Into my arms. Nick Cave and the bad seeds.

Vivimos rodeados de ellos, pero no queremos verlos, o no sabemos. Quizás sea que no nos atrevemos o quizás que ya solo queremos creer en lo que sale en nuestras pantallas deslizantes, aunque sepamos que es mentira.

Hay que poner ojos de encontrar y tener suerte, sí, mucha suerte. Puedes incluso pasar años junto a uno y no llegar a verlo nunca.

No podrás encontrarlos si solo miras las redes que otros han tejido, como arañas, para atraparnos. Allí no están y aunque estén, no hay filtro que te permita reconocerlos. Tampoco puedes pedírselo a la IA, ni lo intentes. Su alma no depende de algoritmos, seguidores ni servidores, en todas sus acepciones.

Su alma solo depende de las emociones, las propias y las de los demás.

Tampoco son como siempre los has imaginado, seres alados de rubios rizos y túnicas de seda bordadas en oro, escondidos en los pórticos de las catedrales o anunciando triunfalmente con trompetas divinas la llegada de otros reinos o jugando con un arco y unas flechas a enamorar extraños despistados.

Que va.

Ahí tampoco están.

Eso es lo que siempre han querido que pensáramos. Han sido siglos escondiendo la verdad, una medida de protección necesaria, una cortina de humo que les ha proporcionado libertad para moverse, una maniobra de despiste inevitable si querían cumplir con su función.

Pero a mi no me engañan más. Yo sé dónde encontrarlos.

Se esconden en los rincones más inesperados. Saben que tienen que exponerse y siempre buscan los sitios más inverosímiles y más apartados para seguir con su labor.

En sitios apartados, con personas apartadas, olvidadas, invisibles. Ahí es mucho más fácil pasar desapercibidos porque nadie mira hacia allá, porque damos la espalda a lo que no queremos ver.

Muchos estamos mucho más ocupados preguntando a inteligencias artificiales cómo tenemos que vivir. Ahora ya tenemos gafas inteligentes que además de protegerte del sol, te proponen varios temas para hablar en tu primera cita. En breve las nuevas parejas tendrán que presentar antes a sus gpts que a sus padres.

Lo peor de todo es que nos encanta, todo en pos de nuestra comodidad y de nuestra productividad, porque claro, lo importante es aportar y aportar, cuanto más mejor, cuanto más grande mejor, aunque sea mierda, ¿qué más da que sean palabras juntadas por una máquina sin alma?

No, en todos esos lugares compartidos por millones de personas no están. Ahí no. Ese no es buen sitio para encontrarlos por mucho que le pese a Google que es completamente incapaz de dar con uno solo.

Están en un banco de un parque cualquiera donde una madre desesperada busca un hueco para refugiarse junto a su hijo pequeño, del frío y la humedad.

Y de la vergüenza.

Allí llega un Ángel vestido de azul y les da, a través de una sonrisa herida y honesta, calor y esperanza tan efímeros como necesarios.

O siguiendo a un borracho que camina haciendo eses porque en realidad ya no quiere llegar a ninguna parte, porque sabe que nadie le espera.

O a una abuela que, después de haber sufrido toda su vida, y haber sido capaz de sacar adelante a su familia, ahora ya no es capaz ni de recordar el camino de vuelta a su casa y se muere de pena porque sus hijos tampoco recuerdan ya ese mismo camino y mucho menos a su madre.

Están detrás de una familia recién llegada de un país sin futuro que necesitan un simple padrón para poder comenzar su nueva vida, para poder empezar a empujar del carro del que todos tiramos, para poder conseguir unos papeles mojados con sus propias lágrimas que antes eran de desesperación y ahora de alivio.

Están dentro de una bolsa llena de ropa usada que han ido guardando por si en alguna ocasión alguien pudiera necesitarla, en una llamada para conseguir un somier y un colchón dignos, en una recomendación para conseguir un par de casas para limpiar o para acompañar a una señora mayor que necesita también su propio ángel.

