Fotografía portada pmjoseluis
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A la mañana siguiente, como cada día, ella ya se había ido cuando Diego se despertó. Trabajar desde casa le daba ciertas ventajas frente al resto de los mortales que a Diego le encantaba aprovechar.
Dormir un rato más que Lara, no tener que disfrazarse con una corbata y una chaqueta y poder desayunar mientras leía la prensa, eran sus favoritas. A las 9:00 en punto encendía el ordenador, se ponía su disfraz de depredador y comenzaba su frenética búsqueda de posibles clientes para la agencia para la que trabajaba.
Su trabajo era sencillo. Simplemente tenía que convencer a ciertas personas para reunirse con su jefe que posteriormente se encargaría de atraerles para gestionar sus enormes patrimonios. Diego, básicamente se dedicaba a buscar a las grandes fortunas del país y convencerles para escuchar su propuesta. Una vez la cita estaba agendada, su trabajo había finalizado y lo normal era que no volviera a ver ni a hablar con esa persona.
Cada reunión que conseguía se embolsaba una cifra que nunca bajaba de los tres ceros y tenía una regla autoimpuesta que jamás se saltaba: cada mes conseguía diez reuniones y paraba. No había otro como él en la oficina y eso le traía ciertos privilegios y cierta flexibilidad en el cumplimiento de las normas. Básicamente hacía lo que le venía en gana y disfrutaba de esa libertad.
Sabía que, hacía tan bien su trabajo que, aunque decidieran prescindir de él, al día siguiente tendría a varias agencias aporreando su puerta.
De hecho, ya había rechazado a algunas que le ofrecían cifras mareantes, pero siempre las había declinado amablemente. Se sentía cómodo donde estaba. Podía disfrutar de su tiempo, organizarse a su manera y raramente tenía que pisar las oficinas centrales. Su jefe le respetaba y, aunque había cometido errores que les habían costado perder cuentas millonarias, siempre los había compensado con otras igual de rentables o más.
Estaba seguro que la libertad que experimentaba en su agencia no iba a poder conseguirla en ningún otro lado, y para él eso tenía más valor que cualquier otra cosa.
Ahora estaba centrado en la investigación de un posible cliente. Sus años en la academia de criminología le habían enseñado a investigar de una manera que siempre asombraba a su jefe. Esa era el gran secreto de su éxito.
Después de revisar unos papeles y de hacer un par de gestiones personales, mientras se preparaba para salir a hacer una investigación de campo en uno de los clubes de golf más exclusivos de Madrid, recibió una llamada.
—Buenos días jefe. Si me llamas para burlarte por el partido de ayer, mejor que lo dejes.
—No, no es por eso, —respondió el jefe al otro lado del teléfono, — pero ahora que lo dices…
— Serás cabrón.
— No te preocupes, prefiero hacerlo cuando te tenga delante. ¿Qué planes tienes hoy?
— Justo salía ahora hacia el club de golf, quería hacer un par de preguntas a un buen amigo que trabaja allí y aprovechar a practicar un poco mi swing, que no estoy dispuesto a volver a perder otra vez contra ti.
— Para eso no te va a valer practicar un poco. Déjalo y vente para acá que tenemos algo interesante.
Algo había en la voz del jefe que le llamó la atención causándole cierta intriga.
¿Interesante?
Interesante no era un adjetivo que Álvaro, su jefe, usase a menudo. Beneficioso, lucrativo, rentable, provechoso o ventajoso eran palabras mucho más comunes en su vocabulario, pero, ¿interesante?
Algo no cuadraba y Diego no soportaba la sensación de que todo no estuviera perfectamente organizado, cuadrado, ordenado, o dispuesto. Esa frivolidad únicamente la permitía en sus fotos, porque, aunque fuera un devoto del orden, era consciente de que la vida es una continua sucesión de acontecimientos sin control y era eso precisamente lo que trataba de captar con su cámara donde las líneas rectas se mezclaban con curvas desenfocadas de personajes dispuestos por el azar de un momento pasajero, casi irreconocible, incluso por los propios personajes.
