruta en silencio de sus caricias.

Ahora tengo a los dos, uno a cada lado, exigiendo su momento. Sus cabezas se apoyan sobre mis muslos y ambos adoptan la misma pose, mostrándome la parte más vulnerable de su cuerpo, entregados a mis manos, a sus caricias.

De nuevo dejo mis artes acariciadoras por un breve instante, y al unísono, como si fueran hermanos que comparten sensaciones y gustos, levantan sus patas para evitar que mis manos se separen de sus peludas y suaves barrigas. Con un movimiento estudiado, detienen mis brazos y vuelven a acercarlos al lugar de donde no deberían haberse apartado nunca.

Entro en un estado de paz, de tranquilidad. No hay nada más en el mundo que este momento. Los perros me devuelven todo el amor que les estoy dando, dejando salir la poca resistencia que tienen todavía con un suspiro largo, sincero, uno detrás del otro. Noto como su cuerpo se relaja totalmente en un acto de entrega absoluta que me sobrecoge. Confianza, no hay un lugar más seguro para ellos que mi regazo.

Han pasado diez minutos. Por mucho que rasco sus barrigas, allí no encuentro nada. Un pensamiento rasga la paz de arriba a abajo. Es de nuevo mi conciencia que se ha girado y ha empezado a tirar piedrecitas a mi ventana para que sepa que está allí, rompiendo inesperadamente el vidrio de la misma.

El momento de disfrutar del ahora ha sido súbitamente interrumpido, brutalmente despedazado, mortalmente arrancado.

Ellos, que no sé en qué estarán pensando, también lo notan, y aunque tratan de disimular para que todo siga igual, saben perfectamente que su momento ha acabado. Cada uno sale por un lado del sofá buscando una nueva víctima que les proporcione un nuevo momento de placer.

Cuando ni siquiera han conseguido poner las cuatro patas en el suelo, un desagradable aroma familiar, invisible para mis narices, activa sus receptores olfativos. Es entonces cuando la calma salta definitivamente por los aires. Es Golfo, un enorme perro marrón vecino y enemigo mortal que pasa por delante de nuestra terraza para dar su paseo vespertino.

La paz es sustituida en un abrir y cerrar de hocico por un odio profundo, visceral. Los dos salen corriendo hacia la puerta de cristal de la terraza profiriendo los insultos perrunos más rasgadores que conocen. A los ladridos y las babas esparcidas se les une el sonido de sus patas delanteras golpeando el cristal. El escándalo es bestial y mi voz, por mucho que intente sonar autoritaria, no consigue alcanzar su poco entendimiento.

Entre esa orgía de ladridos, babas y odio sigo buscando. Quizás, si conecto con mi cerebro reptiliano y saco el Alpha que tengo dentro, consiga controlar la situación y además consiga hallar ese hilo mágico del que tirar.

Nada.

De mi morro solo salen más insultos, amenazas y babas.

—¡Fueeeeraaaa de ahí perrooooooossssss!

—¡¡¡Me cago en toda vuestra puta madre ya!!!

—¡¡¡FUUUUERAAAAA!!!!

La ira es fuerte en ellos que se resisten a abandonar su violencia verbal con su enemigo hasta que me interpongo entre el cristal y ellos con una postura amenazante y con un dedo mirando hacia Cuenca en clara señal de que deben abandonar el escenario del crimen.

Por fin consigo que se callen, no sin un último salto encima de la puerta y un ladrido que sin duda viene a decir algo así como:

“No pases más por nuestro territorio, maldito hijo de perra”

Y salen pitando a meterse debajo de algún mueble o a encontrar el cobijo de alguno de los niños donde puedan eludir sus responsabilidades y evitar mi mirada asesina.

Ha pasado ya más de media hora desde que decidí ponerme a escribir la historia de hoy y mientras limpio el cristal con los restos de la batalla, miro hacia los árboles que siempre transportan historias en sus hojas, traídas por los pájaros que descansan en sus ramas. Yo mismo salto de rama en rama, de pensamiento en pensamiento, de deshecho en deshecho, para volver a encontrar lo mismo.

Vacío.

Solo me queda confiar en mi mismo, en mi instinto.

—Solo tienes que empezar, —me digo a mi mismo con el sabor de la ira todavía rondándome las papilas gustativas.

—Maldito vago, —añado con los restos de bilis de la pelea recién acabada.

Hay algo que no puedo evitar mirar cuando estoy recogiendo el trapo de limpiar el cristal. El tendedero está lleno y sé que tengo una lavadora que sacar.

Otra vez el puto timbre.

La pequeña ha vuelto del chino con dos bolsas de snacks de esos raros. Entra con su amiga María y sin saludar, se van directamente a su habitación a compartir el botín conseguido. A ellas no les hace falta escribir historias, les vale con vivirlas cada minuto.

¿Estará ahí mi historia de hoy?

Voy a pensarlo mientras doblo la ropa, la acomodo encima de la mesa del ordenador distribuida por habitantes de la casa y saco la lavadora para repetir este mismo proceso mañana, cuando no tenga que escribir la historia que estás deseando leer, compartir, vivir.

Riiiiing

—Pero, ¿quién coño será ahora? Así no hay manera.

