Ricardo se retorcía de nervios mirando la carretera desde lo alto de la higuera que ya lucía unas grandes hojas verdes, vibrantes y esenciales para su desarrollo.
Su madre le había confirmado que Diego llegaba esa misma tarde.
Él era el único de la pandilla que vivía permanentemente en el pueblo. Hacía una semana que se habían cerrado las aulas y, contra todo pronóstico, había conseguido aprobar todas. La sonrisa que se le puso el día que le dieron el boletín de notas le duró varios días. Nadie había confiado en él cuando a mitad de curso las únicas asignaturas que había conseguido aprobar, con sobresalientes ambas, habían sido educación física e inglés.
Aquella sonrisa nacía dentro de su pecho hinchado, por las ochenta flexiones que hacía cada mañana al levantarse sin saltarse ni un solo día desde hacía siete meses, y por el orgullo de haber sido capaz de demostrar que todos se equivocaron con él.
Todos menos su padre que cada día de aquel largo invierno se había encargado de recodarle lo mucho que creía en él.
Su padre tuvo que dejar el colegio a los quince años cuando la pobreza empezó a llamar a la puerta de su casa y no le quedó más remedio que empezar a echar una mano en el taller del abuelo Carlos. Desde entonces no había hecho otra cosa que trabajar y hacer lo posible para que sus dos hijos pudieran elegir qué querían hacer con sus vidas.
“Que nadie elija por vosotros. Sed lo que queráis ser”, solía repetirles a sus dos hijos cada vez que tenía ocasión. Ricardo y Santi, su hermano, dos años mayor, no podían evitar esbozar una sonrisa cada vez que escuchaban a su padre empezar con la frase.
—Sí, sí, vosotros reíros, —respondía siempre su padre.
—La repetición es el arma de persuasión más fuerte que existe. Si no me creéis preguntádselo a tu madre, —añadía mientras aprovechaba para abrazarla por detrás y besarla en el cuello.
La sonrisa de satisfacción fue poco a poco cediendo a los nervios. El verano para él no empezaba hasta que su amigo Diego llegaba al pueblo y aquel año, con el acceso directo a tercero de BUP en el bolsillo y con la libertad de los dieciséis años, Ricardo no pensaba en otra cosa que no fuera el momento en el que el viejo Citröen GS rojo del padre de Diego girara en la última curva del cerro que flanqueaba el pueblo por el sur.
En cuanto lo divisó, Ricardo descendió ágilmente de la higuera y con un par de movimientos acrobáticos para no arrancar ninguna breva, puso el pie sobre el banco donde había apoyado su bicicleta, una vieja BH remendada con piezas extirpadas de otras bicicletas cuyos esqueletos apoyados en una pared esperaban inmóviles la llegada del chatarrero lanero. Tenía que llegar antes que ellos a su casa si no quería perderse el espectáculo de ver la amortiguación del coche volviendo a su estado de reposo. En su imaginación, era una nave espacial que se acababa de posar sobre la faz de la tierra.
El recorrido lo dominaba, pero debía darse prisa si quería contemplar el proceso completo. En realidad, lo del coche era solo una excusa, un recuerdo infantil de veranos compartidos, una sonrisa de sorpresa y un brillo de asombro en los ojos. Se moría de ganas de ver a su amigo, darle un caluroso abrazo y ayudarle a descargar la caja con cintas de música desconocida y fascinante para él.
Diego era su proveedor oficial de música y cada verano, esa caja estaba repleta de momentos que acabarían zurcidos con risas al lugar donde el corazón y las tripas se juntan.
Ese verano algunas lágrimas acabarían también en ese mismo lugar antes incluso que las risas.
Ricardo notaba los músculos de sus piernas ardiendo.