El azar, el caos, la suerte y la desgracia recogidas en un instante que nunca se repetirá del que únicamente él era testigo.
Esa sensación le hacía sentirse vivo, inyectándole una dosis de rebeldía que le aceleraba el corazón cada vez que buscaba una escena, una luz abriéndose paso o una ventana medio cerrada que dejaba entrever una vida desdichada en unas ocasiones o un futuro brillante en otras, dependiendo de su estado de ánimo.
Era su forma de ver la vida, su manera de compensar una coraza cuadriculada que había ido construyendo durante años convencido de que era la única manera de destacar y de conseguir alcanzar las metas que se había propuesto tras el fallecimiento de su padre en un accidente laboral montando el mobiliario de tiendas cuando estaba su último año de academia.
Diego recordaba a su padre jurando que ese iba a ser el último montaje.
— Hijo, este es el último. Estoy hasta las pelotas de tanto viaje, tantos muebles y tanta tontería de los clientes. Ahora tenemos que montar una tienda de animales.
—Hago este y se acabó. A tomar por culo la bicicleta. Que se busquen a otro.
—Siempre dices lo mismo, Papá, —comentó Diego mientras cogía la fuente de patatas con bechamel que su madre había cocinado para acompañar a los filetes de pollo empanado.
—Al menos esta vez no vais a ser los únicos animales, —añadió Diego arrancando una carcajada sonora y familiar, como tantas otras veces.
—Lo primero que voy a hacer es llevarme a tu madre un par de días a algún hotelito en medio de un bosque y salir a buscar setas con ella, —concluyó su padre en voz baja para evitar que su madre, que acababa de ir a la cocina a por un poco de sal, pudiera escucharlo.
—Papá, sabes perfectamente que a mamá no le gusta ir a coger setas.
—Bueno, pues donde ella diga, lo importante es que podamos salir un poco.
No le gustaban los montajes, era un trabajo duro, agotador y aunque disfrutara del ambiente y la camaradería del equipo, su gran ilusión siempre fue dejarlo todo y dedicarse a pintar para convertirse en un gran pintor cotizado, admirado y deseado por todas las galerías del país.
Ese era su sueño.
Desapareció descargando una batería de peces de un camión, cuando la plataforma del mismo cedió al peso del mueble precisamente en el momento que su padre trataba de equilibrarla desde el suelo cayéndole encima y causándole diversos traumatismos en todo el cuerpo y un golpe en la cabeza que le arrebató la vida de manera inmediata.

El día que sucedió, Diego conducía su pequeño Renault Clio blanco. Su padre se lo había regalado el verano anterior. Un trabajo de socorrista tuvo la culpa. Su primer trabajo.
Iba de camino a casa de los padres de Lara para recogerla y pasar el puente con unos amigos en una casa rural. El sol brillaba en lo alto y Diego cantaba animadamente la canción que sonaba en aquellos mismos momentos.
Esa canción quedaría ligada para siempre a uno de los momentos más oscuros de su vida, pero él todavía no lo sabía.
This is not the end, a new beginning
I no longer feel my God is waching over me
Cuando estaba en lo más álgido de su interpretación entregándose a su público imaginario que vibraba con esa sucesión de “ooohhhhs” finales de la canción dejando volar su alma tras los acordes que siempre le provocaban un ligero encharcamiento de las órbitas oculares, el sonido del teléfono le arrancó el micro de la mano y el único público que le quedó fue el niño del coche del carril que ahora se movía que sonreía divertido al ver a un adulto entregado a una emoción.
—Hola Mamá, ¿cómo estás?
Diego nunca saludaba con un simple “hola”, en sus saludos siempre incluía un “¿Qué tal?” demostrando un genuino interés por la otra parte. Aunque siempre lo había hecho, en la academia aprendió que era una maravillosa manera de conseguir que el otro se sintiera escuchado, y eso siempre le acababa por dar muchas más respuestas que las que quería encontrar.
—Diego, hijo, es tu padre, —consiguió articular su madre al otro lado del teléfono con un evidente esfuerzo.
—¿Qué le pasa ahora?
Silencio al otro lado…
—¿Mamá?
