Animal instict. The Cranberries

Ninguno de ellos recuerda con exactitud cómo se hicieron compañeros de viaje. Lo que sí sabían era que la jirafa fue la última en llegar.

Tan alta, tan alta, que podía ver claramente el futuro. Para el resto de compañeros, la jirafa no vivía con los pies en la tierra pero en realidad era tan alta que había olvidado la forma de sus pies.

El cerdo la admiraba profundamente. Desde el primer día que apareció, o más bien, desde el primer día que la encontraron escondida tras un gran árbol pensando que ella era un camaleón que podía pasar desapercibida, el gorrino cayó rendido a sus pies.

Los mismos pies que la jirafa no era capaz de recordar.

La jirafa tenía mil historias que contar. Normal. Con esa altura era capaz de ver cosas que ni siquiera el gran elefante, que siempre parecía tan decidido, era capaz de observar ni, aunque levantara su trompa para olfatear relatos que guardar en su memoria de elefante.

Tenía la cabeza rebosante de ellos y, sin embargo, no recordaba ninguno. Relatos que demostraban todo lo que había vivido. El paquidermo había sido, sin lugar a dudas, el primero en llegar. Las arrugas alrededor de sus ojos atestiguaban el paso de la vida igual que los anillos de un árbol.

Tantas arrugas tenía que había olvidado a dónde se dirigía, y aún así, marcaba el paso del grupo.

El cerdo, que siempre había pensado que en realidad era un gran león, se sentía plenamente seguro caminando agarrado de la trompa del elefante, sin importarle realmente la dirección. Para él, era suficiente con seguir a su sombra, y su viejo sueño de convertirse en león, fue cubriéndose con el barro que se pegaba a su piel en cada charco en el que se revolcaba.

El pobre cerdo, al igual que le pasaba a la jirafa con sus pies, no recordaba ya el verdadero color de su piel de tanto revolcarse en tantos charcos. Tanto que ya no sabía quién era cuando el agua de los charcos reflejaba su imagen.

El barro disimulaba su olor, lo que le hacía pasar inadvertido ante los depredadores. El barro le proporcionaba frescor, ya que, como buen cerdo, por sí solo era incapaz de regular su temperatura. Pero es que, además, no había nada que le gustara más que restregarse en el barro, chapotear el los charcos y deslizarse por pendientes embarradas para acabar sumergido en el fango.

En más de una ocasión, había sido el elefante el que le había tenido que ayudar a salir de algún charco en el que se había metido sin pensarlo y no era capaz de salir por sí solo.

En esos momentos se sentía siempre un poco estúpido porque sabía que la jirafa le estaba mirando y, como ya sabes, el pobre cerdito estaba enamorado de la esbelta jirafa que seguía oteando el horizonte en busca de mejores pastos.

Lo que el cerdito no sabía era que la jirafa también sentía algo muy profundo por el pequeño marrano. También sabía, porque los pájaros se lo habían dicho, que tenía mucho más que una gruesa capa de barro que ocultaba su verdadero valor.

Y, a pesar de eso, el cerdo seguía ciegamente al elefante porque es lo que había hecho siempre, porque era lo que había aprendido y porque, por alguna razón que no alcanzaba a comprender, su instinto animal le decía que debía seguirlo.

Él es que me saca de los charcos, él es el que marca el camino, él es el que me protege. ¿Cómo no voy a seguirle? ¿Cómo voy a dejarle solo? Se lo debo, seré un cerdo, pero soy leal.

Esos eran sus pensamientos, sus razones, su motivación.

Los días pasaban y el grupo seguía avanzando sin rumbo fijo.

En ese avanzar, era el gato el que se encargaba de encontrar el sustento.

El gato fue el primero en unirse a la extraña pareja que formaban el cerdo y el elefante. Un buen día apareció ronroneando bajo una encina rodeada de bellotas. Enseguida, gato y cerdo se hicieron amigos.

Compartían el camino, reían juntos, disfrutaban de su relación y el gato siempre encontraba los mejores alimentos, frutos maduros, hierbas, deliciosas hojas verdes, sabrosas raíces superficiales, e incluso pequeños insectos.

Y así pasaba su vida, detrás de un anciano elefante de ojos tristes, jugueteando con un gato que le proporcionaba alimento, pero ningún futuro, y acumulando capas de barro que ya no le dejaban verse a sí mismo.

Esa era su vida.

Ese era su camino.

Persiguiendo una lealtad que no sabía de dónde procedía, sintiéndose seguro bajo la sombra que proyectaba el enorme cuerpo del elefante y confiando en él y en que fuera capaz de llevarle a algún destino, el que fuera, mientras estuviera siempre delante de él.

Cuando tenía hambre, se arrimaba al gato que enseguida le conseguía sustento.

Cuando tenía calor, encontraba algún charco.

Cuando tenía miedo, se acurrucaba con el elefante que le daba cobijo bajo su trompa o se escondía tras sus grandes orejas.

La única obligación del cerdo era animar el viaje con sus ocurrencias y sus juegos de palabras. Eso se le daba bien y disfrutaba viendo reír al elefante que movía su gran trompa dando círculos.

