Palos de ciego. Izal

El silencio solo se rompe cuando uno de los perros golpea suavemente el parqué de casa con las uñas de sus patas porque ha decidido acercarse hasta mi para intentar conseguir su dosis de mimos mínimos exigibles. Son insaciables.

Por una vez que no estoy rodeado de peticiones, peleas, búsqueda de ropas perdidas entre los cubos de ropa desbordados de obligaciones no atendidas, meriendas y abrazos, son los perros los que me impiden ponerme a golpear las teclas del ordenador con la pretensión de rellenar unas páginas que puedan lavar mis trapos sucios y colgarlos en la red donde expongo mis vergüenzas, a la vista de todos, sin miedos, sin sofocos, sabiendo que todos tenemos las mismas manchas en nuestras sábanas.

Manchas de miedo, de inseguridad, de cobardía, y mis preferidas, las manchas del amor, las que no se van, las que permanecen incrustadas en nuestra piel.

Levanto la vista y una montaña de ropa que doblar roba la mitad de la luz de la tarde que se cuela por la ventana sin pedir permiso y me mira lastimosamente. Creo que quiere ser estirada, acariciada y finalmente doblada juntando sus esquinas de forma simétrica para volver un armario esperando volver a ser ensuciada.

Porque las manchas, como las cicatrices son señales de vida, de caídas, de placer, de dolor.

He tardado más de un día en decidirme a doblar esa montaña de ropa. En realidad, era solamente una funda de edredón y una manta, pero entre medias debía correr una carrera.

Y no, no hay nada metafórico en esta última frase. Simplemente me apunté a una carrera que ya había hecho en otras ocasiones y allí, corriendo por esos senderos, esquivando rocas y raíces y disfrutando de una agradable temperatura, de los rayos lunares y de la pequeña luz que salía desde mi cabeza para ir iluminando mi camino, volví a recordar porqué me gusta tanto correr.

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He tardado más de tres en retomar estas palabras, que, como la montaña de ropa, dejé apiladas en un rincón de mis pensamientos, esperando también a ser acariciadas, estiradas, retorcidas, con la intención de pulsar esa tecla, un fa bemol o un la mayor, que siempre va seguido de una emoción sostenida.

Entre medias, un viaje por la llanura castellana, me ha traído a la antigua capital del Reino, situada entre los ríos Pisuerga y Esgueva. Un hotel de carretera, flanqueado por un supermercado, un bazar chino, un restaurante y un Tanatorio se ha convertido en nuestro improvisado hogar.

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Palos de ciego

Han pasado ya más de siete desde que empecé a escribir esta historia de hoy. El trabajo en Valladolid acabó, dejándome todos los músculos del cuerpo agotados y robándome el tiempo necesario para poder continuar con este relato que, lanzando vientos de norte, no sé muy bien hacia dónde se dirige.

Las únicas fuerzas que me quedaban al final de cada jornada de trabajo las dedicaba a darme una ducha y volver a sentir la sensación de poder que te otorga el mando de la tele. Un poder que se iba difuminando en cada canal al comprobar que la mierda sigue colándose desde esa caja que preside el altar de nuestros hogares y de la que solo salen políticos avaros (¿o es abalos?) haciendo lo mismo que llevan haciendo desde que veía las noticias con mi padre con mi pijama azul cenando un huevo pasado por agua e imaginando que sería el relevo de Corbalán en la selección nacional de baloncesto.

Toda una vida.

También había hueco para ver a una folclórica, a la que le gusta enseñar los dientes porque es lo que les jode, saltando al mar desde un helicóptero, o para series de reformas express o para programas de ¿periodistas deportivos? peleándose entre ellos porque “mi equipo es mejor que el tuyo” en los mismos términos que usaba yo cuando, siendo un niño, quería defender la calidad del “Buitre”…¡qué jugador!

