Te doy la bienvenida. Las puertas chirrían sobre sus goznes y la parte inferior roza con el suelo dejando un surco en el barro que se ha ido acumulando durante tantos años de aislamiento.
Primero fueron las ventanas.
Poco a poco.
Una a una.
Donde antes había oscuridad ahora empezaron a cruzarse haces de luz con distintas direcciones e intensidades.
Donde antes había silencio ahora empezaron a recuperarse sonidos, melodías y notas que se mezclaban en la penumbra iluminando recuerdos y emociones pasadas.
Son muchas las ventanas que he ido abriendo, arrojando luz a rincones escondidos por vergüenza o por prudencia, a rincones a los que nunca había accedido, esquinas llenas de colores disimulados con sábanas viejas roídas por ratones y polillas.
Agujeros horadados en el suelo por millones de pequeñas gotas divertidas vertidas de forma incesante. Huecos húmedos tapados con una plancha de madera envejecida donde crecía el moho y las telarañas.
Todos esos rincones han sido inundados con una corriente de palabras y verdades filarmónicas limpiando todo a su paso y permitiendo a la luz, tímida e indecisa al principio, llegar hasta los rincones más escondidos y olvidados.
Los interminables pasillos, corredores, galerías, pasajes, armarios con habitaciones secretas, túneles y pasadizos que forman mi cerebro han sido restaurados en su mayoría desde que empecé a visitarme por dentro y a apuntar todo lo que me iba sucediendo para compartirlo contigo.
Quizás el hecho de compartirlo no haya sido más que una excusa, una justificación a algo que estaba latente, a una llamada que he ignorado siempre, a una necesidad, a una pregunta:
¿Quién soy yo?
Y a otra:
¿Qué tengo yo para aportar?
Cuando entres verás que todavía hay pasillos escondidos, sucios, algún rincón inaccesible y paredes que esconden otras murallas aún más altas y pasadizos más angostos. Mejor no ir por ahí todavía. Imagino que tu tendrás también tus propios pasillos angostos y secretos guardados bajo llave.
Hay mucho que derribar y mucho que construir todavía. Mucho que limpiar y mucho que trabajar, así que por el momento la primera pregunta se queda aún sin respuesta.
¿La tendrá algún día?
La respuesta a la segunda viene a la velocidad de la luz, esa misma luz que atraviesa cada semana una nueva ventana para iluminar algún rincón inacabado.
Historias.
Ahora miro la vida para contar historias. Y te diré una cosa:
Está llena. Llenísima.
Abarrotá.
Hoy me gustaría ponerme una banderita que ondee por encima de mi cabeza para ser reconocido y coger un megáfono para tu captar la atención y que me escuches.
Bienvenido al Tour por mis pasillos. Soy Marcos y voy a ser vuestro guía.
De entre todas las actividades que podrías (o deberías) estar haciendo ahora mismo, has elegido leerme. Tu sabrás la razón.
Por eso te doy las gracias. He conseguido ocupar una pequeña parte de tu tiempo, conquistar un pequeño espacio en tu cabeza, quizás tengas un ritual, quizás lo leas en el autobús o con el primer café del miércoles. Puede hasta que te pille sacando lo mejor de ti mismo.
No me importa compartir momento con la mierda.
Hoy quiero mostrarte cómo funciona mi cabeza, un tour por el proceso creativo, una mentoría individualizada para la creación de historias inolvidables.
Necesito que abras la mente, que imagines que eres un niño de nuevo. Estás esperando a tus primos en el pueblo. En realidad, no eres del pueblo. Tus padres compraron una casa hace unos años y allí crearon un hogar. De fin de semana, festivos y vacaciones de verano, pero un hogar.
Son fiestas. El pueblo se echa a la calle para participar en los juegos, concursos, comidas populares, y otros divertimentos. Tú tienes uno especialmente marcado en el calendario:
El campeonato de lanzamiento de hueso de aceituna.
Estás nervioso porque va a empezar y tus primos no han llegado aún. ¿Cuánto les falta?
Hay que salir a la plaza del pueblo donde ya está todo preparado. Al final los primos han llegado a tiempo y llegáis todos juntos.
Tu primer lanzamiento es un fracaso. El hueso apenas ha alcanzado lo dos metros y medio.
Hay que practicar para el siguiente.
Observas como lo hacen los mayores que aparte de la fuerza de los pulmones, colocan la cabeza como si estuvieran en la foto finish de la final de los 100 metros de la Olimpiadas o como una tortuga enfadada queriendo morder a un nuevo plasta que quiere acariciarla la cabeza, y lanzan los brazos hacia atrás al mismo tiempo que estiran el cuello y propulsan el proyectil con todo el aire de sus pulmones.
Tiene su técnica. Y practicas. Y practicas. Una y otra vez.
Hasta que vuelve a sonar tu nombre.
Te pones en la señal que indica el lugar del lanzamiento. Te concentras, cierras los ojos y visualizas el lanzamiento.
