Wish you were here. Pink Floyd

Los gritos de felicidad de los niños en la piscina llegan a través del viento hasta las ramas de los árboles más cercanos a la terraza y ahí, sin esfuerzo alguno y de forma sigilosa, se cuelan por la ventana siempre abierta hasta la mesa donde escribo para mezclarse con una melodía de recuerdos escondidos, pero no perdidos.

Recuerdos de veranos sin fin, de tardes de piscina, de bocatas para cenar, de noches de carreras y juegos. Vivir sin obligaciones, sin ataduras, sin reloj, guiándonos únicamente por la posición del sol y por nuestras ganas de vibrar.

Recuerdos que vuelven a colarse por mi ventana. Sin permiso, sin barreras, en silencio o a gritos que gritan más que el miedo.

Recuerdos que te rozan con los dedos para salir corriendo inmediatamente después columpiados por el tiempo que los empuja arriba y abajo.

Recuerdos de los ojos de mi padre mirándome dulcemente mientras los suyos, sus recuerdos, galopaban hacia el ocaso por su mente hasta encontrar lo que habían estado buscando, una frase, un consejo, una enseñanza que yo tardaría todavía muchos años en comprender:

Hijo, aprovecha estos momentos, porque son los mejores de tu vida.

Tuve que esperar a ver crecer a mis propios hijos para empezar a comprender. Y ahora, cada tarde, cada noche, salgo a la terraza para ver como aprovechan, cada uno a su manera, los mejores momentos de sus vidas.

Los que nunca olvidarán.

Los que darán forma a su corazón.

Los que brillarán siempre en sus miradas.

Los que afianzaran sus murallas para poder derribarlas cuando lo necesiten.

Recuerdos con los que podrán diferenciar un campo verde de un carril de acero frío, una sonrisa de un velo.

Un recuerdo, un pequeño hilo del que tirar, una guitarra, un olor, un dolor, una pregunta que se sigue repitiendo, un hacia dónde sin respuesta, un para qué que brilla en los ojos de mis hijos indicándome cada día el camino.

Se nos marcha un nuevo agosto y, como si fueran granos que hay que empezar a recolectar, los niños apuran las noches, recogiendo cada momento, cada juego, cada risa, cada amistad que el invierno se encargará de congelar y que ellos recuperarán cuando los días vuelvan a llenarse de luz.

Yo llené en su día mi granero de esos granos. Algunos fueron plantados cerca de mi para que pudiéramos juntar nuestras ramas en los días de tormenta, para dar cobijo a niños que se esconden para no ser pillados, para esconder a adolescentes que marcan sus nombres en el tronco mientras saborean el olor del primer beso, para ofrecer una sombra a los jóvenes cuando necesiten una pausa en su camino y para crear un espacio natural donde cualquiera que sea capaz de ofrecer una sonrisa tenga un lugar para descansar.

Otros cayeron más lejos y en los días más claros, en los que la calima del desierto no consigue atravesar el estrecho o el humo de árboles quemados es solo un recuerdo que insiste en golpearnos cada verano, consigo divisarlos, y unos pájaros se posan con sus alas de cristal para traernos nuestras correspondientes novedades atrasadas. En alguna ocasión, es el viento el que se encarga de agitar nuestras copas y arrancar hojas que vuelan juntas agarradas de sus peciolos balanceándose por el aire como dos amantes que bailan una melodía nunca olvidada.

Alguno que había crecido a escasos metros, ha sido arrancado por los caprichos de la vida y trasplantado a lugares cada vez más alejados de mis sombras y de sus expectativas. Nuestras ramas ya no se tocan y nuestras hojas no bailan al son del caprichoso viento. Solo quedan nuestras raíces, fuertes, profundas, entrelazadas, escondidas y reales, que se juntan y nos siguen alimentando en la distancia.

Un nuevo agosto empieza a hacer las maletas porque sabe que tiene que despedirse ya y las ramas lloran en silencio, solo en las horas en las que el sol se esconde para abrir la puerta al frescor de una noche que cada vez es más larga. Y el silencio de la noche me dice una vez más que en algún lugar te tengo que encontrar.

Los niños no quieren verlo. Para ellos todavía quedan muchos días antes de volver a sus rutinas. Su sensación del tiempo es distinta, a veces intento recuperarla, porque yo también la he experimentado, pero no soy capaz.

Una canción puede llevarme a mi infancia, un olor puede dibujar el rostro de mi abuela preparando bizcocho, incluso un sabor es capaz de transportarme a otros tiempos en los que las semanas eran largas y los meses eternos y, sin embargo, no soy capaz de volver a sentir el paso del tiempo de aquella manera lenta, calmada, y pesada, como el calor abrasador de una tarde de verano.

