Adiós ayer. José Padilla

En un proceso infinito, la oscuridad, una vez más, empieza a ganar la batalla a la luz, y aunque ya lo haya vivido muchas veces, no deja nunca de entristecerme.

Quizás más que tristeza sea una especie de nostalgia porque sabes que estos primeros días de septiembre son como dejar de ser un niño, año tras año.

Y es que el verano ha vuelto a volar, así, de repente, ya no está y vuelvo a sentirme como cuando era un niño y sabía que ya no iba a haber más partidos de baloncesto, partidas de rescate, siestas sobre el frío de los baldosines del salón de mi casa y largas tardes en la piscina.

La noche empieza a llegar cada vez más temprano y nos roba las ganas y la vida al aire libre.

Los amigos que recibías con los brazos abiertos a principio de verano procedentes de la ardiente ciudad, se han despedido ya sin decir nada.

Un día te levantas y ya no está el coche de sus padres aparcado en la puerta de su casa, ahora hay un candado que te impide entrar a la misma piscina en la que ayer jugabas.

Otra vez, otro año, otro verano, adiós ayer, adiós luz, adiós risas y gritos, adiós libertad, adiós infancia.

Tantas veces, tantas oscuridades, tantos primeros de septiembre también me han enseñado que no es más que una cuestión de tiempo, que la luz, las risas y las noches para descubrir el amor y la vida, volverán, pero no puedo evitar sentir siempre esa tristeza.

Ahora la veo en los ojos de mis hijos, que se aferran a los últimos días de verano. Sus amigos también se han ido con una maleta llena de recuerdos que los acompañarán siempre, pero con espacio suficiente todavía para todo lo que les queda vivir.

Y aún quedan muchos, pero este verano ya se les ha escapado ante sus ojos deseosos de conocer y de compartir.

Esos veranos que se me escaparon hace tanto tiempo a mi, los vuelvo a vivir en la piel de mis hijos, que es la mía propia, y aunque la melancolía apriete fuerte mi alma, no puedo estar más feliz por saber que ellos transitan los mismos caminos que yo recorrí.

Amistad, juegos, alguna tarde de aburrimiento, largas noches de conversaciones, acostarse de madrugada y levantarse al mediodía, ir a buscar a los amigos, jugar, reír, soñar, disfrutar, vivir. A eso han dedicado todo el verano mis hijos, y no puedo estar más feliz.

Y no puedo estarlo porque he tenido la oportunidad como padre de vivir con ellos ese mismo verano. He estado presente cada día, cada noche, he visto como los mayores empezaban a aprender a hacerse la cena cuando querían cenar, cómo buscaban sus momentos, normalmente nocturnos, para sentir la sensación de la independencia sin la supervisión de ningún mayor y cómo asumían, no sin ciertas reticencias, sus obligaciones.

Para eso existe el verano, para ir soltando sus manos poco a poco y que empiecen a caminar solos sabiendo que su hueco en el nido sigue siendo suyo.

Somos como esos padres de águilas que fuerzan a sus crías, cuando saben que están preparados, a saltar del nido para que puedan ir cogiendo confianza en sus propias alas, destreza en sus movimientos y experiencia en cielos abiertos, pero sabiendo que, al volver, su padre y su madre regurgitarán la comida que guardan siempre en su interior para volver a alimentar sus almas y sus alas.

Y estos veranos están repletos de nutrientes, vitaminas y proteínas que la luz del sol ayuda a asimilar en sus organismos.

Adiós ayer.

En realidad, nunca será un adiós, porque esos nutrientes nunca desaparecen.

Te lo he demostrado, lo has leído, yo los sigo teniendo bien dentro y quizás en el frío invierno de mis últimos días, mi cabeza cansada de tantos veranos que se acaban, quiera olvidarlo, pero tendré mis canciones bien fijadas con alfileres a mis recuerdos para no olvidarme nunca de quién soy y de porqué he vivido.

Sé que deben aprender a decir Adiós, que las cosas empiezan y acaban y que una vez que acaban, otras empiezan. Sé que sienten esa expectación sobre lo que les va a deparar el año que empieza, sé también que empiezan con ganas de hacer las cosas bien, aunque habrá que ver si la fuerza de voluntad es igual o mayor (guiño aquí a mi hermano mayor, solo él lo va a entender) a esas ganas iniciales, porque, he de reconocerlo, mi fuerza de voluntad siempre era igual o menor a mis ganas iniciales y la tentación en forma de canasta en la puerta de casa, siempre acababa ganándome el pulso.