Estás preparado.
Coges el aire por la nariz. Acomodas el proyectil en la lengua para que reciba todo el impacto del soplido. Levantas los brazos y los bajas con todas tus fuerzas mientras estiras el cuello y exhalas todo el aire comprimido.
El lanzamiento es bueno, lo sabes. Ves el proyectil volando y ascendiendo todavía. Ya ha sobrepasado por mucho el anterior lanzamiento. Empieza a caer, pero sin dejar de avanzar metros.
En el momento de tocar el suelo ya ha sobrepasado a muchos lanzamientos de adultos. El hueso, perfectamente rebañado y pulido, rueda por el suelo y va saltando de rendija en rendija con tan buena fortuna que caen en el borde de cada una proyectando de nuevo el proyectil hacia delante.
Un lanzamiento de más de diez metros. Explota la ovación, todos te aplauden, tus primos te chocan y te abrazan, tu madre te besa y tu padre te abraza con el brillo de sus ojos.
Yo, que estoy observando la historia, veo la chispa, un viento cargado de ideas empieza a levantarse dentro de mi cerebro. Ahí hay algo.
Probablemente acabe en un juego de palabras, en un chiste, en una carcajada. Ese es el gran premio.
Que acabe siendo una historia ya solo depende de mi.
Divine Hammer
El proceso creativo se ha puesto en marcha. He detectado el olor, sé que, en esa victoria en el Campeonato de lanzamientos de huesos de aceitunas, hay algo especial. Empiezan a dispararse las ideas, se cruzan, se levantan, se apagan, se retuercen, muchas se ahogan detrás de un “¿Me compras un helado?”, algunas pocas vuelven, otras más brillantes y menos resistentes se desvanecen, agarro las que puedo con los pocos alfileres que me quedan y empiezo a repetir las palabras, lanzamiento, huesos, lanzamiento, huesos.
¿Dónde estás?
“¿Y unas chuches?”
Se vuelve a escapar la idea. Mierda de niña, deja de pedir.

Un gran milano sobrevuela nuestras cabezas en esos momentos. Lo observo de nuevo, vuela con las alas extendidas.
Una voz reconocible surge en mi interior. Es mi creatividad que le gusta jugar a voces y a canciones.
Es Félix (Rodriguez de la Fuente, para los más jóvenes):
“Una nueva especie de rapaz ha sido avistada en la estepa segoviana sobrevolando las hermosas laderas de la Mujer Muerta. Los abuelos del lugar cuentan historias que les contaban a su vez sus abuelos sobre esta especie”.
La voz sigue sonando firme, grave y experta, pero ahora como en un segundo plano explicando las características de la nueva especie rapaz y la importancia de su regreso después de muchas generaciones desaparecida.
El eco del vuelo del ave resuena en mi cerebro, puedo escucharlo, solo yo puedo escucharlo, pero no por eso deja de ser real.
Te recuerdo que estamos en el Tour por el proceso creativo. Se ruega apagar los móviles, no está permitido filmar ni fotografiar nada, las preguntas mejor al final. El Tour acabará en la tienda donde podrán comprar todos los artículos de merchandising que deseen.
Gracias
¿Por qué ha aparecido la voz de Félix dentro de mi? No tengo ni idea. Yo te cuento lo que pasa por mi cabeza, no por qué pasa por mi cabeza. Eso es un misterio para mi también.
Veo el milano planeando majestuoso por encima de mí, extiende sus alas, ladea ligeramente la cola para aprovechar un viento del sur para cambiar de dirección y se coloca justo encima de mi.
Es entonces cuando lo veo, lo veo claro, tengo el nombre, tengo el chiste. Un ave rapaz me lo ha traído. Las ideas que han ido apareciendo y desapareciendo, realmente se han ido entrelazando, mezclando como nubes bajas que toman formas caprichosas y baten sus alas esperando que alguien las observe. Y allí estoy yo, mirando fijamente con los ojos bien cerrados para descubrir lo que quieren decirme.
Ahí está, ¿soy el único capaz de verlo?
Me detengo delante tuya que sostienes el premio del concurso en tus manos, un lomo ibérico, te miro directamente a los ojos y te digo:
Ya tengo un nombre para ti. Uno majestuoso, inolvidable, uno para volar bien alto.
Abres bien los ojos para escuchar con nitidez, y te digo:
Eres el Quelanzahuesos.
Me miras raro mientras tus padres se retuercen de risa en el suelo y yo me hincho y me lleno por haber conseguido una nueva carcajada.
De un hueso mal escupido a una carcajada.
De una carcajada a una historia. Diferente, única.
De una historia diferente, única, a tu memoria, al mismo lugar donde has guardado todos los haces de luz que han ido iluminando este Tour en los últimos tres años.
Como un martillo pilón, bang, bang.
Eso es lo que tengo yo para aportar. Un martillo divino.
Solo estoy buscando.