Aproximadamente cinco minutos era lo que me llevaba renunciar a un poder como el del mando a distancia, para rendirme irremediablemente en los brazos de Morfeo, con la duda todavía brincando por mi inconsciente si debería tomar la pastilla azul o la roja, la de la dolorosa verdad o la de la cómoda ignorancia.

Uno de los trabajos que tuvimos que hacer en Valladolid era el de reemplazar las baterías de peces de la tienda por unas nuevas. Para ello, lo primero era vaciar todos los viejos acuarios de agua con un sifón. Introduciendo un extremo de una manguera en el agua y el otro en un balde situado en un plano inferior y sorbiendo por el lado que no está en el agua, como si fuera el “Vaquilla” robando gasolina de los coches, iba vaciando, entre algunos sorbos indeseables de agua con algas, todos y cada uno de los acuarios.

Como la vida misma, pensaba yo, cada vez que tragaba el desagradable mejunje.

Porque en la vida también nos obligan a usar el sifón, porque no hacemos otra cosa que chupar de un tanque repleto de las cosas que necesitamos para vivir, con la intención de llenar el nuestro propio. En ese proceso, nos atragantamos de vez en cuando con el brebaje de la vida dejándonos siempre un sabor amargo, repulsivo, y lo peor de todo, necesario.

Cuando ya llevas unos pocos tragos vas acostumbrándote al sabor, te vas haciendo a él, casi ni lo sientes cuando resbala por tu esófago, sabes que se pasa rápido y que tu depósito se va a llenar para poder atender al resto de mangueras que chupan de él.

Y no queda otra porque no puedes permitir que tu depósito se seque, porque hay que seguir vertiendo en él, aunque de vez en cuando tu boca se llene de un líquido tibio, pegajoso, que inflama tus papilas gustativas, un líquido que no solo sientes en la boca, sino también en el alma.

No mires, no pienses, no protestes y sigue llenando, aunque sientas repulsa por el sabor que te deja, porque siempre será más digerible que el sabor del miedo que sale de mis entrañas cuando fantaseo con dejar ese depósito y construir otro que se llene de palabras y emociones.

En fin, tengo la impresión de que bebí demasiada agua estancada y todavía ando bajo sus efectos, pero bueno, esa sensación ya la he vivido en alguna que otra ocasión.

Después de haber vaciado todos los acuarios, el siguiente paso era sacarlos de la estantería y acumularlos todos en un punto de recogida. Un “workout” que los gimnasios de Cross-fit deberían pensar en incorporar a sus rutinas.

Ahí trabajas todos los músculos del cuerpo, brazos, hombros, espalda, piernas, y sobre todo el cerebro que no deja de pensar en evitar que se te caiga unos de esos pesados acuarios encima y te haga un estropicio que mi mente trataba de no imaginar.

Una vez instaladas las nuevas baterías de peces y su correspondiente fontanería, era el momento de empezar a llevar a la práctica la teoría de los vasos comunicantes que establece que, cuando dos o más recipientes están conectados por un conducto, el nivel del líquido en todos ellos se iguala, independientemente de la forma o tamaño de los recipientes.

Y aquí se me entremezclan teorías, conocimientos y elucubraciones que intentaré explicar de la mejor manera posible, pero tendrá que ser después de la partida de continental que me está esperando en la piscina.

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Sin lugar a dudas, este relato de hoy se está haciendo largo, no tanto para ti, o eso espero, pero yo llevo ya un par de semanas con el mismo y sigo sin saber hacia dónde quiero dirigirme.

¿Y qué vas a hacer?

Gritar lo más alto que pueda mientras el mar sigue sus tareas.

Quizás sea que no hay un punto de destino, quizás simplemente haya que dejarse fluir: como el agua.

Dicen que los seres humanos somos un 70 % agua, así que la teoría de los vasos comunicantes, be water my friend, es perfectamente válida para nosotros, la única diferencia es que, en este caso, somos nosotros los recipientes y nuestros valores el líquido.