La ventaja que tenía era que, como el elefante olvidaba rápidamente sus chistes, podía repetírselos una y otra vez y el resultado era siempre el mismo, una gran carcajada circular.

En esas estaban la noche que conocieron a la tímida jirafa.

Después de haber encontrado un gran charco en el que tanto el elefante como el cerdo se revolcaron con ganas para combatir el calor, disfrutaban de las últimas piezas de comida que el gato había encontrado con su refinado olfato.

Una gran selección de raíces, tubérculos, bulbos y setas silvestres, y lo mejor de todo varias plantas de fresas silvestres cargadas de exquisitos y dulces frutos que disfrutaban mientras el sol empezaba a esconderse tras una enorme acacia cuyas ramas parecían grandes nubes verdes que se perdían por la línea del horizonte.

El cerdo estaba terminando de contar el chiste que más le gustaba al elefante y con el que sabía que siempre conseguía arrancarle una sonora risa.

—“¿Qué le dice al oído un cerdo a otro?

 —Un secreto ibérico.”

Tras disfrutar del estallido de la risa del elefante y del movimiento circular de su trompa, el cerdo, siguiendo su instinto, su olfato y su insaciable apetito se escabulló tras otra de las acacias que poblaban aquel paraje por donde les había llevado el elefante. La luz del día apenas era un leve murmullo en la sabana y aún así, pudo ver unos finos pies acompañados de una larguísima pierna que continuaba mucho más allá de donde el cerdo podía vislumbrar.

Las enormes patas se movieron rápida y sigilosamente para intentar mimetizarse con el tronco del árbol y por un segundo casi lo consiguieron, pero el cerdo tenía claro lo que había visto y no se dejó engañar. Entornando los ojos pudo discernir de nuevo esas larguísimas patas y su vista siguió ascendiendo, primero por un gran cuerpo y después por un cuello más largo que la trompa del elefante para acabar en una graciosa cabeza con dos bultitos en la parte superior que le daban un aspecto muy divertido, o al menos eso le pareció al cerdito, y unos ojos color negro profundos y huidizos.

A pesar de su gran tamaño, el cerdo no sintió temor alguno y fue al mirar directamente a los ojos de la esbelta jirafa cuando lo sintió por primera vez. Esos ojos estaban cargados de sabiduría, de historias, de enseñanzas, de sosiego y de tormentas y, a través de ellos, la jirafa era capaz de mostrarse, de conectar y de emocionar.

A partir de ese momento los cuatro amigos comenzaron a caminar juntos. El elefante marcando el camino, el cerdo tras él convencido de que era lo que debería hacer aunque fuera en la dirección contraria a sus sueños, el gato encontrando la comida y la jirafa mirando en dirección al futuro, justo al lado contrario al que se dirigía el elefante.

Y así pasaban las estaciones, la seca, la de lluvias, la de la abundancia y la de las penurias.

Gracias a lo que veía a través de los ojos de la jirafa, el cerdo había empezado también a mirar hacia otra dirección. Ya no estaba seguro que debiera seguir al elefante, había visto su pasión dibujada en las pupilas de su larga compañera y por primera vez en su viaje, se planteaba si estaba aprovechando el mismo o simplemente deambulaba por la sabana sobreviviendo.

Su relación con el gato se había vuelto tensa, distante. El pequeño felino seguía aportándole el sustento, pero la jirafa le había contado historias sobre praderas plagadas de alimentos, frutas, bayas, raíces, tubérculos y las bellotas más sabrosas del mundo, y de charcos infinitos y el guarro le había creído. Ahora el gato le molestaba, se subía encima suya, le arañaba, aunque casi no lo notara debido a la gruesa capa de barro que le servía también de protección.

Le irritaba y le maldecía, pero le necesitaba.

—No quiero seguir contigo estúpido gato, no quiero, ¡no quiero! Quiero encontrar mi propio sustento, quiero contar historias que conmuevan, quiero emocionar, quiero transformar.

Algo había cambiado en el cerdo, aunque él todavía no lo sabía.

Un día, recién acabada la estación de las penurias, entrando ya en la de las lluvias, el extraño cuarteto llegó a un gran río. El elefante estaba inquieto, sus ojos no dejaban de mirar al otro lado del río y su trompa erguida olfateaba los aromas que el aire le llevaba.

Hemos llegado, dijo con su voz grave.

¿A dónde?, preguntó el cerdito.

Al final, respondió el gran elefante.

Hemos llegado, el viaje termina aquí. No necesitas seguirme más, te libero de tu lealtad.

Y te doy las gracias. Puedes empezar a perseguir tus sueños.

Antes de que pudiera decir nada, el pequeño cerdo se sintió deprimido.

¿Sabes que me vas a hacer llorar?

¿Sabes que me vas a hacer morir?

Y lo que me afecta es que nunca lo verás

Y lo que me asusta es que siempre tendré dudas.

Esbozando una sincera sonrisa, el gran elefante añadió:

Adiós.