—¿Está Jara?

Trato de disimular el cabreo, ¿cuántas interrupciones puedo tener al cabo de la tarde?

—Sí, pasa, está en su habitación con María.

—Gracias

Y pasando por delante de mí, atraviesa veloz el pasillo para reunirse con sus compañeras de historias.

Me vuelvo a sentar delante del ordenador. De aquí no me levanta ni Dios ya.

Pero no había contado con la Diosa de la casa.

—Hay que ir comprar unas zapatillas a la niña y pantalones de montaña para el mayor.

Me resigno, ya escribiré esta noche después de cenar cuando no haya perros paseando, ni lavadoras, ni compras, ni timbres que puedan molestar a las musas que se tiran de los pelos por tanta interrupción y por tan poca atención.

Ellas, que adoran estar siempre bellas, arregladas, saben que conmigo tienen que compartir sus cantos de sirena con las bestias peludas que habitan en esta casa y con los perros también.

Los días malos

Tengo a las musas agarradas por los mismos pelos de los que ellas mismas se tiraban hace un rato. No pienso soltarlas, algo se me tiene que ocurrir para rellenar mi aparición semanal. Cuando me doy cuenta están mirando y probándose ropa entre risas y complicidades y en mis manos sujeto una fregona que pensaba que eran sus sedosas cabelleras.

Las compras se han alargado de más. El bote de la paciencia está completamente rebañado, no queda ni gota. Por fin, conseguimos meternos en el coche para volver a casa.

—¿Qué hay de cena?, —preguntan sus reales estómagos.

—Puré de verduras, —respondo conociendo perfectamente cuál va a ser la respuesta.

Antes de que la situación se me desmadre entre quejas y lamentos, decido que no me queda más remedio que soltar la típica respuesta que siempre juré que evitaría cuando fuese padre:

—Pues si no te gusta, no cenes.

¡Mierda!, ahí está, ha salido, no he podido evitarlo.

Entre probadores, descuentos, dependientes agotados, peticiones infinitas, negaciones perpetuas y peleas entre hermanos, llegamos a casa. Son más de las nueve de la noche y todavía falta la cena, pijamas, dientes, últimas peleas y últimos gritos míos exigiendo de una maldita vez su rendición incondicional y la entrega de todas sus armas…

¡¡¡PORQUE LO DIGO YO Y PUNTOOOOOO!!!!

Voy a tener que rendirme, presentaré mis excusas ante mis fervientes lectores y trataré de explicarles que no ha habido manera y que el día ha sido como si un autobús de dos pisos se estrellara contra mí, dejándome malherido en una cuneta con una tarjeta de crédito en la mano y una fregona en la otra.

Tendré que explicar que todos tenemos días malos en los que nos sentimos alejados,

Y que cualquier otra distancia
Que no alcance con la mano
Me parece de mal gusto
Completamente innecesario
Que hoy el día está nublado
Coge el coche, yo tu mano
Que no hay sitio tan lejano para huir
Como tu cuarto
Los días malos

Un turibus en la Riviera
Cachos de amor por las aceras
Y un segundo que se ha ido
En el primer vagón
Carmen, vente de Valencia
Que hoy el día está jodiendo
Y esa luz tan sorollesca
Me ayudaría un montón

Que cualquier otra distancia
Que no alcance con la mano
Me parece de mal gusto
Completamente innecesario
Que hoy el día está nublado
Coge el coche, yo tu mano
Que no hay sitio tan lejano para huir
Como tu cuarto
Los días malos

Los días malos oscuros abajo
Cuando una sonrisa requiere un visado
Una decisión, otro doctorado
Un poco de amor me ha salido tan caro
Que te has dado cuenta de que algo ha cambiado
Que tú y tus colegas no vais de la mano
Que la vida adulta me ha dejado K.O.
Y vendo mi reino por verte la cara
Los días malos

Cuánto amor desperdiciado
Que has cogido y no has honrado
Has dejado que se muera
Cada planta del balcón
Otra falla se ha quemado
Mientras matas a tu lado
Cien mil fotos de un verano
Mirando el reloj

Pa volver donde te has ahogado
Donde ya has naufragado
Cuarta parte de esta saga
De cine de terror
Dan más miedo las mentiras
Si me coges de la mano
Y en francés subtitulado
Vuelves a pedir perdón
Por todos esos
Días malos

Tus días malos oscuros abajo
Cuando una sonrisa requiere un visado
Una decisión, otro doctorado
Un poco de amor me ha salido tan caro
Que te has dado cuenta de que algo ha cambiado
Que tú y tus colegas no vais de la mano
Que la vida adulta me ha dejado K.O.
Y no quiero nunca, nunca, nunca
Tus días malos

4 comentarios en «Los días malos. Niña Polaca»

  1. Pues creo que la musa la tenías ahí rondándote la mollera y al final apareció sola si que te dieras cuenta… ¿O fue la musa del banquillo la que salió a jugar?

  2. Pues para no tener historia, te ha salido una muy chula…a veces el día a día es tu gran historia que algún día desearás revivir con todas tus fuerzas.

    • Eso es exactamente lo que quería expresar. Cada día está lleno de historias y nos perdemos un montón de ellas mirando hacia abajo.

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