Pasó a toda velocidad por la puerta de las monjas, giró a la derecha en casa de Elena la panadera para rápidamente cambiar todo su peso en la bicicleta y girar tocando suavemente el freno trasero para conseguir un derrape perfecto y desembocar en la bajada que terminaba con un gran salto erosionado con miles de intentos, decenas de heridas y un esguince de tobillo grado dos.
Si conseguía la velocidad adecuada, aquel salto podía colocarle ya en el comienzo de la cuesta larga, una bajada de apenas ochenta metros con una gran inclinación que le permitía alcanzar su objetivo sin necesidad de dar una sola pedalada más.
Lo importante era no caerse.
Ricardo vio el coche rojo girando justo en la calle de su casa. Había llegado a tiempo. Aceleró un poco con la única intención de incrementar lo máximo posible la nube de polvo provocada por su derrape para dejar claro a su amigo que ese año no le iba a ser tan fácil ganarle en sus carreras por el cerro.
Con los restos de la polvareda haciendo los efectos especiales, Ricardo, por fin pudo volver a ver como la suspensión del coche volvía a su estado de reposo y el culo descendía varios centímetros como si la maniobra de aterrizaje hubiese sido perfectamente completada.
Le fascinaba.
Lo primero que pudo observar nada más abrirse las puertas del coche fueron una recién estrenadas Converse Magic Jhonson, amarillas y moradas, seguidas de unos calcetines blancos, unas piernas peludas y fuertes, un bañador tricolor y una camiseta de algodón negra con la portada del Killers de los Maiden.
Diego y él se fundieron en un abrazo, corto, patoso, muy adolescente. Deseado pero distante, casi tímido, como si ninguno de los dos supiera quien era esa nueva persona que se alegraba por volverle a ver. Nada que un poco de espacio paterno no consiguiera solucionar.
¿Cómo iban ellos a mostrar ninguna emoción delante de sus padres? Faltaría más.
—Siento mucho lo de tu abuelo, —fue lo primero que dijo Diego. No le gustaban nada esas frases hechas, manoseadas, que para él acababan sonando falsas por repetición.
Te acompaño en el sentimiento.
Mis condolencias.
Mi más sentido pésame.
Siento mucho tu pérdida.
Odiaba todos esos formalismos, así que se había pasado la última parte del viaje pensando en la mejor manera de hacerlo. Finalmente decidió que sería lo primero que le diría a su amigo para quitarse esa losa de ceremonias establecidas lo antes posible.
—Sí, bueno, —balbuceó Ricardo tratando de disimular la tristeza que seguía mojando sus ojos, —gracias, estaba ya bastante mal. Mañana es la misa.
—Lo sé, —respondió Diego que todavía tenía su mano sobre el hombro de su amigo.
—Por eso hemos venido un poco antes este año.
—¡Hombre!, ¡qué alegría Ricardo!, exclamó el padre de Diego que todavía se estiraba tratando de recuperar la forma normal de su espalda después de varias horas en el coche y que rápidamente vio la posibilidad de contar con dos manos más para el desembarque de todo el pasaje.
—¿Cómo estás hijo?, siento mucho lo del abuelo. ¡Anda!, ayúdanos con todas estas cosas y en cuanto lo tengamos todo dentro, os podéis ir a hacer puñetas por ahí.
—¿Para qué, si ya las venden hechas?, —respondió casi mecánicamente Ricardo, que había pasado ya suficientes tardes con su padre como para conocer todas sus expresiones, juegos de palabras, ironías y chorradas varias que adornaban cada sobremesa bajo la mullida parra que les proporcionaba el frescor necesario para huir del molesto cantar de las chicharras y jugarse el fregado de la comida con una partida de parchís.
—Corta Blas que no me vas, —contraatacó su padre sabiendo que se enfrentaba a un duro rival.
—Amós vete, salmonete, —disparó sin piedad Ricardo, dejando desarmado a su rival, que solo pudo contestar con un enérgico:
—Anda, coge esa maleta que pesa un huevo y súbela a mi cuarto.