—Ha tenido un accidente.
En ese mismo momento una gran nube tapó el radiante sol y la oscuridad se cernió sobre él.
—¿Cómo que un accidente? ¿Qué le ha pasado? ¿Está bien? ¿Mamá? ¿Mamá?
—Ha…
—Ha muerto, tu padre se ha muerto, —logró decir su madre con las últimas fuerzas que le quedaban.
Vente a casa, por favor. Tu hermana ya está aquí.
De nuevo silencio.
Un silencio eterno, pesado, negro.
Un silencio doloroso.
Paralizante, profundo.
Solo el sonido de un claxon insistente pudo arrancarle de aquel silencio en el mismo momento en que Cyndi Lauper abría una rendija en su alma por la que se colaron las únicas palabras que le iban a proporcionar consuelo después de aquel 1 de septiembre en el que perdió de manera definitiva su inocencia.
Si estás perdido puedes mirar.
Y me encontrarás una y otra vez.
Si caes, te atraparé.
Estaré esperando una y otra vez.
Y recordando los viajes a los Pirineos siendo un niño en los que su padre subía el volumen de la música cada vez que sonaba esta canción para formar un coro familiar igual de desafinado que de feliz, lloró,
una y otra vez.
Lying in my bed
I hear the clock tick and think of you
Caught up in circles
Confusion is nothing new
Flash back, warm nights, almost left behind
Suitcase of memories
Time after
Sometimes you pictured me
I’m walking too far ahead
You’re calling to me
I can’t hear what you’ve said
Then you said: Go slow, I fall behind
The second hand unwinds
If you’re lost you can look
And you will find me, time after time
If you fall I will catch you
I’ll be waiting, time after time
If you’re lost you can look
And you will find me, time after time
If you fall, I will catch you
I’ll be waiting, time after time
After my picture fades
And darkness has turned to grey
Watching through windows
You’re wondering if I’m ok
Secrets stolen from deep inside
The drum beats out of time
If you’re lost you can look
And you will find me, time after time
If you fall I will catch you
I’ll be waiting, time after time
You said: Go slow, I fall behind
The second hand unwinds
If you’re lost you can look
And you will find me, time after time
If you fall I will catch you
I’ll be waiting, time after time
If you’re lost you can look
And you will find me, time after time
If you fall I will catch you
I’ll be waiting, time after time
Tumbado en mi cama
Oigo el tictac del reloj y pienso en ti.
Atrapado en círculos,
la confusión no es nada nuevo.
Flashback, noches cálidas, casi olvidadas.
Maleta de recuerdos.
Tiempo después.
A veces me imaginabas.
Voy demasiado lejos.
Me llamas.
No oigo lo que dices.
Entonces dices: «Ve despacio, me quedo atrás».
El segundero se desenrolla.
Si estás perdido, puedes mirar
Y me encontrarás, una y otra vez
Si caes, te atraparé
Estaré esperando, una y otra vez
Si estás perdido, puedes mirar
Y me encontrarás, una y otra vez
Si caes, te atraparé
Estaré esperando, una y otra vez
Después de que mi imagen se desvanezca
Y la oscuridad se haya vuelto gris
Mirando a través de las ventanas
Te preguntas si estoy bien
Secretos robados desde lo más profundo
El tambor late fuera de tiempo
Si estás perdido, puedes mirar
Y me encontrarás, una y otra vez
Si caes, te atraparé
Estaré esperando, una y otra vez
Dijiste: Ve despacio, me quedo atrás
El segundero se desenrolla
Si estás perdido, puedes mirar
Y me encontrarás, una y otra vez
Si caes, te atraparé
Estaré esperando, una y otra vez
Si estás perdido, puedes mirar
Y me encontrarás, una y otra vez
Si caes, te atraparé
Estaré esperando, una y otra vez

Qué ganas de que llegué el miércoles!! Que mezcla de recuerdos!!!
Así es la vida a veces, de la felicidad absoluta a la desolación en un instante. Y viceversa…
Gracias, Marcos, gran relato, como siempre.
¡Buen día a todos/as!