Blanco y negro. Barricada

El día que la vio llegar con marcas en los brazos supo que algo no andaba bien. Ella evitó su mirada, pasando de largo por el pasillo que dirigía al pequeño salón donde colgaban las fotos que él solía hacerla sin importar si era abril o noviembre.

Ella se detuvo frente a su favorita, en blanco y negro, y sonrió ligeramente con la mirada perdida en sus recuerdos mientras una tristeza de la que nunca había sido compañera, inundaba sus ojos.

Fue un día de invierno, lo recordaba sin lugar a dudas. Uno de esos días en los que el sol calienta tanto que cierras los ojos y puedes sentir los rayos posándose pacíficamente sobre tu piel. Sentada sobre un banco miraba hacia el cielo posando sus pies sobre la nieve caída la noche anterior.

Él la miró, en completa sintonía consigo misma, y sintió que volvía a enamorarse de ella una vez más. Entonces, antes incluso de que se produjese, pudo contemplar la escena en su cabeza. Los rayos de luz se reflejaban sobre el manto blanco consiguiendo una iluminación blanquecina como la de un amanecer cuando el sol lucha por derrotar a la noche.

En el mismo momento en que colocó su mirada sobre el visor de la cámara, ella exhaló todo el aire que sus pulmones habían sido capaces de recoger de ese helado día, creando una nube de vaho que ascendió desde sus rojos labios hacia el cielo infinito.

No sabía si por azar, por pericia o por amor, había conseguido retratar lo más profundo de su alma ascendiendo para convertirse en parte del universo.

Ahora ella, se observaba a sí misma en aquella fotografía, tratando de recordar aquel día en el que se había sentido tan libre que incluso dejó salir su alma para que otros la vieran.

Mientras lo hacía pensaba que nunca debió hacerlo, nunca debió permitirlo, ¿cómo pudo intentar volar tan alto sin saber que podía caerse?

—¿Estás bien? — insistió él, sacándola de aquel estado casi hipnótico en el que le sumía siempre esa fotografía.

—Sí, se me han soltado las gomas en el gimnasio y me han dado una buena hostia en los brazos — respondió ella frotándose cuidadosamente los moratones del brazo, tratando de disimular su mirada perdida.

—Me han hecho marca. Voy a darme una ducha.

Y salió en dirección al baño sin mirar hacia atrás.

Él, alertado por el olor del aceite a punto de quemarse, salió en dirección a la cocina para terminar de hacer un par de huevos fritos antes de meterse a editar las fotos que había sacado esa misma tarde en su paseo por el templo de Debod buscando pequeñas historias de personas desconocidas.

Le encantaba esa sensación de salir en busca de historias inventadas. Según miraba a través del visor de su cámara podía imaginar las historias de sus retratados anónimos.

Una mujer con el corazón roto paseando sin saber dónde ir, dejaba que su perro, un teckel de pelo duro obstinado y valiente, impusiera su criterio buscando el lugar perfecto para vaciar su vejiga y dejar un rastro que su ama perdió hacía tiempo.

Un chaval subido en un monopatín se torturaba a sí mismo intentando una y otra vez el mismo truco con su tabla y se revolcaba una y otra vez contra el suelo mientras pensaba en cómo decir a sus padres que era gay.

Una amiga confesaba a su mejor amigo que su novio le había pedido matrimonio pero que en realidad ella estaba enamorada de él, y un par de veinteañeros ataviados con un forro polar, del mismo color delatando que eran compañeros de trabajo, compartían un porro y mirando en silencio la puesta de sol mientras las volutas de humo se enredaban con las ramas de los árboles que unos minutos atrás les protegían de los molestos rayos de sol.

Historias. Inventadas, pero igual de reales. Historias que duraban un segundo, o una caricia o un guiño de ojos, o un suspiro, para desaparecer para siempre entre el ruido de los coches y el rugido del tiempo.

Esas eran las historias que le gustaba atrapar con su cámara, las que le contaban algo, las que volaban, las que se encerraban en los ojos y en las manos apretadas de sus protagonistas por mucho que quisieran esconderlas.