Y dándose la vuelta se metió en el rio que no llegaba a cubrirle todo el cuerpo, lo cruzó y desapareció entre la maleza sin mirar atrás.

Para siempre.

El cuarteto venido a menos retomó su viaje.

El cerdo decidió, que, a partir de ese mismo momento, sería él quien marcaría el destino de su viaje. Sabía que todavía necesitaba al gato, pero también sabía, y así se lo hizo saber, que llegaría el día que, siguiendo su instinto animal, sería capaz de encontrar su propio sustento y que, por tanto, ya no necesitaría más a su amigo gato con el que había compartido tantas aventuras.

Miró a los ojos a la jirafa y viendo con claridad por primera vez en su vida lo que ésta guardaba dentro, supo que caminarían juntos hasta alcanzar sus sueños.

Y con la piel llena de barro y los ojos llenos de lágrimas provocadas por la pérdida y el miedo, el cerdo le dijo a la jirafa:

Quiero caminar contigo y que me lleves a mi futuro

Así que toma mis manos y ven conmigo

Cambiaremos la realidad

Así que toma mis manos y recemos

Y nadie te alejará

Y nadie me hará llorar

Y nadie me hará morir

Y si todavía estas leyendo esto, y cierras los ojos con fuerza y confías en tu instinto animal, podrás ver a la jirafa y al cerdo caminando hacia el horizonte mientras el sol se pone tras una gran acacia cuyas ramas simulan verdes nubes sobre un cielo rojo.

Es lo bonito que tenemos

Es lo bonito que tenemos

El instinto animal

Suddenly, something has happened to me
As I was having my cup of tea
Suddenly, I was feeling depressed
I was utterly and totally stressed
Do you know you made me cry? (Woah-oh)
Do you know you made me die?

And the thing that gets to me (thing that gets to me)
Is you’ll never really see (never really see)
And the thing that freaks me out (thing that freaks me out)
Is I’ll always be in doubt (always be in)

It is the lovely thing that we have
It is the lovely thing that we
It is the lovely thing
The animal, the animal instinct

So take my hands and come with me
We will change reality
So take my hands and we will pray
They won’t take you away
They will never make me cry, no-oh
They will never make me die

And the thing that gets to me (thing that gets to me)
Is you’ll never really see (never really see)
And the thing that freaks me out (thing that freaks me out)
Is I’ll always be in doubt (always be in)

The animal, the animal
The animal instinct in me
It’s the animal, the animal
The animal instinct in me
It’s the animal, it’s the animal
It’s the animal instinct in me
It’s the animal, it’s the animal
It’s the animal instinct in me

The animal, the animal
The animal instinct in me
It’s the animal, it’s the animal
It’s the animal instinct in me

De repente, algo me ha pasado
Mientras tomaba mi taza de té
De repente, me sentía deprimido
Estaba total y completamente estresada.
¿Sabes que me hiciste llorar? (Woah-oh)
¿Sabes que me hiciste morir?
Y lo que me afecta (lo que me afecta)
Es que nunca veras (nunca veras)
Y lo que me asusta (lo que me asusta)
Es que siempre tendré dudas (always be in)
Es lo bonito que tenemos
Es lo bonito que tenemos
Es lo bonito
El animal, el instinto animal
Así que toma mis manos y ven conmigo
Cambiaremos la realidad
Así que toma mis manos y rezaremos
No te llevarán lejos
Nunca me harán llorar, no-oh
Nunca me harán morir
Y lo que me afecta (lo que me afecta)
Es que nunca veras realmente (nunca veras realmente)
Y lo que me asusta (lo que me asusta)
Es que siempre dudaré (siempre dudaré)
El animal, el animal
El instinto animal en mí
Es el animal, el animal
El instinto animal en mí
Es el animal, es el animal
Es el instinto animal en mí
Es el animal, es el animal
Es el instinto animal en mí

4 comentarios en «Animal instict. The Cranberries»

  1. No hay ciclo de la vida sin relevo, no hay relevo sin aprendizaje, y no hay aprendizaje sin el salto al vacío que supone asumir que somos dueños de nuestro destino.
    No puedo dejar de ver en el elefante a papá, en el gato a mamá, en la jirafa a Blanca, mi compañera de viaje, y en el cerdo a mí mismo, aunque ya me van creciendo la trompa y los colmillos, el barro sobre mi piel va mutando en gruesa piel gris y las arrugas de la experiencia se van formando junto a mis ojos. Me da que todos estos cambios tienen que ver con los lechoncillos que retozan detrás de nosotros… ☺️
    ¡Un abrazo para todos/as!

    • Gracias Alfonso! Imagino que cada uno verá lo que quiera o lo que necesite o lo que haya vivido. He escuchado muchas veces a Robe decir que sus letras no tienen una interpretación única, que cada uno puede darle la suya y son todas igual de válidas. Hoy tengo la sensación de haber conseguido eso mismo, y me encanta esa sensación. ¿Tratará de eso escribir?

  2. Me suena esa historia…¿se la podría mandar a Tamara?
    Si el cerdo queda liberado seguro que le salen alas (si no las tiene ya).

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