Dulce introducción al caos. Extremoduro

Hay una fuente de la que emanan, cada semana, mis historias. La fuente se nutre de muchos afluentes de la vida, alguna ocurrencia de los niños, una conversación robada en la cola del supermercado, un suceso inesperado, la familia, canciones que desatan recuerdos, recuerdos atados a canciones e incluso personas atadas a recuerdos y canciones.

También existen afluentes de aguas subterráneas, de las que solo yo puedo intuir, de las que van por dentro. Las siento, sé que corren en mi interior, sin miedo, sin control, corrientes de pensamientos que nacen, crecen y acaban formando parte de uno más grande. También hay otras pequeñas corrientes con las que aplacar ligeramente mi sed que acaban con el lecho agrietado y seco.

De estas últimas tengo muchas, demasiadas a veces, y pocas acaban abriéndose camino, haciéndose fuertes y saliendo al exterior por una cascada de palabras e ideas. Por el momento solamente consigo que salga una a la semana. Son pequeñas gotas, constantes, insistentes, tenaces, que van formando estalactitas, de las que nacen en el techo y van creciendo cabeza abajo.

¿Tendrá esto algo que ver con que creo que estoy medio colgado?

Sin duda.

Así funciona mi cerebro. Cuando lo hace, claro.

La idea de hoy, sin embargo, me vino de una forma poco habitual. Por Whatsapp. Parece que las musas empiezan a modernizarse y a usar otros canales para comunicarse conmigo. Mira que yo intento alejarme de esos canales, de hecho, me enorgullezco enormemente de ser de los pocos seres humanos que viven sin Bizum y sin cuenta de Amazon.

Como algunos sabéis, en mi extraña, optimista y a veces poco realista, pretensión de intentar ganarme la vida escribiendo, tengo una Newsletter en la que hablo de comunicación, negocios y Copywriting (escritura persuasiva).

Y, ¡oh, sorpresa!, siempre procuro hacerlo a través de la música. ¿Cómo te quedas?

¿Todavía no te has suscrito? Eso sí que me parece raro.

En la Newsletter de la semana pasada hablaba de la diferencia entre “diferente” y “raro”.

Al final no me quedaba más remedio que aceptarlo con deportividad.

Lo sé, soy raro

No digo diferente, digo raro

Ya no sé si el mundo está al revés

O soy yo el que está cabeza abajo

Y para llegar a esa conclusión hablaba de mis propios TOC.

A las pocas horas recibí la inspiración, como ya te he adelantado, a través de un mensaje de whatsapp que me decía exactamente:

“Qué buena definición de “raro” y “diferente” en el mail de copychuelas 😜… háblanos un día de tus TOCs por favor, seguro q nos arrancas muchas carcajadas y tb nos identificamos contigo en alguno de ellos… yo tengo unos cuantos y el del lavavajillas tb”

Así que, como yo me debo a mis fans que, gracias a Dios, puedo contar con los dedos de las manos por el momento, de eso voy a hablar hoy.

TOC-TOC

Llaman a la puerta otra vez
Ya va, ¿quién es?
Fui a abrir
Y se metió en mi casa un amanecer
Ahí va, que bien.

Quizás esto sea el ejemplo más claro de uno de mis grandes TOCs. Todo lo paso a canciones. Una palabra, una contestación, una situación, una réplica, una excusa, todo lo convierto en canciones.

No puedo controlarlo, escucho una palabra y el mecanismo se activa de forma completamente autónoma para encontrar posibles coincidencias. Y en una décima de segundo, ahí está.

Una décima de segundo más
Vuela, va saltando de hoja en hoja
Mil millones de instantes de que hablar

Esto no tengo claro si es un TOC o un malfuncionamiento genético porque todos en casa sufrimos este terrible síndrome. En realidad, nosotros lo disfrutamos, los que lo sufren son los que viven con nosotros que no acaban de entender el proceso mental que tiene lugar en nuestra cabeza cada vez que esto sucede.

Ya están “los cancioncitas”, es la frase más repetida cada vez que unimos palabras y canciones.