Ha sido un verano intenso y mágico que he podido saborear de cerca con ellos y que me deja un sabor a victoria con ciertas notas poco apreciables todavía de madurez por parte de los mayores, con sabor a tierra y hierba mojada, a pies descalzos y abrazos mojados de las pequeñas, a búsqueda individual del lugar de cada uno de ellos dentro de la casa en común, a batallas que se libraban en el interior, pero que inevitablemente, salían fuera, salpicando de hormonas revolucionadas y de gritos ahogados de su propia incomprensión a quién pasara por allí.

El hecho de que se acaben los veranos no significa otra cosa que ellos siguen creciendo, que dentro del desorden que tienen en la cabeza todavía, ya saben, porque se lo hemos intentado enseñar, que tienen el derecho de expresar sus opiniones, por mucho que nos pese y por mucho que les pese a ellos que acabemos una conversación con un: “porque lo digo yo y punto”.

También les hemos querido enseñar que si en algún momento tienen algo que les oprime dentro que tienen la posibilidad de compartir ese peso con nosotros.

Y por supuesto, también saben, aunque esto les cueste más cumplirlo, que tienen la obligación de, primero tratarse con respeto entre ellos y, segundo de respetar las opiniones de los demás.

Han aprendido a defender a otras personas de críticas injustas, de mofas hirientes y gratuitas, aunque eso supusiera ponerse en contra de la mayoría y además hacerlo de forma calmada. No puedo estar más feliz (y orgulloso) por eso.

Hubo una época en mi vida que descubrí la música relajante y los discos de Café del Mar, y aunque nunca he estado en Ibiza, me gustaban especialmente. De entre todos ellos, el volumen 6 siempre fue mi favorito, aunque seguro que mi amigo Mario discreparía conmigo.

Cuando, después de una noche difícil, llegaba el momento de, normalmente ya de mañana, tumbarse en la cama y relajarse por fin, yo tenía siempre ese disco preparado para ponerlo muy suavemente y que con la misma suavidad me llevara mecido al merecido descanso. Era, una vez más, como despedirse, dejar ir a las tensiones acumuladas, relajar todos los músculos del cuerpo poco a poco, desde los dedos de los pies, piernas, estómago, hombros, brazos, manos y dedos, para terminar preguntándole al viento que donde conocí a la luna y dejarme llevar por su respuesta.

Siempre me produjo una gran sensación de nostalgia ese disco, todas las canciones, pero sobre todo la que os traigo hoy, una canción de despedida, de puesta de sol, de decir adiós.

Y antes de que alguien me lo pregunte, tranquilos, solamente me estoy despidiendo del verano, dejando sitio para que llegue el otoño, y con él, las obligaciones, el recogimiento, las hojas caídas y las setas.

No me despido de nuestra charla semanal. Aunque sea yo el único que hablo, sé que te hablo directamente a tu alma, así lo siento, así lo intento, así lo asiento.

Me gustaría seguir mucho tiempo haciéndolo, aunque he aprendido que las cosas empiezan y acaban y que una vez que acaban, otras empiezan.

Me gustaría seguir haciéndolo porque sé que voy dejando pequeños trocitos míos en ti, porque sé que te robo sonrisas a veces mezcladas con el sabor salado de las lágrimas, porque sé que te hago sentir y te hago recordar

y porque ahora estamos aquí,

este es mi momento,

ahora,

aquí,

Adiós ayer.

Thinking of tomorrow
With the sunset in your eyes
I feel everything and sorrow
So I have to say goodbye

2 comentarios en «Adiós ayer. José Padilla»

  1. Cientos de aprendizajes deja el verano…
    De maravillosos momentos, de descanso, de disfrute. Aprendamos a disfrutar de los veranos en todas las estaciones

  2. No, para nada eres el único que habla aquí, ni mucho menos. A algunos/as no hay quien nos calle, jajajaja…
    Mi sensación es que tus palabras entran en resonancia con los recuerdos de todos/as los que te leemos, reverberando y amplificándose, porque al fin y al cabo somos ramas y hojas del mismo árbol, y los sentimientos que haces aflorar son comunes a toda la especie humana. Y dentro de muchos años aún quedará su eco…
    ¡Gracias por un capítulo más!

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