—Después podéis iros, salmonetes.
Ricardo se levantó pronto. Después de pasar toda la tarde y parte de la noche con su amigo Diego poniéndose al día, compartiendo un sándwich de pisos y comprobando que ambos eran las mismas personas que el verano anterior, pero con voces más graves y pelos en las piernas, el primer rayo de sol que logró escabullirse de la vigilancia de la vieja persiana de madera, impactó directamente sobre su ojo y le activó.
Lo primero que vio fue una chaqueta de traje azul oscuro casi negro que su madre le había intentado arreglar a última hora. Aún sacándole las mangas y aligerando las costuras laterales se podía ver que el niño había dejado de serlo. Afortunadamente los pantalones eran de su talla y además bastante cómodos, requisito más que suficiente para él.
Rápidamente se incorporó en la cama y volvió a poner la cinta que su amigo Diego le había grabado con las canciones que había ido seleccionando para él. Habían pasado la tarde escuchando esa cinta mientras Diego le explicaba por qué había elegido cada una de ellas.
Cada canción de esa cinta terminaría teniendo una historia, un recuerdo, un momento adornado con un acorde, con un estribillo, con una línea de bajo o con un solo de guitarra. Esa mañana Ricardo grabó en su memoria para siempre una frase, una voz triste, como su melodía, que parecía querer escapar por momentos de esa tristeza sin conseguirlo.
Me da miedo la enormidad
Donde nadie oye mi voz
Después de escucharla un par de veces más antes de tener que salir corriendo a evitar mojar el pijama, Ricardo, ya aliviado y duchado, pulsó el botón de rebobinar, y calculando a ojo el momento exacto en que empezaba la canción, pulsó el play, una vez más.
Acertó de lleno.
La escuchó mientras se vestía.
En el mismo momento que la guitarra empezaba a sonar, Ricardo cerró los ojos y pudo ver a su abuelo, sujetándole, acompañándole, enseñándole, regañándole y abrazándole.
“Deja que pasemos sin miedo”, terminaba la canción, y en ese mismo momento Ricardo abrió sus compuertas para dejar pasar todas sus emociones sin miedo, convertidas en lágrimas, mientras su dolor, su ira y su abandono lucharon como gigantes heridos tratando de llenar el vacío que solo debía pertenecerlos temporalmente.
Después de un tiempo que nunca supo cuantificar, después de haber apagado su propio infierno con sus lágrimas, Ricardo se levantó, se secó el rostro con la misma toalla con la que se había secado después de ducharse y, durante unos segundos, se contempló en el espejo que le devolvió la imagen de un niño sonriente con una americana que escondía sus manos, de la mano de su abuelo alejándose para siempre.
Ricardo se quitó la americana, se retocó el peinado y dio la espalda al niño del espejo. Ninguno de los dos miró nunca atrás.
Al llegar a la Iglesia, Ricardo se aseguró de guardar un sitio a Diego junto a él. Aunque estaba tranquilo, le reconfortaba la idea de tener a su amigo cerca en esos momentos.
Al finalizar la ceremonia después de tres emotivos escritos de cada uno de sus hijos, Diego comenzó a sentir cierto revuelo por las filas traseras. Al darse la vuelta vio que su padre avanzaba por el pasillo central de la Iglesia con paso firme. Subió los tres escalones que le separaban del púlpito, metió una mano en el bolsillo de su chaqueta y sacó un papel que desdobló con cuidado.
Se acercó el micro a la altura de la boca, se ajustó las gafas y, tras presentarse, comenzó a leer.
—Yo conocí al abuelo Carlos.
—No conocí al profesional, ni al padre, tampoco al marido, aunque siempre dejara guiños disimulados y aprendidos durante décadas de amor que me permitían hacerme una idea.