Algo parecido sucede con los juegos de palabras. El proceso es el mismo. Escucho algo e inmediatamente la parte del cerebro con una nariz roja comienza a juntar palabras, sonidos, fonemas, lo que sea, para conseguir una carcajada que irremediablemente se traduce en un brillo inmediato en mis ojos, que no es otra cosa que la nariz roja que ha vuelto a encenderse dentro de alguno de los lóbulos.

Me ahorro el chiste de los lobeznulos.

¿Ves? Es horrible.

La elasticidad de las palabras dentro de mi cabeza es inversamente proporcional a la del resto del cuerpo.

Son las once de la noche, momento en el que empieza mi liturgia particular del lavavajillas. Yo no lleno simplemente el lavavajillas. Yo echo una partida de Tetris con los vasos, platos, cubiertos, sartenes, tuppers y demás elementos utilizados a lo largo del día para conseguir alimentar a las bestias.

Empecemos por los cubiertos. En la bandeja superior los coloco por formatos.

A la izquierda del todo, los cuchillos.

A la derecha los tenedores y cucharas.

Al otro lado, cucharillas de postre perfectamente alineadas y demás utensilios que hayamos podido necesitar, peladores, cucharones, moldes de metal, lenguas, etc.

Cada día insto a los niños a meter ellos mismos lo que van usando, pero cuando llega el momento de ponerlo, siempre me toca reubicar lo que ellos han ido dejando. Los ojos me duelen cuando veo tenedores y cucharas mezcladas y colocadas cada una en una dirección.

No puedo soportarlo. No soy muy estricto en la dirección, me da igual que pongan el lado cóncavo mirando hacia la izquierda o la derecha, pero si colocas el primero hacia un lado, ¿podrías hacerme el puto favor de colocar todos en esa misma dirección? ¿No te das cuenta que así caben más? ¿Qué extraña capacidad espacial tienes para no darte cuenta? ¿No puedes entender que, si todo va bien colocado, la recogida es mucho más rápida?

Claro, qué cosas tienes Marquitos, ¿cómo van a darse cuenta de eso si ellos jamás sacan el lavavajillas? Ahí viene otro TOC del que ahora te hablaré, pero vayamos por orden cronológico, que si no me pongo nervioso y el ojo izquierdo empieza a abrirse y cerrarse sin control.

Programo el lavavajillas y la lavadora para que se activen por la noche para tenerlo todo listo por la mañana y una vez controlado el ojo intermitente, me voy a dormir.

Por las mañanas todo se ve con otros ojos. Antes de sacar el lavavajillas, lo primero es desayunar. Habrás escuchado a muchas personas, tú podrías ser una de ellas, que afirman que hasta que no se toman el primer café, no son personas.

Procura no hablar a esas personas antes de que se hayan tomado su pócima si no quieres ser traspasado con una mirada afilada e hiriente, de esas que pueden cortar hasta el acero más duro.

Pues bien, yo soy de esas personas, pero en lugar de tomar café, tomó Cola-cao. Pero no me vale cualquier Cola-cao. Aquí viene otro TOC.

Abro la nevera y una lanza atraviesa mi costado.

¡¡¡¡NO HAY LECHE FRÍA!!!!

¡¡¡¡JODER!!!!

¡¡¡¡MIERDAAAAA!!!!

¡¡¡¡NO HAY LECHE FRÍA!!!!

El cartón de leche vacío reposa sobre la encimera de la cocina con restos de grumos de Cola-cao desparramados alrededor. Alguno de los habitantes de la casa se ha preparado uno por la noche y no ha repuesto la leche en la nevera.

El día empieza torcido, pero hay que tener recursos para remontar la situación. Comienzan los primeros espasmos y sacudidas.

Respiro profundamente diez veces y alejo de mi mente todos los malos pensamientos y las ganas de asesinar al culpable.

Todo tiene solución.

Cojo mi taza favorita y la meto al congelador junto con un nuevo cartón de leche e invierto el orden de las actividades.