Y es así como quiero vivir mi vida, tratando de igualar esos valores que yo tengo con los que me faltan, compartiéndolos, haciendo crecer esos valores en los demás a través de un conducto, el del amor, el del ejemplo, el del humor, a la vez que recibo otros de los que soy deficitario, la valentía, la paciencia y la humildad para reconocer mis errores.

Y creo, sinceramente que deberíamos tener todos bien abiertos esos conductos que nos unen a los que más queremos, a los que nos rodean, a la gente que va y viene, a los que nos acompañan en el camino y acaban descubriendo el suyo propio para verlos alejarse, a veces con una sonrisa, otras con un nudo en la garganta, otras con una lágrima sincera, pero siempre con los depósitos igualados con los valores y las vivencias de cada uno.

Los habrá que no quieran abrir ninguno de esos conductos por miedo a vaciarse, por el egoísmo de no querer compartirse, por vergüenza a no ser aceptados, sin saber que el agua estancada acaba pudriéndose y llenándose de algas con sabor amargo.

Abramos nuestros conductos, nuestras compuertas, hagamos sitio a lo que nos llena de los demás, a lo que nos hace crecer, a lo que nos hace vivir, soñar, amar, dar. Llenemos nuestros depósitos de vida y abramos todos los conductos hacia los demás para mantener el movimiento que asegura que nademos en aguas limpias porque somos vasos comunicantes, porque tu dolor puede sanar a otros y tu sonrisa puede enseñar más que cualquier canción.

Porque cada gota compartida cuenta, cada vivencia, cada pensamiento, cada emoción es una nueva gota que llena nuestros depósitos, que los enriquece, que los filtra y los purifica, no para tener más, sino para poder dar más, y mejor.

Y si no lo hacemos corremos el riesgo de desbordamiento o incluso de ahogo, porque si no lo hacemos estaremos privando a otros de valores, lecciones o experiencias que, seguro, algún día necesitarán. Porque si no lo hacemos, deberemos seguir aceptando un mundo lleno de avaros, folclóricas e intransigentes dando palos de ciego al aire.

La lluvia pasó y ha dejado su olor en la tierra
¿Y qué vas a hacer? Volver, a ser el que eras

Seguiremos dando palos de ciego al aire
Luchando para superar nuestra espera
Sacando la cabeza del agua para respirar
Buceando para buscar nuestra recompensa

Cambios de vida, de ritmo y maneras
Recuerdos de días que ya no nos quedan
Testigos de incendios llamando a tu puerta
¿Y qué vas a hacer? Correr, lo más rápido que puedas

Quedan tan lejos aquellas escenas
De patios, de vidas, de juegos, de guerra
De no saber, de no pensar, de no importar, de ver estrellas
¿Y qué vas a hacer? Gritar, lo más alto que puedas

Mientras el mar seguirá sus tareas
Lanzándonos vientos de norte, habiendo mareas
La lluvia pasó y ha dejado su olor en la tierra
¿Y qué vas a hacer? Volver, a ser el que eras

Seguiremos dando palos de ciego al aire
Luchando para superar nuestra espera
Sacando la cabeza del agua para respirar
Buceando para buscar nuestra recompensa

Seguiremos dando palos de ciego al aire
Luchando para superar esta espera
Sacando la cabeza del agua para respirar
Buceando para buscar nuestra recompensa

Seguiremos dando palos de ciego al aire
Luchando para superar esta espera
Sacando la cabeza del agua para respirar
Buceando para buscar nuestra recompensa

Seguiremos dando palos de ciego al aire
Seguiremos dando palos de ciego al aire
Seguiremos dando palos de ciego al aire
Seguiremos dando palos de ciego al aire

1 comentario en «Palos de ciego. Izal»

  1. ¡Compartamos! Quitemos cajas tontas y abramos cofres mágicos, que cada uno tenemos.
    Por cierto, voy a tener que releer el escrito de hoy….jejejej

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