Sin embargo, no era hasta que empezaba a revisar el material diario en su ordenador cuando realmente podía ver la verdadera historia inventada de cada uno de ellos.

Le gustaba dibujar nuevos pasados nunca sucedidos y jugar con su futuro, imaginarlo, retorcerlo, estirarlo y apretarlo hasta encontrar la interpretación que más le satisfacía. Entonces sabía que ya no debía retocar más esa foto porque esa historia había llegado a su fin.

En la pantalla de su ordenador, una pareja de adolescentes recién enamorados se besaban subidos a un banco entre un gentío indiferente que andaba con la cabeza gacha, con la cara iluminada por reflejos unicelulares y con el alma apagada viviendo vidas ajenas. Había sacado esa foto ya de vuelta a casa, sin preparativos, guiado únicamente por la intuición y ahora repasaba cada historia de aquel momento. Los enamorados, los tristes, los ausentes, los vacíos, los curiosos y el amor, brillando entre las sombras, exigiendo con gritos invisibles su lugar en la vida.

Al llegar a la habitación, ella dormía en su lado de la cama mirando hacia al armario en el que guardaba las cartas de amor que él le enviaba cuando, siendo unos críos, se enamoró de ella durante un largo verano en el pueblo de sus padres.

Tuvo que esperar al último día de aquel primer caluroso verano para, por fin, saborear sus labios carnosos subido al banco que le servía de primer escalón en su ruta hacia los mejores y menos accesibles frutos de la higuera donde él subía para demostrarle su inocente valentía. Ese día le entregó una gran cesta de higos y su corazón debajo de todos ellos.

El claxon del coche y los gritos de su padre alertaron a Lara que salió corriendo dejando a Diego una nota en la mano con su dirección y un mensaje:

“Gracias por los higos. Escríbeme. Te estaré esperando”.

Diego aún guardaba esa nota doblada junto con una foto de la pandilla del pueblo bajo aquella higuera. Solamente ellos dos sabían que detrás del tronco de la higuera, sus manos, escondidas y temblorosas, se entrelazaban por primera vez.

Todas aquellas cartas descansaban unidas con un lazo de color marrón en esa misma cesta dentro del armario que miraba cada noche antes de dormir.

Y sobre la mesilla, un vaso que acaba siendo amigo mudo, la observa mientras finge que duerme y repasa mentalmente cada una de esas cartas, rebuscando entre sus líneas y los recuerdos un remedio para llenar su vacío por lo que estaba a punto de hacer.

Veo todo en blanco y negro
El vaso acaba siendo amigo mudo
Las mismas caras, los mismos gestos
Amigo mudo, oh, oh

Quiero ser más rápido que ellos
Se echa todo a perder un día tras otro
Y un buen rato después saber llegar a casa
Antes de que el sol me diga que es de día

Tengo tiempo para crecer la ciudad parece distinta
Durante horas puedo ser capaz
De emocionarme en estas calles, de andar inmortal
Aprendiendo cada esquina

Solo quiero ser más rápido que ellos
Se echa todo a perder un día tras otro
Y un buen rato después saber llegar a casa
Antes de que el sol me diga que es de día

Casi nunca sé donde estoy
No me importan los días, ni la dirección
Te preguntarás: ¿qué coño hago aquí?
Dispuesto a buscar pelea si hace falta

Porque sé que es un baile salvaje
Combate a mala cara
Veo todo en blanco y negro, blanco y negro
Sé que es un baile salvaje
Combate a mala cara
Veo todo en blanco y negro, blanco y negro

Y solo quiero ser más rápido que ellos
Se echa todo a perder un día tras otro
Y un buen rato después saber llegar a casa
Antes de que el sol me diga que es de día
Y solo quiero ser más rápido que ellos
Se echa todo a perder un día tras otro
Y un buen rato después saber llegar a casa
Antes de que el sol…

6 comentarios en «Blanco y negro. Barricada»

Los comentarios están cerrados.