Con la boca seca y los colmillos afilados me dispongo a sacar el lavavajillas.

Primero vasos, por tamaños. Los grandes van apilados de dos en dos y los coloco en su sitio, al fondo. Caben tres filas. Los pequeños los apilo de tres en tres, delante de los grandes.

Lo segundo que saco son las tazas. En uno de los muebles de la cocina tenemos seis ganchos para las tazas. En estos ganchos coloco las tazas por formatos y colores. Las blancas primero, las azules después y por último las rojas, todas con la apertura superior mirando hacia el mismo lado.

El resto de tazas van en un estante superior.

Los platos. Tenemos varios tipos de platos.

Los soperos. Dos de color azul fuerte que van siempre abajo por ser ligeramente más grandes y unos cuantos de color azul clarito que van encima.

En ocasiones me pongo bizco y de mis orejas sale humo cuando veo columnas de platos sin orden ni concierto, dos platos azul clarito, uno azul oscuro, cuatro claritos, uno oscuro y tres claritos para rematar el desastre.

Otra vez el ojo me pulula y no para hasta que no recoloco todos los platos.

Lo mismo me pasa con los platos llanos. Dos tamaños. La cosa está clara, los grandes con los grandes y los pequeños con los pequeños. ¿Es tan difícil? ¿Es tan rebuscado? ¿Qué clase de perturbado eres para no ser capaz de verlo? ¿Y soy yo el raro? ¡Venga ya!

Para acabar saco los cubiertos, que, si han sido colocados convenientemente, es un trabajo rápido y preciso. En esto también tengo mi orden. Cucharitas, tenedores, cucharas, cuchillos divididos entre cuchillos normales y cuchillos afilados, y para terminar el resto de utensilios.

Ahora sí, ahora ya está todo colocado como tiene que ser. Sigo con la boca seca, pero sé que la leche no ha alcanzado todavía la temperatura mínima exigible para un Cola-cao óptimo.

Decido sacar también la lavadora. Otro TOC. He perdido ya la cuenta.

Calcetines emparejados, por favor. No siempre es posible y los abandonados por sus parejas pasarán a la bolsa de calcetines desparejados, un pozo negro sin fondo del que muy pocos consiguen salir.

De vez en cuando despliego todos los calcetines solitarios encima de la mesa, pongo un poco de música romántica para que las parejas se reencuentren en un baile infinito y comienzo el proceso de apareamiento del calcetín. Las parejas van saliendo. Algunos con arrugas que antes no tenían, otros con agujeros provocados por la mala vida, pero todos felices por el reencuentro. Los afortunados que han vuelto a juntarse con su pareja vuelven a los cajones que una vez ocuparon y el resto, visiblemente afectados y desprovistos de toda esperanza, vuelven a la bolsa que incomprensiblemente mantiene el mismo volumen que antes de la temporada de apareamiento.

Camisetas en su posición normal, listas para ser dobladas y guardadas.

Toallas en los bordes del tendedero, ropa interior en la parte interior para que no se vean los calzoncillos con sus agujeros. ¿En qué otro lugar podrían ir?

Raro, raro, raro, soy muy raro.

Saco la taza del congelador y la leche. Por fin voy a acabar con mi sequedad de boca, pero no de cualquier manera. La preparación del Cola-cao es también un ritual en el que hay que seguir los pasos correctos.

Dos cucharadas de Cola-cao en la taza vacía. Insisto, en la taza vacía. ¿Qué es eso de echar la leche y después el Cola-cao? Ahhh, ¡¡mis ojos!! ¡¡sacrilegio!!

Una vez que tenemos el Cola-cao en la taza vamos echando la leche, poco a poco, removiendo a la vez, procurando que el polvo se vaya mezclando con la leche para crear esos deliciosos grumitos que potencian el sabor de la tostada con mantequilla y mermelada.

Pero no, no quiero sacar todo el Cola-cao del fondo de la taza, me gusta que queden restos pegados a los bordes. Nunca acabo toda la leche de un sorbo, sino que dejo un poco para mezclarla con esos restos que han quedado adheridos a la taza en un final rebosante de sabor que me garantiza una última explosión de sabor en mis papilas gustativas que cantan y bailan de felicidad.