Puedes verlos en lugares tan dispares como la oficina de hacienda o de la seguridad social, vigilando muy de cerca a una señora mayor que sufre con la burocracia y el papeleo y a la que le falta un papel del banco para poder entregar todos los requerimientos de su expediente.

Allí, si te fijas bien, dejas de mirar el móvil y observas con atención, es posible que puedas ver a uno ofreciéndose, con una sonrisa infinita, a llevar a la atormentada mujer a su sucursal para poder recoger el papel, que probablemente llegue también mojado de lágrimas de emoción y sorpresa, y llevarla de vuelta para terminar con sus trámites.

Eso solamente puede ser trabajo de un Ángel. Uno de los buenos.

Últimamente también han sido vistos en pequeños supermercados. Las grandes superficies no van con ellos y aunque las usen, no suelen actuar en ellas. Demasiada gente, demasiadas cámaras. Demasiado ojos cegados. Demasiadas prisas.

Ellos prefieren el comercio de proximidad, el que roza, el que te mira a los ojos para preguntarte qué necesitas. Allí se mueven que da gloria verlos y, en cuanto tienen la oportunidad, no dudan en ofrecer su carrito para que alguien que no puede cargar el peso de su compra, pueda comprar medio kilo más de kiwis que tan bien le sientan, y acompañarle hasta la puerta de su casa para hacer el servicio completo, aunque eso les haga desviarse de su camino.

Into my arms

Quizás es que no tienen un camino definido y cogen siempre el que los demás necesitan sin importarles dónde los pueda llevar.

Esa persona, después de cenar un kiwi y un yogur pensará, sin duda alguna, que ha tenido la inmensa fortuna de haber conocido uno y mojará con sus lágrimas el papel del programa de fiestas del pueblo o una foto en blanco y negro que le recuerda tiempos en los que también fueron ángeles.

Hay personas con una mirada especial que son capaces de reconocerles cuando miran con el corazón y, con la discreción que exigen estas cosas, suelen acercarse y decírselo al oído: Eres un ángel, lo sé, te veo las alas bajo las que llevas siempre a tu familia.

Esas personas, conocedoras de su talento, saben perfectamente guardar el secreto. No pueden gritarlo a los cuatro vientos si no quieren que los muchachos del barrio le llamen “loca” y que unos hombres vestidos de blanco le digan “ven”.

Existen también historias que relatan que un día, no hace demasiado tiempo, cuando nos quedamos sin energías y la gente no sabía ni podía volver a sus hogares, uno llenó su coche de almas perdidas en marquesinas de autobús, almas sin esperanzas, almas desconectadas, almas que, al levantar la mirada de sus pantallas vacías, pudieron mirar directamente a los ojos al Ángel que acababa de salvarles.

Todos ellos se despidieron con un gracias sincero y sorprendido. Algunos todavía no saben que lo vieron.

A veces también puedes verlos en una lista de la compra, en unos sobres de ahorro, en una renuncia a la comodidad de la cama propia para acurrucarse junto a quien necesita la suavidad de las plumas de sus alas para poder volar en sueños, en una caricia bajo la sábana, en un abrazo y en un te quiero.

La primera vez que yo vi uno, no fui capaz de reconocerlo. Estaba disfrazada con el pelo lleno de horquillas de colores para apartarle el pelo de sus ojos y dejar al descubierto sus secretos ante los míos que eran incapaces de intuir lo que estaban viendo.

No supieron verlo, pero pudieron sentirlo y esa mirada entró a través de mis ojos descreídos, viajó por mis venas, músculos y piel para acabar marcando el ritmo de mi latir para siempre. Años después descubrí que esa mirada que se había quedado enraizada en mi corazón, era la de un Ángel.

No es mi Ángel, porque los Ángeles no tienen dueño, son de quienes les necesitan, de quienes lloran, de quienes ríen, de quienes piensan que ya lo han visto todo y todavía no han visto uno, de quienes lo saben, pero no quieren reconocerlo, de quienes piensan que no lo merecen, de los que tienen miradas limpias aunque tristes.