Solo estoy buscando una salida.
Desaparece tan cerca.
Tú eres la vara, yo soy el agua.
Solo estoy buscando el martillo divino.
Un martillo divino
I’m just looking
Just looking for a way around
It disappears this near
You’re the rod I’m water
I’m just looking for the divine hammer
One divine hammer [2x]
I’m just looking for one divine hammer
I’d bang it all day
Oh the carpenter goes bang
Bang bang
I’m just looking for the divine hammer
One divine hammer [2x]
I’m just looking for a faith
Waiting to be followed
It disappears this near
You’re the rod I’m water
I’m just looking for one divine hammer
One divine hammer
Divine hammer
Solo estoy buscando.
Solo estoy buscando una salida.
Desaparece tan cerca.
Tú eres la vara, yo soy el agua.
Solo estoy buscando el martillo divino.
Un martillo divino [2x]
Solo estoy buscando un martillo divino.
Lo golpearía todo el día.
Oh, el carpintero golpea.
Golpea, golpea.
Solo estoy buscando el martillo divino.
Un martillo divino. [2x]
Solo estoy buscando una fe
Esperando a ser seguido
Desaparece tan cerca
Tú eres la caña, yo soy el agua
Solo estoy buscando un martillo divino
Un martillo divino
Martillo divino

Pues bien, a ver si lo he pillado:
Finales de agosto de un año cualquiera, la autovía de la Plata serpentea suavemente, abriéndose paso entre un paisaje de dehesas, y sobre ella, un vehículo familiar avanza en sentido sur, meciendo la reparadora siesta de tres miembros de una familia y su perrita. El único que vela dentro de esa burbuja de confort térmico y sonoro es el padre, obviamente el conductor, aunque sus ideas y recuerdos bailan en su cabeza, en parte para espantar la amenaza del sueño, en parte porque no puede evitarlo, porque le gusta y le entretiene esa sensación de conversación con su inconsciente subconsciente. Un gran milano sobrevuela el vehículo también hacia el sur, pero el coche no es una presa apetecible y vira hacia las montañas; nuestro hombre lo ve tan sólo un instante. Un cartel sobre la vía anuncia la cercanía de un pueblo, el último de Extremadura antes de entrar en Andalucía, un pueblo cuyo nombre huele a umami, haciendo salivar con su sola lectura: Monesterio. El topónimo sugiere la existencia de un cenobio en las proximidades; de hecho, un cartel de color tierra y mucho más pequeño que el anterior reza (nunca mejor dicho) que la misma salida conduce al «Monasterio de Tentudía». Este nombre, por lo visto, alude a un milagro de la Virgen a la que un paisano pidió: «Santa María, detén tu día».
Pero a nuestro abnegado conductor algo no le cuadra en toda esta secuencia de pensamientos, evocada de forma casi automática cada vez que ha hecho este trayecto a lo largo de su vida, y ya van unas cuantas. ¿Por qué Monesterio, y no el mucho más lógico y sencillo Monasterio? De nuevo la mente se transporta unos pocos kilómetros más allá, al interior del desconocido monasterio en cuestión. En un lateral del coro, un pequeño grupo de monjes, con sendos libros de canto gregoriano entre las manos, entonan un solemne y embriagador salmo. La melodía es bella, y la nave del templo amplifica sus voces, pero el eco introduce una cierta distorsión, es como si la bellísima pieza estuviera coja, o no suficientemente acompasada. El padre prior, que ejerce de maestro de orquesta, con un gesto ceremonioso, interrumpe el canto de sus hermanos, quedando en el aire la vibración evanescente de la última nota entonada. El padre desaparece de la escena y, apenas un minuto después, reaparece seguido de un grupo de monjes que duplica el número de los que ya ocupaban los sillones de la parte derecha del coro, y se sitúan al fondo y a la izquierda del mismo, componiendo una imagen de conjunto, ahora sí, perfectamente simétrica. Los recién incorporados abren sus libros, los que ya estaban retroceden un par de páginas en los suyos y el padre prior, con un nuevo gesto de «1, 2, 3», pone de nuevo en marcha el órgano de voces masculinas que, ahora sí, suena completo, potente, armónico y celestial. La polifonía, de una belleza indescriptible, convierte el edificio en una embajada terrenal del reino divino, llenando el espacio de la nave, el crucero, las capillas laterales, el altar y el ábside. Ni un átomo del aire escapa a la dulce vibración que emula la del mismo cosmos.
Ahora sí, ahora todo le encaja a nuestro hombre. Los devotos moradores del monasterio cercano habían descubierto la clave de la nueva dimensión musical: del «mono» habían pasado al «estéreo», y de ahí vino el curioso nombre del pueblo.
Y colorín colorado, esta historia me he fumado. 🤣🤣
¡Gracias, Marx, y hasta la próxima!
Está claro que lo has pillado
Buenísimo!
¡Qué risa pasamos, por favor!