Esa sensación ya no me pertenece, no es mía, pertenece a lo nuevo, a la vida que se abre paso, a los amaneceres, a los primeros amores, a los descubrimientos, a las amistades frágiles y eternas, a las noches sin dormir y las mañanas dormidas, pertenecen al futuro hasta que un día se den cuenta que las semanas duran un suspiro y los meses no son más que una brisa pasajera, y los años…los años son un latido de tu corazón.

Lo sé, no me pertenece, pero puedo sentirla.

Verla.

Olerla.

Escucharla.

Tocarla.

Recordarla.

Y ahora me afano en guardar los recuerdos más recientes, los más frescos, los que todavía laten al son de las chicharras, porque sé que solo tengo que pestañear y otro verano estará llamándonos para seguir llenando nuestras peceras de recuerdos.

Y cómo me gustaría,

Cómo me gustaría que estuvieras aquí

Somos solo dos almas perdidas

Nadando en una pecera año tras año

Corriendo sobre el mismo viejo suelo

¿Qué descubrimos?

Los mismos viejos miedos

Me gustaría que estuvieras aquí.

So, so you think you can tell
Heaven from hell?
Blue skies from pain?
Can you tell a green field
From a cold steel rail?
A smile from a veil?
Do you think you can tell?

Did they get you to trade
Your heroes for ghosts?
Hot ashes for trees?
Hot air for a cool breeze?
Cold comfort for change?
Did you exchange
A walk on part in the war
For a lead role in a cage?

How I wish
How I wish you were here
We’re just two lost souls
Swimming in a fish bowl year after year
Running over the same old ground
What have we found?
The same old fears
Wish you were here

Entonces, ¿crees que puedes distinguir
el cielo del infierno?
¿El cielo azul del dolor?
¿Puedes distinguir un campo verde
de un frío raíl de acero?
¿Una sonrisa de un velo?
¿Crees que puedes distinguirlo?

¿Te hicieron cambiar
a tus héroes por fantasmas?
¿Las cenizas calientes por árboles?
¿El aire caliente por una brisa fresca?
¿El frío consuelo por el cambio?
¿Cambiaste
Un papel secundario en la guerra
Por un papel protagonista en una jaula?

Cómo desearía
Cómo desearía que estuvieras aquí.
Somos solo dos almas perdidas
Nadando en una pecera año tras año.
Corriendo por el mismo terreno de siempre.
¿Qué hemos encontrado?
Los mismos viejos miedos.
Ojalá estuvieras aquí.

2 comentarios en «Wish you were here. Pink Floyd»

  1. Leí una vez, y se me quedó grabada, una cita bastante cargada de ironía que decía algo como que «la experiencia es eso que se consigue cuando ya no sirve de nada».
    Es cierto que, por ejemplo, puede ocurrir y ocurre que cuando uno busca trabajo a menudo no tiene la experiencia que pide la empresa que contrata, y que cuando ya tienes el trabajo en el que has ganado esa experiencia, no necesitas documentársela a nadie (aunque en teoría debería servirte para mantener tu puesto).
    Es verdad también que a menudo pensamos: «si yo hubiera sabido lo que sé ahora cuando tuve que elegir…», lo cual no deja de ser una trampa de nuestra mente, porque sabemos lo que sabemos cuando lo sabemos, y en cada momento decidimos lo que creemos mejor para nosotros con las cartas que tenemos en la mano, que de entrada no suelen ser un repóquer de ases.
    Lo cierto es que aquella frase, que hace un cuarto de siglo me pareció graciosa y no sin un punto de verdad, ahora que tengo alguna experiencia de vida (tampoco tanta), me parece cada vez más falsa. Porque siento que cada vez aprecio más cada momento, cada mirada, cada sonrisa o cada abrazo de un ser querido, como también los de algunos otros que en teoría no lo son pero lo parecen, cada una de las imágenes únicas que nos ofrece el firmamento con su luz cambiante, las maravillas de la naturaleza o del genio humano, que afortunadamente no ha muerto y que brilla aún más contra el fondo oscuro de las miserias de nuestros fracasos como especie. Y, tal como explicas magistralmente, la experiencia también nos sirve para reconocer y apreciar esas sensaciones y esas emociones en los/as que vienen a este mundo detrás de nosotros, lo que nos hace revivir, quizá con menos intensidad pero con mucha más nitidez y matices, con mayor plenitud, las nuestras propias.
    Por tanto, la experiencia sí nos sirve: sirve para ir ascendiendo poco a poco del punto de vista de la lagartija, pegados al suelo de lo inmediato, hacia la vista del halcón, con mucho más alcance y perspectiva. Ojalá lleguemos a esta, yo ya debo de ir por la del avestruz…
    ¡Seguimos creciendo! Gracias, como siempre no, más… ¡Abrazos!

  2. Veranos gloriosos, que si bien pasan como un suspiro ahora se saborean con mayor intensidad, por lo que vives y por lo que viven los tuyos.

Los comentarios están cerrados.