Sí, claro que tienen alas, ¿qué pregunta es esa? ¿Cómo sino podría haberme sujetado en los momentos en que más lo necesitaba, cuando caía, cuando estaba perdido, cuando no era capaz de encontrar mi camino de vuelta a casa?

Y también tienen sexo.

No os fieis cuando os digan que los ángeles no tienes sexo, lo tienen.

Y lo disfrutan. Gloria bendita.

Una presbicia galopante que no me permitía mirar más allá de mi propio ombligo, no me dejó verla durante algún tiempo, pero ahora lo sé, lo siento, cada día, cada hora, cada minuto, cada mirada, puedo verlo, es un Ángel que un día decidió cambiar su corazón por el mío para mirarlo y mirarlo.

Y no creo en la existencia de los ángeles.

Pero al mirarte me pregunto si eso es cierto.

Pero si creyera, los convocaría a todos

y les pediría que te cuidaran.

Que cada uno encendiera una vela por ti,

para iluminar y aclarar tu camino,

y para que caminases, como Cristo, con gracia y amor,

y te guiasen hasta mis brazos.

Hasta mis brazos

Hasta mis brazos

I don’t believe in an interventionist God
But I know, darling, that you do
But if I did, I would kneel down and ask him
Not to intervene when it came to you
Will not to touch a hair on your head
Leave you as you are
If he felt he had to direct you
Then direct you into my arms

Into my arms, oh, Lord
Into my arms, oh, Lord
Into my arms, oh, Lord
Into my arms

And I don’t believe in the existence of angels
But looking at you I wonder if that’s true
But if I did, I would summon them together
And ask them to watch over you
Well, to each burn a candle for you
To make bright and clear your path
And to walk, like Christ, in grace and love
And guide you into my arms

Into my arms, oh, Lord
Into my arms, oh, Lord
Into my arms, oh, Lord
Into my arms

But I believe in love
And I know that you do too
And I believe in some kind of path
That we can walk down, me and you
So keep your candles burning
Make her journey bright and pure
That she’ll keep returning
Always and evermore

Into my arms, oh, Lord
Into my arms, oh, Lord
Into my arms, oh, Lord
Into my arms

No creo en un Dios intervencionista.

Pero sé, cariño, que tú sí crees.

Pero si creyera, me arrodillaría y le pediría

que no interviniera en lo que te concierne.

Que no te tocara ni un pelo.

Que te dejara tal y como eres.

Si sintiera que tiene que guiarte,

que te guíe hacia mis brazos.

Hacia mis brazos, oh, Señor.

Hacia mis brazos, oh, Señor.

Hacia mis brazos, oh, Señor.

Hacia mis brazos.

Y no creo en la existencia de los ángeles,

Pero al mirarte me pregunto si eso es cierto.

Pero si lo hiciera, los convocaría a todos juntos.

Y les pediría que te cuidaran.

Bueno, que cada uno encendiera una vela por ti.

Para iluminar y aclarar tu camino.

Y para caminar, como Cristo, con gracia y amor.

Y guiarte a mis brazos.

A mis brazos, oh, Señor.

A mis brazos, oh, Señor.

A mis brazos, oh, Señor.

A mis brazos.

Pero yo creo en el amor

Y sé que tú también

Y creo en algún tipo de camino

Que podemos recorrer, tú y yo

Así que mantén tus velas encendidas

Haz que su viaje sea brillante y puro

Para que siga volviendo

Siempre y para siempre

A mis brazos, oh, Señor

A mis brazos, oh, Señor

A mis brazos, oh, Señor

A mis brazos

9 comentarios en «Into my arms. Nick Cave and the bad seeds.»

  1. Esta vez no voy a empañar tu relato con ningún eco traducido a mis propias palabras, ni mucho menos con una réplica. Está todo dicho, y sublimemente dicho. Bellísimo, como para enmarcarlo.
    GRACIAS, amigo.

  2. ¡Guauuuuu! Impresionante. ¡Hay que poner atención! Busquemos en cada rincón. Creo que algunos ya ha. Parecido en mi vida.

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