El ritual, por supuesto, finaliza con la taza perfectamente rebañada colocada en su lugar del lavavajillas y con la cucharita ocupando su lugar en la bandeja en la misma dirección que sus acompañantes.

Ahora ya soy persona, un poco rara, sin duda, pero persona.

Con mis pequeños TOCs, manías, obsesiones, rutinas o costumbres que nos ayudan a todos a mantener un equilibrio en nuestras vidas, a compensar nuestras taras, nuestra necesidad de caos.

Un equilibrio para que nos lleve de nuevo a ese mágico momento en que

Se rompió la cadena que ataba el reloj a las horas
Se paró el aguacero ahora somos flotando dos gotas
Agarrado un momento a la cola del viento me siento mejor
Me olvidé de poner en el suelo los pies y me siento mejor
¡Volar! ¡Volar!

Cómo quieres que escriba una canción
Si a tu lado no hay reivindicación
La canción de que el tiempo no pasara
Donde nunca pasa nada

Una racha de viento nos visitó
Y al árbol ni una rama se le agitó
La canción de que el viento se parara
Donde nunca pasa nada

Un otoño el demonio se presentó
Fue cuando el arbolito se deshojó
La canción de que el tiempo se atrasara
Donde nunca pasó nada

Una racha de viento nos visitó
Pero nuestra veleta ni se inmutó
La canción de que el viento se parara
Donde nunca pasa nada

Mientras tanto pasan las horas
Sueño que despierto a su vera
Me pregunto si estará sola
Y ardo dentro de una hoguera

Cómo quieres que escriba una canción
Si a tu lado he perdido la ambición
La canción de que el tiempo no pasara
Donde nunca pasa nada

Se rompió la cadena que ataba el reloj a las horas
Se paró el aguacero ahora somos flotando dos gotas
Agarrado un momento a la cola del viento me siento mejor
Me olvidé de poner en el suelo los pies y me siento mejor
¡Volar! ¡Volar!

Una racha de viento nos visitó
Y a nosotros ni el pelo se nos movió
La canción de que el viento se parara
Donde nunca pasa nada

Ya no queda una piedra en pie
Porque el viento lo derribó
¡No! No hay esa canción

Ya no queda nada de ayer
Porque el viento se lo llevó
¡No! No hay esa canción

Ya no queda una piedra en pie
Porque el viento lo derribó
¡No! No hay esa canción

Ya no queda nada de ayer
Porque el viento se lo llevó
¡No! No hay esa canción

4 comentarios en «Dulce introducción al caos. Extremoduro»

  1. Mi mayor TOC, como bien sabes y has sufrido, es el de la corrección ortográfica y sintáctica… Lo cual me asegura entretenimiento de por vida, porque ya ni siquiera la mayoría de periodistas escribe medio en condiciones. ¿Soy raro? No, lo que soy es un tiquismiquis pedante, empollón gafotas, cobarde, gallina y capitán de las sardinas.
    De los otros TOC, no sé de qué me hablas: la colocación de los cubiertos y demás utensilios en el lavavajillas es obvia: taza, tetera, cuchara, cucharón, plato hondo, plato llano, cuchillito, tenedor, salero, azucarero, batidora y olla exprés, ¡chu-chuuuuuu!
    ¡Por cierto, temazo, y un abrazo!

  2. Excepto los comentados (juegos de palabras y canciones) creo que no tengo Tocs, ni ticks, ni tik tok.
    Markis, cuando estás en casas ajenas ¿también te ocurre?

  3. En mi casa también me dicen que de cada palabra saco una canción. Será cosa de familia?

  4. Y en la mía!!!
    Por cierto, el Colacao lo tomo exactamente como tú, o tú como yo.
    Aparte de eso… Es un toc pretender tener un perro y que no haya pelos adheridos en la ropa recién sacada de la lavadora? (En su debido orden, por supuesto)

Los comentarios están cerrados.