—Yo conocí al abuelo Carlos. Unas piernas finas en contraste con una barriga prominente que siempre le quedaba justo por encima de la valla de la piscina desde donde vigilaba incansable a sus nietos. Un abuelo presente en sus vidas, incluso cuando sus propias piernas no le aguantaban y necesitó el apoyo de un bastón, no perdió de vista la piscina ni un segundo.
—En los días en los que la piscina era un recuerdo lejano y las nieves dibujaban las cimas de la montaña, el abuelo Carlos seguía vigilante, atento, preocupado y, ocupado en intentar hacer a sus nietos personas felices, personas queridas. Esa era su gran preocupación como abuelo, que sus nietos tuvieran amigos de verdad, de los que duran toda la vida. De los que saben que van a luchar como gigantes a tu lado, siempre.
Ricardo levantó la mirada que hasta ese momento había mantenido baja y sujetó en su garganta las lágrimas que acudían de lugares que desconocía.
—Siempre. Siempre.
—Siempre. Siempre. Siempre.
—Carlos incitó, fomentó, cuidó y sobre todo disfrutó la relación de unos niños que crecieron bajo su mirada, vigilante y tierna, y su bastón. Hay dos cosas que me gustaría decirte hoy y que me hubiera gustado decirte antes, aunque ya las supieras, Carlos, —añadió el padre de Diego girándose levemente para mirar a los ojos de la foto que habían colocado junto al altar.
—La primera: Gracias por las tardes de vigilancia compartida. Por el momento no necesito bastón, así que puedes estar tranquilo, yo me encargo.
Algunas risas, que en realidad no eran más que nudos aliviados por un segundo en las gargantas de todos los presentes, sonaron entre las filas de bancos de madera de la Iglesia.
—Y la segunda: Enhorabuena, —dijo añadiendo una leve pausa para levantar sus ojos y fijarlos sobre Ricardo y Diego que había apoyado su brazo sobre el hombro de su amigo desde que su padre había empezado a leer y así lo mantenía todavía, —porque no tienes más que echar un vistazo para saber que lo has conseguido.
El silencio fue total, solamente quebrado por algún llanto disimulado. El padre de Diego bajó las tres escaleras de nuevo, caminó sin llamar mucho la atención mirándose a los pies y se sentó junto a su mujer que le miraba orgullosa.
Diego, que no salía de su asombro, miró a su amigo que todavía mantenía su llanto bajo siete llaves. Al volver la mirada de nuevo hacia su padre, vio a un gigante valiente marchando sobre ese pasillo y, por primera vez en su vida, se preguntó si acaso es que había alguien más allí.
Lucha de gigantes convierten
El aire en gas natural
Un duelo salvaje advierte
Lo cerca que ando de entrar
En un mundo descomunal
Siento mi fragilidad
¡Vaya pesadilla!
Corriendo con una bestia detrás
Dime que es mentira, todo
Un sueño tonto y no más
Me da miedo la enormidad
Donde nadie oye mi voz
Deja de engañar
No quieras ocultar
Que has pasado sin tropezar
Monstruo de papel
No sé contra quién voy
¿O es que acaso hay alguien más aquí?
Creo en los fantasmas terribles
De algún extraño lugar
Y en mis tonterías para
Hacer tu risa estallar
En un mundo descomunal
Siento tu fragilidad
Deja de engañar
No quieras ocultar
Que has pasado sin tropezar
Monstruo de papel
No sé contra quién voy
¿O es que acaso hay alguien más aquí?
Deja que pasemos sin miedo
Uh-uh, oh-oh

El nudo en la garganta también se me hizo a mi…
Otra espectacular en la que coincidimos . Un abrazo
Qué maravilla de temazo. Es increíble cómo una melodía y una letra pueden transmitir tan bien el miedo, la incomprensión y la rabia que a todos/as nos produce demasiado a menudo la brutalidad de este mundo, de ese gigante con aspecto humano y corazón de piedra…
Gracias una vez más, Marcos. ¡Y felices fiestas a todos y todas!